
Retrato apasionado de una época
Una nueva reedición de Vida de Hipólito Yrigoyen. El hombre del misterio , la obra clásica de Manuel Gálvez, escrita en 1939, vuelve a poner en escena la compleja relación entre dos figuras clave de la historia argentina. El escritor, que colaboró con el general Uriburu en la fundación de la Academia de Letras, sentía gran admiración por el ex presidente radical.
1 minuto de lectura'
ENTRE los sesenta libros de Manuel Gálvez (Paraná, 18 de julio de 1882/ Buenos Aires, 14 de noviembre de 1962) hay nueve biografías, publicadas desde 1933 hasta 1947; la mejor es, sin duda, Vida de Hipólito Yrigoyen. El hombre del misterio (1939), ahora reeditada por El Elefante Blanco.
Es que, ante todo, Yrigoyen fue una personalidad del tiempo de Gálvez, pese a la distancia cronológica que los separaba (treinta años), no así sus otros sujetos: Esquiú (1933), Rosas (1940), el ecuatoriano Gabriel García Moreno (1941), el uruguayo Aparicio Saravia (1942), Sarmiento (1945), José Hernández (1945), el venezolano Francisco de Miranda (1947), y Ceferino Namuncurá (1947). Pero no sólo fue Yrigoyen del tiempo de Gálvez: el feraz novelista empezó a trabajar en el tema a poco de la muerte del derrocado presidente, en 1933.
El libro de Gálvez supuso un gesto de reconocimiento y, a la vez, de audacia; de reconocimiento, porque el famoso escritor llegó a penetrarse de la notabilísima dimensión del personaje, lo que era toda una prueba para un ciudadano de derechas como el de Gálvez de entonces (y de después), y de audacia, porque ocuparse de Yrigoyen en la absolutista década de predominio de sus verdugos políticos, equivalía a un acto de rebelión.
Tales actitudes fueron comunes en la vida de Gálvez: en 1919, un año después de su militancia efímera en el efímero Partido Constitucional, agrupación católica inducida por el monseñor Miguel De Andrea, Gálvez cedía al diario socialista La Vanguardia los derechos de publicación del folletín de su novela Nacha Regules . Ni ésta ni (casi) ninguna de sus obras dejó de suscitar polémicas más ideológicas que literarias, dada la independencia de criterio -a veces excesiva o mal orientada- que alentaba en el escritor.
Gálvez, por cierto, no era ni radical ni yrigoyenista. Detestaba la política, tal vez porque la política fue el modo de su familia conservadora. Pero "si odio la política, también me atrae", dijo en algún momento. Apoyó la neutralidad de Yrigoyen durante la Primera Guerra, y su defensa de la soberanía nacional ante los ataques del imperio alemán a nuestros barcos mercantes. También encomió la política social de Yrigoyen en 1916-22 (él la denomina "obrerista"), la primera de su tipo en la Argentina.
Conoció a Yrigoyen en Alta Gracia, a fines de 1922, cuando había dejado ya la Presidencia en manos de Alvear. Pero no hablaron mucho, ni volvieron a verse. Cinco años y medio más tarde, en el verano de 1928, en Córdoba, hizo Gálvez desmedido elogio del radicalismo, en lo que pareció una disimulada adhesión a la candidatura de Yrigoyen para las elecciones de abril de ese año, que el ex presidente ganó por una mayoría abrumadora de dos a uno.
Sin embargo, visita al general Uriburu en la Casa Rosada, el 7 de septiembre de 1930 para felicitarlo, y aun colaborará con él en la fundación de la Academia Argentina de Letras (nada menos), uno de cuyos escaños asume, con la misma impasibilidad de sus otros colegas, salvo Rojas, Capdevila y Gerchunoff, que renuncian por motivos políticos, y Lugones, el ideólogo del dictador, que lo hace por descreer de las academias.
Pero Gálvez, en el prólogo de esta Vida , dice que "en los días de la revolución del 6 de setiembre de 1930 me impresionó el drama que yo suponía en Yrigoyen, abandonado por el pueblo, por su partido, por muchos de sus fieles. Su soledad, su dolor, debieron, según mi criterio de entonces, ser enormes. Y entonces comencé a enterarme de su persona moral, de su vida".
Tal vez por eso, Gálvez, que tenía "horror y miedo a las multitudes", según confiesa, estuvo el 3 de julio de 1933, frente a la casa de la calle Suipacha donde agonizaba Yrigoyen, que murió a las siete y veinte de la noche. Había iniciado ya "mi heroica lucha para documentarme", y a fines de ese año tenía escritas unas cien carillas. Ni él mismo recordará, más tarde, por qué tira al canasto setenta páginas y abandona entonces el proyecto; lo cierto es que decide retomarlo en el otoño de 1936, y le pone fin en los últimos días de 1938.
