Rüdiger Safranski: "El 'espíritu alemán' es bastante complicado de entender"
Vida universal. El conocido ensayista habla sobre la ambiciosa biografía intelectual de Goethe que acaba de publicar. "Goethe -sostiene- mostró siempre el mayor interés y curiosidad por la tecnología"
1 minuto de lectura'


Podría decirse que la vida de Johann Wolfgang Goethe contuvo en sí varias vidas: la del poeta, la del dramaturgo, la del novelista, la del geólogo, la del botánico, la del funcionario, la del pintor y no costaría mucho agregar incluso otras más. La obra de Rüdiger Safranski, la reunión de todos sus libros, consiste también en una multitud de vidas, pero en su caso esas vidas son ajenas. Goethe. La vida como obra de arte, su último libro distribuido en Argentina, agrega otro eslabón a la persistente preocupación que orienta su tarea: la biografía intelectual.
Es cierto que el propio Safranski parece en estos días un poco harto de ese género. Después de todo, cumplió ya setenta años, de los cuales dedicó buena parte a pensar esas vidas ajenas. "Últimamente estoy escribiendo más bien sobre temas, ya no sobre personas", responde cuando se le pregunta por un posible desgaste en la relación con la escritura biográfica. Justamente, la editorial Carl Hanser publicó hace dos meses en Alemania Zeit: Was sie mit uns macht und was wir aus ihr machen (El tiempo: lo que él hace con nosotros y lo que nosotros hacemos de él), un libro que, como todos los suyos, editará próximamente Tusquets en castellano.
Pero Safranski es sobre todo, y acaso mal que le pese a esta altura, el biógrafo filosófico por excelencia de las últimas décadas; filosófico no tanto por el objeto de la biografía sea una filosofía (si fuera posible proponer el asunto en esos términos) sino porque aquello que le interesa son los filósofos. Sus biografías giran alrededor de un círculo limitado y la vez infinito, el del pensamiento alemán: Schiller, Schopenhauer, Nietzsche, Heidegger, nombres propios, pero también el movimiento romántico. Goethe era un nombre recurrente en todos esos libros, aunque como individuo biografiado fue más bien un punto de llegada. Safranski fue acercándose de a poco a él. Antes de Goethe, había publicado, por ejemplo, Goethe y Schiller. Historia de una amistad, y ese nombre aparecía profusamente en la biografía de Schiller y también en el estudio acerca de los románticos.
Su estudio sobre el romanticismo es como una novela en la que se encuentran varios de los protagonistas de sus libros anteriores. El subtítulo de la edición española, "Una odisea del espíritu alemán", no coincide con el original alemán (Affäre), pero acierta igualmente. Después de todo, una odisea, la Odisea, es la historia de un trabajoso regreso a casa. Habría que recordar que Novalis había escrito ya que "la filosofía era en verdad nostalgia, impulso de estar en todas partes en casa". Para muchos, la literatura de los románticos fue una casa provisoria, un lugar incluso de resistencia, y así trata de leerla también Safranski. En sus palabras, lo romántico "no está obligado al consenso, no necesita ser útil a la comunidad y ni siquiera ser útil a la vida". Algo habrá quedado sin duda en esa posición de sus estudios en Fráncfort, a mediados de la década de 1960, con la tutela de Theodor W. Adorno.
En Goethe y Schiller. Historia de una amistad, Safranski presenta al primero como "poeta de la libertad" y al segundo como "poeta de la naturaleza". Aunque Safranski no lo explicita, se desprende que Schiller le devolvía a Goethe la imagen de lo que había sido; y Goethe era, para Schiller, lo que le habría gustado ser. Si Goethe parece creado de una vez para siempre, Schiller, en cambio, construyó su poética y sus ideas sobre el arte en una laboriosa evolución. Nietzsche anotó que el riesgo de hablar de "Goethe y Schiller" consistía en que algún día se hablaría de "Schiller y Goethe". Safranski, que por supuesto conoce muy bien a Nietzsche, no se atreve jamás a invertir el orden de los nombres en esa conjunción, pero a la vez tampoco lima las fricciones entre ellos. Así, por ejemplo, en el capítulo de su biografía de Goethe en la que se cuenta la muerte de Schiller, Safranski subraya con algo de patetismo que el autor de Werther no pudo completar, aunque se propuso hacerlo, ninguno de los proyectos literarios inconclusos de su amigo. También fracasó la idea de una ambiciosa conmemoración de Schiller. El Olímpico estaba paralizado y sentía, no sin culpa, que lo había dejado solo a su amigo.
