Sebastián Casanello, el juez que tiene en sus manos la causa que más inquieta al poder K

Joven y de perfil bajo, designado hace seis meses, con supuestos lazos con La Cámpora, investiga al empresario oficialista Lázaro Báez
Romina Manguel
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28 de abril de 2013  

El destino de Sebastián Casanello hubiese sido otro si la vida no le hubiera negado el don de la pelota. El juez federal más joven de Comodoro Py 2002, que desde hace diez días está a cargo de la causa contra el empresario kirchnerista Lázaro Báez por supuesto lavado de dinero, está convencido de eso. Sólo él podría hacer un análisis profundo y razonable acerca de cómo su falta de capacidad futbolística afectó su vida en Tribunales. O su vida en general.

Porque Casanello analiza y piensa todo. Y su falta de gol es una obsesión. Desde los primeros "pan y queso" en los que padecía la segura humillación de una elección lastimosa y por descarte, hasta su largo derrotero desde meitorio hasta juez federal. Fue meritorio tres años : "Seguro conseguía un cargo antes si me sumaba a algún partido de fútbol", especula. Y no descarta que el código no escrito del mundo de Tribunales tenga algún articulado que priorice la sociedad de los botines antes que la formación. Una vez lo intentó: intuía que si no se sumaba a ese partido debajo de la autopista tendría menos chances que el resto. Llegó, tímido y en alpargatas. La anécdota podría ser un cliché si no fuese cierta: trató de pegarle a la pelota, no pudo, y la alpargata pegó en los dientes de Carlos Rica, para quien tenía que empezar a trabajar.

En su despacho austero del cuarto piso, entre dibujos de Hello Kitty de sus hijos y post it fluorescentes, vuelan fojas con los nombres que durante la semana dominaron las horas de radio y televisión y le ganaron centimetraje en los diarios hasta la polémica reforma judicial: Leonardo Fariña, Federico Elaskar, Fabián Rossi, Lázaro Báez. Euros. Bolsas. Aviones. Lavado. Panamá. Sociedades off shore y allanamientos en "La Rosadita", el departamento de Puerto Madero donde funcionaba la cuestionada financiera SGI, sospechada de ser parte de la operatoria delictiva.

El día que supo que le había tocado la causa pidió a sus colaboradores que la fueran a buscar. Nadie pudo adivinar mucho más; su habitual inexpresividad no ayudó a disipar las dudas. ¿La quería? ¿Estaba asustado? Solitario, melancólico, reacio a transitar los tumultuosos pasillos del edificio o a visitar despachos ajenos, Casanello se sinceró con uno de los dos únicos amigos que reconoce en el edificio: el fiscal federal Federico Delgado: "Trabajo en Tribunales desde hace veinte años. No concursé para juez de instrucción, sino para juez federal. Vengo de ser secretario de la Sala I. Uno sabe qué causas tramitan acá y estoy preparado para ésta".

Y también dice estar más que preparado para hacer frente a las consecuencias directas de manejar una causa caliente que preocupa al kirchnerismo en el poder. La primera, el telefonazo. En la jerga tribunalicia, es el pedido piadoso o la orden indisimulada de cómo orientar la investigación y a quiénes proteger. Dice, hasta ahora, no haber recibido ninguno en el tiempo que la investigación tramita en su juzgado. Y aunque cree que el telefonazo existe para aquel que es proclive a atender, no descarta que tal vez alguno de estos días su viejo celular le depare una sorpresa. Tampoco le preocupa.

La segunda consecuencia tiene lugar siempre. Tras el aterrizaje de una causa caliente en un juzgado sobreviene la pregunta de quién puso al juez ahí para inferir cómo va a actuar. Casanello sabe a quiénes se señala como sus puentes de la Secretaría de Cámara al Juzgado Federal, adonde llegó en octubre pasado. Es La Cámpora, más precisamente el presidente de Aerolíneas Argentinas, Mariano Recalde. Con él compartió parte del secundario en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Tres años mayor, Recalde logró una victoria que hoy Casanello recuerda: "Yo tenía quince años, querían privatizar el campo de deportes y cortamos la calle con una sentada. Mariano logró una audiencia con el entonces intendente Carlos Grosso, salió y gritó: «¡El campo es del colegio!». Después volvieron a cruzarse en la Facultad de Derecho, donde la timidez casi patológica de Casanello se sumó a la convicción de que un funcionario judicial no debía militar y él ya trabajaba en Tribunales.

Vocación tardía

Autoexcluido de eventos sociales, la tibia militancia en un peronismo de izquierda se desvaneció junto con su alicaída vida social. Si años después Recalde, ya como uno de los referentes de La Cámpora, pidió por él, Casanello no lo sabe. Sí consta y por escrito que, en un hecho inusual, todos los camaristas federales -Eduardo Farah, Eduardo Freiler, Jorge Ballestero, Eduardo Cattani y Martín Irurzun- adhirieron a su postulación. Como el entonces presidente de la Cámara del Crimen Gustavo Bruzzone y las Abuelas de Plaza de Mayo.

