
San Martín, Mitre y la historia
Por Natalio R. Botana Para LA NACION
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¿Qué sería de la historia sin el trabajo del historiador que reconstruye el pasado? Tal vez ese mundo, ocupado por los innumerables rastros de quienes nos precedieron, sólo permanecería en la conciencia del presente como un terreno minado por memorias combatientes o por relatos imaginarios.
En nuestro siglo XIX, la historia se fue haciendo gracias a la capacidad de que hicieron gala unos pocos protagonistas para recuperar la consistencia del pasado mientras asumían acuciantes compromisos políticos. La tarea que se impuso Bartolomé Mitre es, en ese sentido, paradigmática, porque no es fácil encontrar en aquellos años un espíritu con el suficiente rigor para penetrar en la trama de los acontecimientos del pasado sin renunciar a las reglas de la buena disciplina historiográfica, entre las cuales se destacan la compulsa de fuentes, la crítica documental y el encuadre teórico que gobierna la exposición de los argumentos.
Para Mitre, la política era, al mismo tiempo, vida histórica y vida presente. Como ha dicho Trevor-Roper, refiriéndose a Macaulay, en esta clase de personas latía la idea de que "los mejores políticos eran aquellos que han estudiado historia y los mejores historiadores aquellos que han tomado parte en la política."
El 18 de diciembre de 1887, Mitre publicó la primera edición de la Historia de San Martín y de la emancipación Sud-Americana . La obra venía precedida por artículos y conferencias de su autoría sobre San Martín y por otra magna biografía: Historia de Belgrano y de la independencia argentina . De la mano de la Historia de San Martín ..., el personaje allí retratado tuvo desde entonces un doble origen: el nacimiento cronológico de Yapeyú, en 1778, y el nacimiento histórico de 1887, que convoca su itinerario a una nueva vida.
A partir de este lanzamiento, durante el siglo XX se prosiguió trabajando con ahínco sobre la figura del Libertador, pero ninguna de las sustanciales obras que se sucedieron (al menos, así lo creo) pudo alcanzar la altura de aquella biografía fundadora. ¿De dónde proviene esa vigencia, hoy erosionada por la lectura perezosa que proporcionan textos simplificados y, de ser posible, escandalosos?
Sin duda, el atractivo resulta de la solidez de los cimientos documentales, de la fuerza que arrastra el relato de las batallas y de la proeza del cruce de los Andes. La historia de San Martín es, según esta narración, el portal que abre camino a una suerte de gigante de la historia en trance de producir, en muy pocos años, una fractura trascendente (se trata del decenio que transcurre entre 1812, cuando San Martín desembarca en Buenos Aires, y 1823, en que comunica al pueblo peruano que abandona la vida pública.) San Martín aparece así, ante los ojos contemporáneos, como un hacedor de fronteras históricas y un espontáneo arquitecto de nacionalidades.
Creación institucional
Pero, por encima de esta mirada, lo que más se destaca en la Historia de San Martín... es su significado político. Sin ese significado, sería difícil entender el complejo destino del Libertador. San Martín conforma de este modo un centro de gravitación donde convergen, por un lado, su genio personal y, por el otro, las irrefrenables tendencias históricas que él mismo contribuyó a desencadenar. Esta tensión entre la libertad del actor y los límites que la historia impone a quien la protagoniza marca la biografía de San Martín (y por cierto también la de Bolívar, que se desarrolla en forma paralela durante la última parte del texto) con el sello melancólico del ascenso y el ocaso.
En las antípodas de la trayectoria de Washington, en América del Norte, San Martín no logra coronar su obra en América del Sur con "una fórmula constitucional" capaz de sintetizar "la emancipación política, intelectual y moral en nombre de los derechos humanos". Su obra es ajena al acto de creación institucional que permitió a Washington convertir su rol de guerrero de la independencia en el de padre constituyente y luego primer magistrado de la nueva república.
En varios capítulos magistrales (entre los que sobresale el XXXIII: "El Protector del Perú, 1821-1822"), Mitre coloca a San Martín ante la disyuntiva de promover los valores propios de una monarquía liberal, a los cuales adhería, o aceptar, en su defecto, aquel primigenio conjunto de incontenibles tendencias republicanas. La monarquía no tenía futuro alguno en aquella Hispanoamérica ya desgarrada por guerras intestinas; la república, por su parte, "encontrábase en su punto de partida con las formas elementales de una democracia genial [instintiva], con la lepra de los antiguos vicios que no podían extirparse en una generación".
San Martín optó por el silencio público y el autoexilio. No sirvió al pasado monárquico, pero tampoco, como un caudillo más, puso su autoridad al servicio de alguna de las facciones que entonces se disputaban el control de nuestros territorios. Nos legó así una historia abierta y un horizonte que, casi dos siglos más tarde, los argentinos seguimos persiguiendo entre aciertos y tropiezos: el porvenir, según auguró Mitre, "de la república democrática".