Ese énfasis en los opuestos y en las contradicciones de una época recorre también su visión aislada de Goethe y, en cierto modo, su biografía está inevitablemente filtrada por el conocimiento y la frecuentación de los románticos. En este sentido, habría que decir que para Safranski el romanticismo no es un período acotado de fines del siglo XVIII y buena parte del XIX. Más bien, encuentra allí una corriente que se mantiene activa aun en la actualidad. En pleno siglo XX, dice encontrar la pervivencia de esas tensiones románticas tanto en el movimiento de mayo del 68 como en la literatura de Hermann Hesse.
La vida inabarcable de Goethe fue desde siempre presa privilegiada de biógrafos. Goethe mismo contó su vida en Poesía y verdad, Madame de Staël se ocupó muy tempranamente de algunos aspectos de ella, y vinieron después Friedrich Gundolf, Karl Viëtor, Marcel Brion y aun Alfonso Reyes. A su manera, todos ellos intentaron encontrar algo propio en esa vida, como si cada época hubiera buscado en Goethe una excusa para manifestarse a sí misma.
En Schopenhauer, Safranski había tentado la biografía de una época irrepetible, "los años salvajes de la filosofía", la era de Kant, Schelling, Fichte, Hegel y el primer Marx. En Goethe revela desde otra perspectiva más o menos esos mismos años, pero también del período al que el biógrafo pertenece. Sobre todo, esta biografía es una reflexión del modo en que una individualidad puede implicarse con su época sin que la silueta de su figura se deforme o se vuelva irreconocible: la vida un hombre que transcurrió en el cambio de dos siglos y los límites de un arte de la vida. Safranski lo dice sin rodeos en las primeras páginas: "Goethe puede estar más vivo y presente que algunos vivos con los que nos cruzamos en nuestro camino. Cada generación tiene la oportunidad de verse reflejada en el espejo de Goethe y comprenderse mejor a sí misma y a su propio tiempo".
-Me gustaría empezar con una idea de Gundolf en su biografía de Goethe. Allí explica por qué el libro se llama simplemente Goethe, sin ningún subtítulo ni comentario. "Hay que tener cuidado con lo esencial: la presentación de la figura completa de Goethe, la mayor unidad individual en la que tomó cuerpo el espíritu alemán." ¿Está de acuerdo con esta visión de Goethe como encarnación de aquello que constituye el núcleo de Alemania?
-El "espíritu alemán" es bastante complicado de entender y de explicar, como supongo que debe de serlo también el "espíritu argentino". Es algo que no tiene contornos definidos y, por lo tanto, no se puede definir con precisión. Por mi parte, me limitaría a decirle lo siguiente: Goethe proviene de una tradición intelectual específicamente alemana y ha marcado profundamente el desarrollo del arte y de la literatura en Alemania. En esto hay que considerar además la larga vida de Goethe y los diversos períodos de su creación, y el modo en que todos ellos aparecen a la vez unidos. En los primeros años, los de la juventud temprana, domina el espíritu lúdico del rococó. Irrumpe luego la sensibilidad más elemental y más cruda del Sturm und Drang: amor, sufrimiento, Weltschmerz, para decirlo con esa palabra que tenemos los alemanes, rebelión y un individualismo exacerbado que se opone a las normas sociales. Llega entonces el período clásico del equilibrio y la perfección de la forma, y por fin el estilo de madurez, la sabiduría del anciano y los experimentos audaces del Segundo Fausto, que no se habría permitido en la juventud.