Los archivos y las hemerotecas no le brindaron mucho: sólo lo hicieron las tradiciones orales, que recogió en más de trescientas entrevistas con amigos, enemigos, hijos y ex funcionarios de Yrigoyen, y personas que lo habían conocido o sabían de él por terceros, entre ellas, dos de sus alumnas de la Escuela Normal de Maestras, donde enseñó en la década de 1880.
Algunas de esas entrevistas de nada sirvieron; otras, resultaron positivas y aun sorprendentes: es el caso de Lisandro de la Torre, adversario encarnizado de Yrigoyen, que dijo a Gálvez haberlo querido mucho, "porque era tan simpático y lo veía dedicado a nuestra causa con tanta inteligencia y desinterés".
A punto de terminar la escritura del libro, el bisemanario Aquí Está propuso a Gálvez demorar la edición y publicar las dos terceras partes del Yrigoyen en la revista, mediante el pago de 10.000 pesos de entonces, una fortuna. Así, Vida de Hipólito Yrigoyen apareció, desde el 22 de diciembre de 1938, en serie en Aquí Está. La tirada del bisemanario pasó, en esos meses, a más del doble: 60.000 a 133.000 ejemplares.
En cuanto al libro, impreso en Kraft y editado por el propio autor, sale a la venta en las cuatro librerías que ha elegido Gálvez y le adelantaron al contado el 50 por ciento del precio de tapa (3,50 pesos), el 14 de abril de 1939.
Gálvez quiso imprimir apenas 3000 ejemplares, pero Kraft lo convenció de hacer 5000. Estaba en lo cierto: la edición se agotó en un par de meses, y hubo que reimprimir el libro, ahora en 10.000 ejemplares y siempre a costas del autor, el 20 de junio siguiente. Esta segunda edición fue vendida por Gálvez a un editor, con descuento de 65 o 70 por ciento. Los problemas políticos de fines de la década del treinta y comienzos de la década del cuarenta desplazaron de la escena al libro de Gálvez.
La tercera edición deberá esperar a 1945, momento proceloso de la Argentina, aunque favorable, al menos entre los opositores del gobierno militar, a la reivindicación de Yrigoyen. Quizá por eso, la tercera edición fue de 22.000 ejemplares. Poco antes de su muerte, cuando daba los toques finales a sus Recuerdos de la vida literaria (aparecidos en tres tomos con Amigos y maestros de mi juventud , de 1944, entre 1961 y 1965), Gálvez señala que el Yrigoyen fue el tercero más vendido de sus libros, con 100.000 ejemplares, después del Rosas (120.000) y de Nacha Regules (110.000).
"Escribir la vida de Hipólito Yrigoyen -decía Gálvez en 1939- me parece una urgente necesidad para el país. Yrigoyen ha movido problemas e inquietudes de la mayor trascendencia. Se hace indispensable considerar su obra y su persona con serenidad, sin espíritu de partido. La Argentina ha entrado en la nueva época de su vida con el advenimiento del radicalismo al gobierno. [...] Para escribir este libro he tratado de colocarme por encima de las pasiones y de los intereses contemporáneos. He escrito la vida de Yrigoyen como si mi personaje hubiera vivido cien años atrás."
No era asunto fácil, en 1937-38, aun para quien, como Gálvez, se autotitula "imparcial", no obstante admitir que nadie lo es ciento por ciento. Pero hoy, sesenta años después, Vida de Hipólito Yrigoyen -más allá de errores y opiniones que pueden descartarse- se lee con avidez. Primera biografía completa de Yrigoyen, mantiene aún su impronta decidida y su hondo interés por el personaje, tan olvidado ahora.
Gálvez no omite nada, o casi nada. Entusiasmado por la posibilidad de que Yrigoyen fuese sobrino bisnieto de Rosas, se ve obligado a destruir esa versión una vez que ha obtenido evidencias de lo contrario. Católico furibundo, cita los amoríos de Yrigoyen y los frutos en hijos de esos amoríos, sin condenarlos. Censura a Yrigoyen por su incapacidad literaria, pero se exalta frente a sus escritos. Adopta la absurda teoría de la senilidad de Yrigoyen, y, sin embargo, destaca su lucidez gubernativa en 1928-30, así como la dignidad cívica y la competencia jurídica de sus memoriales a la Corte Suprema, redactados sin libros de consulta en la prisión de Martín García (1931).
Pero, sobre todo, al margen de sus desplantes literarios y aún cientificistas, lo que ofrece Gálvez es el retrato apasionado y vindicatorio de un gran hombre, austero hasta la abnegación y principista hasta el renunciamiento.



