
Secretos y peligros en el fondo del mar
Despega el Año Mundial del Océano. Así lo establecieron las Naciones Unidas, con el fin de promover los estudios sobre el papel decisivo que desempeñan las aguas en el flujo caótico del calor y la energía en todo el planeta.
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CUBREN los dos tercios de la superficie de la Tierra y contienen el 98 por ciento del agua mundial. Sin embargo, los océanos permanecen, aún hoy, en las fronteras del conocimiento. En un intento por aclarar los misterios de sus profundidades, las Naciones Unidas han llamado a 1998 Año del Océano. El objetivo primario es comprender cómo influye en los patrones climáticos (y hasta los determina) lo que sucede bajo la superficie del mar.
No será una tarea fácil. La absoluta vastedad de los océanos y la complejidad inherente a lo que ocurre dentro de ellos hacen que el emprendimiento sea difícil para los climatólogos.
En los próximos años se espera producir una gran cantidad de nuevos conocimientos sobre el papel que desempeñan los océanos en el flujo caótico de calor y energía del planeta. El WOCE (Experimento sobre la Circulación Oceánica Mundial) es el estudio marino más importante jamás realizado. Fue concebido después del exitoso (aunque breve) recorrido del satélite Seasat, que, en 1978, demostró que era posible y extremadamente útil monitorear las corrientes oceánicas, las temperaturas y los vientos, en una escala mundial. Hasta ese momento los oceanógrafos habían tenido que confiar en las mediciones individuales realizadas en naves y boyas y, por supuesto, era inevitable dejar grandes tramos de alta mar sin abarcar.
Desde que fue instrumentado el WOCE, en 1987, se han gastado en él entre 350 y 500 millones de dólares, excluyendo el costo de los tres satélites principales que se usaron. El experimento atrajo a científicos de treinta países, que aprovecharon los rápidos adelantos digitales para realizar modelos virtuales de las corrientes oceánicas y estudiar cómo éstas intercambian calor y gases con la atmósfera.
El WOCE ha dado las bases sobre las que se harán futuros estudios oceánicos, bajo el patrocinio del Global Ocean Observing System(Sistema de observación oceánica mundial), que se ocupará de esas investigaciones en el siglo XXI. Pero, ¿qué puede decirnos esta investigación sobre las influencias de los mares en nuestro clima? Si bien los satélites son eficientes en proveer una total cobertura de la superficie de los mares, el WOCE empleando métodos tradicionales y menos convencionales, también ha tomado datos de las oscuras profundidades. Al mirar el mapamundi, es fácil olvidar que los mares son tridimensionales. Para los oceanógrafos, los pocos metros que se hallan cerca de la superficie son radicalmente diferentes de lugares situados a dos mil metros de profundidad. La corriente superficial monitoreada por satélite puede tener un movimiento totalmentte opuesto al del lecho marítimo.
Los satélites pueden monitorear las corrientes superficiales mediante mediciones exactas de la altura de las aguas, para así determinar la inclinación y, a partir de allí, la dirección y velocidad a la que se dirigen las aguas.
Otra técnica ingeniosa para monitorear corrientes aún más profundas es el uso de indicadores químicos como el tritio, liberado por pruebas atómicas hace cuarenta años, o los fabricados por el hombre, usados en aerosoles. Estas sustancias pueden ayudar a determinar cuándo fue la última vez que las aguas profundas estuvieron en contacto con el aire, en la superficie marítima. La investigación dio una información fascinante de cómo circulan las corrientes del fondo oceánico, desde Groenlandia hasta la costa de Norteamérica y el extremo de América del Sur. Quedó demostrado que el viaje por el lecho marítimo lleva alrededor de treinta y cinco años.
Los científicos saben ahora que existen dos tipos de corrientes oceánicas. Encontraron un movimiento de la superficie, muy agitado e impulsado por el viento, y otro más lento, de aguas más profundas, frías, saladas y densas. En ciertos puntos del globo, tales como el Atlántico Norte, al sur de Groenlandia, las aguas de superficie se hunden y las profundas emergen, conectándose así las dos como si fuera una cinta transportadora.
El resultado es la "circulación termohalina" causada por las dos corrientes, que, conjuntamente, producen la transferencia del calor del ecuador a los polos. Estos movimientos se producen en largos períodos, si se los compara con la velocidad del calor transportado por los vientos atmosféricos, relativamente efímeros.
"A través del Atlántico Norte, una gran cantidad de calor se pierde hacia la atmósfera", dice John Gould, director del WOCE, en el Centro Oceanográfico de Southampton. "Los vientos reinantes llevan el calor hacia el este y como resultado de esto el Atlántico Norte ha sido comparado con un gran almacén de calor asistido por un ventilador que hace que el clima de Europa Occidental sea templado", concluye.
Un aspecto útil de los estudios con computadoras es que los científicos pueden usarlos para mejorar las condiciones ambientales y para estudiar qué sucederá con las corrientes si, por ejemplo, las concentraciones de dióxido de carbono y las temperaturas del planeta siguen creciendo. Uno de estos estudios, el de Thomas Stocker y Andreas Schmitter, de la Universidad de Berna, llegó a conclusiones inquietantes: demostró que el recalentamiento terrestre aumentará la temperatura de las aguas y también las precipitaciones en el norte (lo cual hará que la superficie del mar se desalinice), y esto reducirá la densidad de las aguas superficiales. Una menor densidad evitará que éstas puedan sumergirse rápidamente, lo que finalmente llevaría a la desaparición del proceso de transporte termohalino, con el consiguiente recalentamiento del Atlántico Norte.
Esta es, sin duda, una posibilidad peligrosa.
Por Ross Tienam
(c)
La Nacion
(Traducción de María Elena Rey)