Sin embargo, las sospechas sobre su cercanía con La Cámpora se acrecentaron cuando Casanello fue el único juez federal presente en el acto en que la Presidenta presentó el proyecto de reforma judicial, a comienzos de abril.

El destino de Sebastián Casanello también podría haber sido otro si hubiese pisado la Facultad de Ciencias Sociales antes que la de Derecho. Y la tardía vocación por la Justicia (después de haberse soñado diplomático) nació a partir de algunas materias que cursó en Sociología. El hombre que hace de la vergüenza un culto se dejó una larga cola de caballo para no desentonar con su traje burgués de Tribunales en las aulas de Sociales. Ya como secretario de Cámara, escondía el pelo por debajo de los hombros entre la camisa y el saco. Y cuando lo nombraron juez, decidió cortarse la expresión visible de una rebeldía confesa y contenida.

Tal vez si sus padres, abogados laboralistas del barrio de Belgrano, lo hubiesen admitido en su estudio, hoy Casanello, a sus 38 años, estaría litigando contra alguna empresa. Ellos representan para él la verdadera esencia de la Justicia. "Siempre fueron la parte actora, y eso es lo que se escuchaba en mi casa: la protección de los más débiles". Le negaron el estudio familiar, pero lo acercaron a Tribunales. En el sentido más literal. Un amigo de una clienta conocía un fiscal que buscaba un meritorio. Y Norberto Casanello acompañó a su hijo hasta la puerta. Del otro lado estaba quien se iba a convertir en su amigo y jefe, Federico Delgado, otra rara avis de Tribunales, de quien aprendió sin querer el antilibreto de cómo ascender: sin fútbol, sin fiestas, sin cenas, sin pasillos, sin rosca. Fobia social y estudio fue la extraña combinación que comparten hasta el día de hoy y que parece haberles dado resultado. En un despacho sin muchas marcas personales, sobresale un corpiño enorme, brillante y violeta que Delgado le regaló el día en que lo nombraron juez. Con una nota plagada de complicidades, en la que explica la elección: el corpiño se interpone entre uno y la "verdad". Y el deseo de que en esa búsqueda como juez no haya obstáculos.

En ascenso

Nómade, Casanello transitó en su larga carrera fiscalías y secretarías. "Trabajé con todos", dice. Se nutrió de la cintura política innata del camarista Eduardo Freiler, su otro amigo reconocido en el fuero. Y maestro. Después de dos concursos fallidos en los que el 100 sobre 100 no le resultó suficiente para ganar, envalentonado por la experiencia en la Cámara, decidió probar suerte y rindió el examen para juez federal. Se sacó 88 sobre 100. Maldijo en voz baja, y, sin embargo, sin esos 12 puntos que lo separaban de la excelencia finalmente logró su nombramiento, no sin antes pasar por la entrevista con la consejera Diana Conti, quien, apenas él entró en la sala preso del pánico escénico, lo recibió con un "¿pero vos sos Casanello, taaaan chiquito?". Y las preguntas del radical Ernesto Sanz en la audiencia en el Senado acerca de su rol como secretario en causas sensibles, como la de los mails del ex secretario de Transporte Ricardo Jaime o los sobornos en Skanska.

Llegó tarde a la que sería la última de las audiencias. Creía que estaba perdida y por eso se tomó el tren como todos los días en zona norte y se bajó en Retiro. El tren se retrasó. Y llegó corriendo, con la camisa empapada y enrojecido. Habían pasado 10 minutos y tomaban la lista de presentes. Mientras se recuperaba dijo su nombre. Y a medida que las sospechas instaladas en torno al concurso hicieron que se bajara uno de los candidatos, él vio cómo, de repente, quedaba ahí, peleando por primera vez el cargo de magistrado.

Garantista talibán, como lo bautizaron algunos cuando como secretario anulaba sistemáticamente las resoluciones de las prisiones preventivas, Casanello está hoy, pero no sabe qué va a hacer mañana. Mientras esté, va a seguir como llegó: sin acatar las normas impuestas de una estructura que lo sigue asfixiando aunque, a medida que sube en la escala jerárquica, cada vez menos. La mochila que todavía cuelga al hombro en medio de tanto maletín parece ser una declaración de principios, como quien sabe que puede irse escuchando jazz o soul, cabizbajo y reservado, sin demasiado trámite.

Quién es

Nombre y apellido: Sebastián Casanello

Edad: 38 años

  • Vocación familiar

    Hijo de abogados, es egresado del Colegio Nacional Buenos Aires y se graduó como abogado con diploma de honor en la UBA. Cursó algunas materias de Sociología.
  • Carrera judicial

    Ingresó en Tribunales a los 19 años, como meritorio. Hizo toda su carrera en el fuero penal. A los 25 fue designado secretario y hace seis meses, juez federal.
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