Roberto Lavagna: hacedor de un milagro sostenido

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2 de enero de 2005  

"La Argentina es el milagro del año", acaba de definir el diario italiano Corriere della Sera haciéndose eco de la sensación que muchos tienen en el exterior cuando ven el actual desempeño económico del país a sólo tres años de haber padecido la peor crisis de su historia. ¿Exagerado? Sí, quizá tanto como las imágenes apocalípticas que los medios internacionales proyectaban de la Argentina, de la que hasta se llegó a decir, a fines de 2001, "que no existía más".

Lo cierto es que si en la economía mandan los números, los de 2004 fueron impactantes: crecimiento superior al 8% por segundo año consecutivo, superávit fiscal histórico de casi 6% del PBI, desempleo en lento pero firme retroceso, reservas por US$ 20.000 millones, un récord post crisis; inflación domada pese a la devaluación, y dólar estable.

Pero el hacedor del "milagro", el ministro de Economía, Roberto Lavagna, no tuvo demasiado tiempo para disfrutar la recuperación que lo tiene como protagonista. En un país con tradición de superministros que le disputan el centro de la escena a los presidentes de turno, las cifras que asombran pueden convertirse en una carga más que en una ventaja. Por eso, en 2004, la relación del jefe del Palacio de Hacienda con el Presidente continuó deteriorándose, pese a que la economía fue el principal sostén de un gobierno que cometió no pocos errores y que se vio sometido a reclamos que no estaban en su agenda, como el de seguridad.

Lavagna es, por lejos, el ministro con mejor imagen y el más conocido por la opinión pública. También el de mayor autonomía a la hora de tomar decisiones y exponer sus puntos de vista, aunque mucho menos que en el pasado, cuando el presidente era Eduardo Duhalde. Tiene, además, un aire de hombre de mundo que sus pares del gabinete no poseen, fruto de los años vividos en el exterior. Un racimo de virtudes que, paradójicamente, es visto como un cúmulo de defectos por el kirchnerismo puro, que "heredó" a Lavagna como parte del pacto con el caudillo bonaerense y desde entonces lo mira con desconfianza y resentimiento.

Si el año pasado habían asomado los primeros cortocircuitos en la relación entre Kirchner y el ministro, en 2004 algo quedó claro: son más las cosas que los separan que las que los unen. La renegociación de contratos con las empresas de servicios públicos privatizadas, la estrategia ante el FMI, los tiempos del canje de deuda en default y el acuerdo del país con China son sólo algunos de los temas en los cuales el Presidente y Lavagna chocaron públicamente, la mayoría de las veces mediante mensajes velados, alimentados con gestos más que con palabras. Temperamentales, aunque con distintas maneras de manifestarlo, en ocasiones han tensado la relación casi hasta la ruptura. Pero finalmente, conscientes de que tienen mucho para perder, pactaron una tregua que, aunque precaria, se prevé válida al menos durante este año.

Los grandes desafíos que Lavagna tenía ante sí cuando se hizo cargo del Ministerio eran tres: dejar atrás una fuerte recesión de cuatro años y salir del caos económico y social que se agravaba mes a mes después del estallido de 2001; encontrar algún tipo de solución para el corralito y el corralón que atrapaban los ahorros de miles de argentinos, y salir del default de la deuda. En los dos años y medio transcurridos desde entonces logró los dos primeros objetivos y está a punto de encarar el tercero, acaso el más difícil, con un resultado que, de ser favorable, harán madurar naturalmente sus grandes aspiraciones de cara a las elecciones de 2007.

La decisión última quedará sujeta a los vaivenes de la relación entre los dos esgrimistas centrales de la política argentina, Néstor Kirchner y Eduardo Duhalde, pero sólo sacando de la cesación de pagos una porción significativa de la deuda Lavagna sentirá que su tarea está completa y su nombre, listo para aparecer en los libros de historia.

Por su lado, Kirchner, acaso haya recapacitado sobre la importancia de tener a su lado al hombre que ha logrado llevar al país a dos años consecutivos de un crecimiento de casi 9 por ciento. Ante un año electoral como 2005, habrá recordado que la sociedad argentina es más proclive a tolerar los errores políticos que los económicos y que, en las últimas décadas, ni siquiera los más groseros escándalos mellaron la confianza del electorado mientras la economía estuviera bajo control.

