Roosevelt, Keynes y el nuevo gobierno

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25 de mayo de 2003  

El objetivo central que hoy anuncia el presidente Kirchner es la reactivación de la obra pública para combatir el desempleo.

Los analistas económicos dirán que el suyo es un programa keynesiano . En 1935, cuando aún perduraba la catastrófica recesión que padecía el mundo capitalista desde 1929, el economista inglés John Maynard Keynes publicó el libro revolucionario que había madurado durante esos años sombríos: La teoría general del empleo, el interés y el dinero .

Keynes distinguió dos situaciones en el seno del capitalismo. En las situaciones normales , el libre juego de la oferta y la demanda asegura el pleno empleo. En las situaciones anormales cae la demanda y, con ella, el empleo. La salida para estas situaciones es que el Estado reactive la demanda y el empleo mediante la expansión de la obra pública aunque sea a costa de un déficit presupuestario. Pasada la recesión, el Estado vuelve a su posición "normal", restablece la disciplina presupuestaria y le cede el paso a la inversión privada.

Los economistas ortodoxos piensan igual que Keynes en las situaciones normales, pero en las situaciones anormales acentúan la disciplina presupuestaria negándose a la obra pública. Los ortodoxos creen siempre en el capitalismo liberal. Keynes pensaba en un capitalismo liberal y en otro intervencionista según fuera el ciclo económico, pero el espíritu de su obra era capitalista porque no proponía como los socialistas una intervención permanente sino ocasional del Estado: en una heterodoxia para salvar, paradójicamente, a la ortodoxia .

Mientras Keynes pensaba en una heterodoxia transitoriamente estatista para salvar a la ortodoxia capitalista, en 1933 Franklin D. Roosevelt asumía la presidencia de los Estados Unidos para actuar en igual sentido. Lo había precedido Herbert Hoover, un ortodoxo cuyos ajustes agravaron la crisis. Pero Roosevelt, anunciando el "nuevo trato" o New Deal , lanzó un vasto plan de obras públicas que lo ayudó a remontar la crisis.

El enigma argentino

Desde 1998, cuando empezó la recesión, la Argentina quedó instalada en una situación "anormal". Había llegado, al parecer, la hora de Keynes. Pero no llegó. ¿Por qué en los últimos años no fuimos capaces de convertir el ocio forzoso de más de dos millones de argentinos en una formidable fuerza productiva devolviéndoles, además, su dignidad?

¿Por qué no pudimos ser keynesianos cuando había que serlo como los fueron los Estados Unidos y nuestro propio país, con la conducción económica de Federico Pinedo, en los años treinta? Este es el enigma argentino.

Keynes era cíclico. En tiempos de bonanza, recomendaba que el Estado fuera ortodoxo para ahorrar en previsión de lo que pudiera venir. En tiempos de crisis, recomendaba un Estado pródigo, capaz de gastar el ahorro de la etapa anterior en inversiones públicas. Una explicación del enigma argentino es que, en el tiempo de bonanza de los años noventa, el Estado aumentó el gasto público y el endeudamiento externo a un punto tal que la crisis, cuando llegó, lo encontró quebrado.

Cuando llegó la recesión había maneras de concentrar los pocos recursos que quedaban para obras públicas. Pero aquí se opuso la ideología ortodoxa del Fondo Monetario Internacional, que recomendaba ajuste tras ajuste acentuando la crisis en vez de aliviarla.

Algunos factores trabajan ahora en favor de un keynesianismo al menos tardío. Uno es que el presupuesto alcanzó el nivel del superávit. Otro es que Anne Krueger reconoció su error "ortodoxo" en el caso argentino. El tercero es que la diferencia que se insinúa entre el ministro de Economía, Roberto Lavagna, y ministros necesariamente "gastadores" como el de Planificación Federal, Inversión Pública y Servicios, Julio De Vido, y el de Educación, Daniel Filmus, no es "ideológica" (todos son keynesianos, al igual que el presidente del Banco Central, Alfonso Prat- Gay) sino, diríamos, "contable".

Naturalmente, Lavagna no quiere dar sino en la medida en que le lleguen los recursos. Por eso se habla ahora de neokeynesianismo : gastar cuanto se pueda, pero sin abandonar el modesto superávit con el que hoy cuenta el Estado para empezar a pagar su enorme deuda. Según Lavagna, la cifra ahora disponible para obras públicas es de seis mil millones de pesos. Es una cifra significativa, pero insuficiente para vencer en una batalla relámpago al desempleo.

Por otra parte, se dice que las autoridades del Fondo Monetario vienen a negociar con nuestro Gobierno desde una posición "dura". ¿Por qué, si la señora Krueger acaba de reconocer su error "ortodoxo"? Quizá porque el gobierno norteamericano, que es el principal accionista del Fondo, tiene un concepto tan pobre de su relación con la Argentina que al juramento de Kirchner, al que asistirán todos los presidentes latinoamericanos, apenas si ha enviado a su secretario de Vivienda.

Este será entonces el primer desafío del nuevo presidente: maximizar una estrategia neokeynesiana remediando de algún modo el malestar del gobierno norteamericano. La conversación telefónica de Kirchner con Bush, así como el anuncio de su próximo viaje a los Estados Unidos, apuntan tentativamente en esa dirección.

La nueva generación

Roosevelt y Keynes no disentían solamente con la ideología ortodoxa. Representaban, además, a una nueva generación. Aquél había nacido en 1882 y éste en 1883. Al subir a escena casi al mismo tiempo, rondaban los cincuenta años de edad.

¿No está pasando lo mismo, ahora, entre nosotros? El propio Duhalde lo afirma cuando dice que no sólo Menem sino también él pertenecen al pasado. Ortega y Gasset sostuvo que las generaciones se renuevan cada quince años. La era de Menem, que corrió de 1988 a 2003, respetó exactamente este plazo. Menem tiene 72 años. Duhalde, que tiene 61, no se considera a sí mismo la vanguardia de una nueva generación sino la retaguardia de la generación anterior.

Quizá lo de Duhalde es sólo una expresión de deseos y el país, todavía, lo necesitará. Pero el hecho es que tanto Kirchner como la mayoría de sus ministros rondan los cincuenta años de edad. La edad de Roosevelt y Keynes. La edad de la renovación.

La generación de Kirchner estaba en la Universidad durante los años setenta. El "setentismo" de su ala izquierda se expresó entonces en la Tendencia Revolucionaria del peronismo, que tuvo su culminación en la breve presidencia de Cámpora (quien juró su cargo en un día como hoy, exactamente hace treinta años) y que fue expulsada de la Plaza por Perón. Se dice que, cuando los jóvenes de la Tendencia le recordaron a Perón que les había prometido el futuro, éste les respondió: "El futuro sí, pero no el presente".

Ese futuro, finalmente, ha llegado. Pero hay dos tendencias dentro de los antiguos militantes de la Tendencia. Una, todavía setentista, piensa en ese futuro que se ha convertido en presente como en una revancha diferida. En tal sentido apunta, por ejemplo, la intención de descabezar las Fuerzas Armadas. La otra tendencia, que ha adquirido la madurez del tiempo, sobresale en cambio en decisiones tales como las de retener a Lavagna y a Redrado en el nuevo gobierno. Las dos tendencias de la Tendencia son mutuamente excluyentes. Más temprano que tarde, una de ellas prevalecerá.

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