Reseña: Amado señor, de Pablo Katchadjian

Un moderno anacronismo
Carolina Esses
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12 de septiembre de 2020  • 00:00

En Amado Señor, Pablo Katchadjian (Buenos Aires, 1977) juega con el discurso espiritual, ese diálogo entre el hombre y Dios que inauguró san Agustín en sus Confesiones y que marca el pensamiento occidental del siglo IV a esta parte. Lo lúdico está en la asociación de palabras, en el uso de la paradoja o la tautología como forma de asir lo inasible -presente en los poemas místicos de santa Teresa de Ávila o de san Juan de la Cruz-, recursos que el autor utiliza aquí con particular humor. Pero lo más interesante es que Katchadjian parece tomarse muy en serio la construcción de un personaje que indaga dentro de su propia espiritualidad. Esa tensión es uno de los grandes logros del libro

"Amado Señor: No sé qué hago, ni quién soy, ni por qué hago lo que hago y no otra cosa. Al mismo tiempo, no podría ni querría hacer otra cosa ni ser otra cosa. Y, al mismo tiempo, cada vez que te hablo soy otra cosa", dice una de las más de sesenta cartas que componen el libro.

Más adelante, "Amado Señor" será Amada Misma, Amado Cuervo, Amado Aire Extraño, Amado Cuchillo, entre otros. Distintos nombres para un destinatario que es siempre el mismo, porque puede asumir todas las formas del pensamiento; porque es básicamente pensamiento y, por lo tanto, lenguaje. Basta recordar aquel "Soy el que soy" con el que se nombra Dios frente a Moisés en el Antiguo Testamento. Katchadjian retoma la afirmación y dice: "No es esto ni lo otro sino otra cosa. No es otra cosa sino otra cosa. No es lo que es ni tampoco lo que no es sino otra cosa. Siempre otra cosa".

Quien escribe las cartas incurre en preguntas existenciales, pero también en sucesos de su propia vida: recuerdos de infancia, la historia familiar. "¿Y dónde quedo yo?", reclama en una de las cartas, justamente la destinada al "Amado reflejo". Esta pregunta es el centro del libro: cuál es el lugar del sujeto. Un sujeto que divaga, que se deja llevar por asociaciones irracionales pero que insiste ahí, en el diálogo consigo mismo.

Sumado a esto, el ejercicio de reversionar a san Agustín, el trabajo con el género epistolar y la confección de cierto catálogo -Amada Cuerda, Amado Inútil, Amada Bendición, Amado Loco- generan una sensación de anacronismo que el lector recibe con feliz sorpresa, como si estuviera leyendo el texto de un autor original e innovador que, a pesar de sus derivas, no se termina de corresponder con el siglo XXI.

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