¿Qué sucederá cuando el canje de deuda haya finalizado y las elecciones de octubre próximo se hayan realizado? No parece descabellado pensar en un Lavagna ya "hecho" como ministro. Por supuesto que siempre se podrá decir que en el panorama de la Argentina post crisis la tarea nunca estará terminada hasta tanto no se elimine el lado oscuro del "milagro": un índice de pobreza superior al 40% de la población, con un 20% de argentinos que ni siquiera cubre sus mínimas necesidades; un mercado laboral con la mitad de los trabajadores en negro y salario promedio que no llega a cubrir la canasta básica, y un sistema financiero al que le llevará mucho tiempo recomponerse.

Pero al igual que el director técnico de un equipo de fútbol exitoso al que ya no le queden grandes trofeos por ganar, probablemente Lavagna busque desafíos aún mayores. ¿Y Kirchner? Tendrá la mejor oportunidad de los últimos tres años, si todo marcha bien en la economía y en las urnas, para desprenderse del incómodo ministro sin provocar mayores sobresaltos entre los inversores y los mercados. Con su acostumbrada ironía, Lavagna seguramente calificaría todas estas especulaciones como "una novela". Está en su derecho, claro que en pocos países en el mundo como en la Argentina la ficción supera tan a menudo a la realidad.

En espera de más señales

Si algo le faltaba a Roberto Lavagna para sonreír a la hora del brindis, lo tuvo cuando el año ya estaba por concluir, con la aprobación de la oferta de canje en las comisiones de valores de Estados Unidos e Italia.

Como en todo balance, los números son quizá lo más importante, y el ministro puede mostrar resultados más que favorables en este sentido. Pero el saldo podría haber quedado en rojo si no hubiera mostrado algún avance en el demorado proceso de reestructuración de la deuda en default, una de las grandes tareas aún pendientes desde la catástrofe de fines de 2001. Aun con cuestiones estructurales por resolver, el año se va con resultados incluso mejores que los pronósticos más optimistas del principio.

Según los últimos datos consolidados hasta ahora, la economía argentina volvió a crecer muy fuerte en el tercer trimestre y acumula un aumento del 8,8% en los primeros nueve meses de 2004, frente al mismo período del año pasado. A este ritmo, el año culminará con un crecimiento del producto bruto interno por encima del 8 por ciento, bien por encima de todos los pronósticos previos (incluso el oficial), y todos los analistas coinciden en que, por el arrastre de este envión, "ya está jugada la suerte de 2005", con un piso de crecimiento no inferior al 5,7 por ciento.

La inversión, tal vez el mejor indicador para medir la solidez del proceso, creció a niveles superiores al 30% y ya representa cerca del 19% del producto, muy cerca del pico histórico de 1998.

"La recuperación argentina ha sido innegable, y se ha logrado al menos en parte ignorando e incluso desafiando la ortodoxia económica y política", escribió el corresponsal de The New York Times la semana pasada. Esa es precisamente la imagen que más le gusta mostrar al Gobierno, pero la verdad es que, por detrás de las declamaciones públicas, la política económica de la administración Kirchner, al menos en su aspecto fiscal, es tal vez la más ortodoxa que ha conocido la Argentina desde 1983.

Así lo demuestra el hecho de que, pese a que hubo un fuerte crecimiento de la recaudación impositiva (se acercará a los $ 100.000 millones al terminar el año), gracias a la reactivación, la política en materia de gasto se mantuvo dentro de ciertos límites de austeridad (a excepción de los últimos aumentos salariales y de jubilaciones). Por otra parte, es cierto que la relación con el FMI está en un impasse pendiente de la operación de canje, pero también lo es que, más allá de ciertas tiranteces, el Gobierno viene cumpliendo con rigurosidad espartana en todos y cada uno de los vencimientos con el organismo, al punto tal que, desde 2002 a la fecha, el país realizó pagos netos al Fondo por 9000 millones de dólares.

¿Es todo esto suficiente? No. O mejor dicho, nada es suficiente cuando en el otro plato de la balanza todavía hay unos 5 millones de argentinos con serios problemas de trabajo y un poco menos de la mitad de la población sigue sobreviviendo por debajo de la línea de pobreza, cifras (y rostros, sobre todo) ante los cuales todo optimismo circunstancial se vuelve relativo.

Para que la tendencia se consolide en el mediano plazo, son necesarias otras señales. Los analistas coinciden en que, más allá de algunos sectores puntuales, hasta ahora la inversión estuvo protagonizada por grupos nacionales. Para que se generalice el proceso, con el ingreso de inversores extranjeros, serán decisivos el éxito del canje de la deuda y el cierre de la renegociación de contratos de servicios públicos privatizados. Entonces, dicen los que saben, comenzará a jugarse la suerte de la Argentina de los próximos años.

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