-Fausto fue en verdad la obra de una vida en la que se concentró, además, una vida y una experiencia poética. Déjeme mencionar una vez a Gundolf. Él creía que en el Fausto había una "unificación" de la poética goetheana. ¿Está de acuerdo con esa idea o era muy de la época de quien la dijo?
-Podría decirse eso. En esa obra se reflejan todas sus particularidades estilísticas y todas las líneas de pensamiento que fue desarrollando a lo largo de su vida.
-¿Admite el Fausto una lectura en clave alegórica?
-Creo que la alegoría es demasiado racional. Tal vez sería mejor entender esta obra como un colosal poema simbólico sobre las fuerzas y conflictos elementales de la vida humana: el conocimiento, el amor, el dinero, el poder, el trabajo, la nostalgia y la redención.
-Uno de los pasajes más desoladores de la segunda parte de Fausto es, hacia el final, el sacrificio de Filemón y Baucis en nombre del progreso y las fuerzas de la historia. El modo en que Fausto convierte a la pareja de ancianos en víctimas propiciatorias da bastante que pensar. ¿Qué idea del progreso tenía Goethe? ¿Era un progreso más allá del bien y del mal, por decirlo así?
-Goethe mostró siempre el mayor interés y la mayor curiosidad por los cambios y las innovaciones de la tecnología. Siguió de cerca los proyectos para la futura construcción del Canal de Suez y estuvo atento al desarrollo del ferrocarril. Pero en el fondo notó también su costado ilusorio. Vio también el otro lado del progreso, su cara oscura: la destrucción de la naturaleza, el vértigo y la precipitación, el poder del dinero, la tiranía económica. Sabía que los progresos técnicos resultaban incontenibles y que, sin duda, se encontraban más allá de cualquier ley moral.
-¿De qué manera aparece en ese panorama histórico el romanticismo, sobre el cual usted también escribió? Goethe solía decir que lo clásico era lo sano y lo romántico lo enfermo, ¿pero qué era para él exactamente lo enfermo?
-Lo romántico y el romanticismo le gustaban a Goethe como una droga. Justamente por eso trataba de tomar distancia y de ponerse en guardia. Una novela de juventud como Werther es completamente romántica, y también lo es el Fausto II con sus escenas fantásticas. Goethe consumía el romanticismo en una dosis justa: ni mucho, ni muy poco. Creo que lo que perseguía era la mezcla exacta del romanticismo con el realismo.
-¿Podría explicar de manera un poco más específica los desacuerdos entre Goethe y la escuela romántica?
-Bueno, al principio, él tuvo la mayor simpatía por el grupo romántico reunido alrededor de los hermanos Schlegel. Y de no es de extrañar que los románticos lo respetaran y admiraran tremendamente. Esto lo complacía especialmente. Pero dado que la mayoría de los románticos tienen una disposición religiosa y eran muy cercanos a la Iglesia católica, Goethe empezó a tomar distancia. El arte y la literatura religiosos le resultaban insufribles, insoportables. El Dios cristiano no le interesaba en lo más mínimo. Veneraba solamente la naturaleza y encontraba allí lo divino.
-Usted define a Goethe a como "maestro de la vida". ¿Pero sentía él mismo que la suya había sido una vida ejemplar y completa, un modelo? O de otra manera: ¿entendía la vida como obra de arte o la obra de arte como parte de la vida?
-Goethe estaba convencido de que había vivido la mejor vida que era capaz de vivir. Fue importante para él darse cuenta de sus posibilidades y no correr detrás de falsas promesas e ideales engañosos. En esto jugó un papel central otra característica goetheana: la autolimitación. Goethe estuvo decidido a ser una figura universal, pero conocía perfectamente sus límites. Ése es para el mayor rasgo de su sabiduría: desarrollarse en el interior de sus propios límites. Goethe supo y pudo hacerlo mejor que nadie.









