Sentar las bases de un país próspero, justo y democrático

Sergio Berensztein
Sergio Berensztein PARA LA NACION
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17 de abril de 2020  

Homero Manzi convivió con la tuberculosis y murió un lustro antes de que estallara la epidemia de polio, en 1956. Sin embargo, su premonitoria frase "ya nunca me verás como me vieras", del famoso tango "Sur", describe a la perfección el escenario que plantea el coronavirus: soplan vientos de cambio inéditos para la sociedad globalizada y muchos de sus componentes más característicos se habrán modificado significativamente cuando la pandemia haya pasado. La distancia social, el teletrabajo y las aulas virtuales son apenas algunos elementos del nuevo mundo que está emergiendo, mientras que el mate compartido, el saludo con un beso y los espectáculos masivos parecen haber ingresado en la lista de especies en extinción. ¿Seguiremos diciendo "salud" luego de que alguien cerca de nosotros estornude, aunque se cubra con el pliegue del codo como mandan los nuevos cánones de higiene? ¿Le haremos caso a la recomendación del doctor Anthony Fauci, el prestigioso titular del Instituto de Alergias y Enfermedades Infecciosas de EE.UU., de erradicar para siempre la costumbre de darnos la mano como saludo formal? Tal vez en poco tiempo festejemos los goles cerrando el puño, del mismo modo en que lo hacen los golfistas. La incertidumbre sobre el día después es enorme. ¿Podremos volver alguna vez a la cotidianidad que existía apenas hace meses? ¿O habrá de conformarse una nueva normalidad, con parámetros y hábitos totalmente diferentes?

El infectólogo Eduardo López admitió hace un par de días con obligada humildad que la propia comunidad científica está aún aprendiendo respecto de este virus, concepto compartido por sus colegas más renombrados. Si ellos se manejan en un terreno tan resbaladizo, el resto de los humanos debemos ser aún muchísimo más prudentes. Sin embargo, es razonable exigir una visión más sistémica e integral por parte del Gobierno: que la salud pública sea la prioridad no significa que se minimice el impacto económico de la pandemia en el mediano y el largo plazo. Dicho esto, si la política nacional funciona mal en contextos de relativa normalidad y en cuestiones donde se acumuló suficiente conocimiento científico (como ocurre, por ejemplo, con las causas de la inflación, la importancia de la calidad institucional en el desarrollo sustentable o el impacto negativo en la recaudación de una carga tributaria demasiado elevada), ¿podemos pretender que opere medianamente bien en un entorno de emergencia tan inesperado como infrecuente? La Argentina reaccionó antes y mejor que otros países de la región (como Brasil y México) y, aunque sigue haciendo un número de testeos demasiado bajo, lo que limita enormemente no solo una comprensión más cabal del fenómeno, sino también la posibilidad de establecer comparaciones adecuadas con otros casos y de planificar racional y responsablemente la salida de la cuarentena, la evidencia empírica disponible sugiere que se está logrando el objetivo de "achatar la curva", es decir, de reducir la velocidad de contagio para evitar que colapse el sistema sanitario.

Sin embargo, en materia económica vivimos una situación de extrema gravedad, y todo hace suponer, por motivos tanto globales como domésticos, que las cosas se pondrán incluso mucho peor a menos que el Gobierno modifique el rumbo, rectifique alguna de sus políticas y disponga de un comité de crisis con similares características al que funciona en torno a la pandemia. ¿Podemos acaso achatar la curva del desastre en el empleo, la producción y el capital social acumulado en términos de empresas grandes, medianas y pequeñas que pueden colapsar si el Gobierno continúa minimizando el desastre económico en el que estamos?

La gestión arrastraba problemas muy serios antes de la pandemia; ahora se agravaron de manera significativa. "Sin la Covid-19 a esta altura estaríamos de todas formas muy mal, así que nos viene bárbaro como pretexto", afirmó, preocupado, un exfuncionario kirchnerista. "El problema es de diagnóstico: creen que la crisis es mucho menos grave de lo que realmente es", sugirió uno de los economistas más respetados del país, sobre todo por su experiencia en varias administraciones. "El principal problema es la falta de una visión macroeconómica adecuada y compartida por los principales integrantes del equipo", que luce fragmentado y sin un liderazgo integrador. Así, los distintos anuncios nunca parecen suficientes. "Corremos detrás de los acontecimientos y parece que todo es poco y lo lanzamos mal y tarde. Se acerca fin de mes, si no hay un cambio drástico la situación se puede volver caótica para la mayoría de las empresas", reconocen cerca del Presidente.

La pandemia no durará para siempre; es fundamental comenzar a pensar en la estrategia para administrar la salida de la crisis, lo que obliga a moverse en terrenos no transitados en múltiples dimensiones de la política, incluyendo los nuevos dilemas de la seguridad, la política exterior, el nuevo papel del Estado (incluyendo límites estrictos en materia de libertades individuales y privacidad), además del inevitable desastre económico que nos espera. Uno de los ejes conceptuales sobre los que debemos reflexionar es la disrupción. La normalidad tal como la conocíamos se vio interrumpida de golpe, y es probable que por mucho tiempo, si no para siempre. No se puede pensar soluciones para la nueva coyuntura manteniendo parámetros, hipótesis o incluso herramientas de la muy reciente "vieja era". La discontinuidad respecto de lo que venía es absoluta, y la agilidad, la resiliencia y la capacidad de adaptación serán esenciales en el futuro inmediato.

Mientras tanto, el "durante" no es un tema menor: los líderes de todo el mundo deben ser plenamente conscientes de que cualquier medida que tomen durante el período de crisis condicionará la realidad y la capacidad de enfrentar los nuevos desafíos cuando lo peor de la pandemia haya pasado. El poco feliz comentario de Jair Bolsonaro a fines de marzo sobre la potencial inmunidad de los brasileños por bañarse en una cloaca y la menos oportuna visita de López Obrador a la estancia de los Guzmán en plena cuarentena luego de recomendar a sus ciudadanos que salieran a comer cuando la pandemia estaba extendida por todo el mundo contrastan con el accionar de algunos países nórdicos o de Australia, donde se notan iniciativas que plantean el bienestar de sus poblaciones en múltiples dimensiones. Yuval Harari enfatiza la necesidad de pensar una estrategia de largo plazo, no solo en cómo superar la amenaza inmediata. En un artículo publicado recientemente en Financial Times, afirma que las decisiones que tomen los gobiernos y las sociedades en las próximas semanas formatearán no solo el sistema de salud, sino también la economía, la política y la cultura. No se trata de asimilar el impacto, sino, fundamentalmente, de analizar las mejores opciones posibles de una estrategia de reconstrucción.

No podemos darnos el lujo de carecer de audacia: en medio de una emergencia humanitaria sin igual, puede implicar menos ayuda para quien lo necesita, un mayor número de fallecidos o el quiebre definitivo de muchos sectores de la economía. La incertidumbre tiende a generar un comportamiento conservador, en las sociedades y en sus líderes, para evitar los pasos en falso. Pero esto condiciona unilateralmente el margen de acción. Es hora de grandes decisiones, de pensar ambiciosamente, de aprovechar esta catástrofe para sentar las bases de un país más próspero, justo, libre, democrático y soberano.

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