La biblioteca que importa, íntima y portátil

Matías Néspolo
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12 de enero de 2019  

Recuerdo a un viejo amigo de otro hemisferio que podía hablar durante horas sobre sus tesoros, de uno en uno, describiendo al detalle cubiertas, ilustraciones, notas al pie o incluso erratas. Glosaba capítulos enteros o citaba largas frases de memoria. Imposible comprobar el rigor de la cita, porque el tesoro en cuestión siempre se encontraba en una lejana Ítaca a centímetros de distancia tras el cartón corrugado. En alguna de las innumerables cajas apiladas hasta el techo que ocupaban más de tres cuartas partes de su pieza de pensión.

Hecha de exilios, azares e incontables mudanzas, la biblioteca de mi amigo había adquirido finalmente la condición trashumante a fuerza de conservar a perpetuidad su confinamiento. Escucharlo perorar sobre ella era como una versión satánica -la grabación al revés- de esos textos de Walter Benjamin reunidos en Desembalo mi biblioteca. Él no podía hacerlo, no solo porque en aquella pensión del Abasto que compartíamos tenía los días contados, sino porque sus libros en anaqueles seguramente no cabrían en toda la casa. Había algo doloroso en sus palabras, pero también mágico, porque aquellos tesoros inaccesibles eran más valiosos y reales en la mera evocación.

"No son tanto los libros como los ejemplares los que tienen un destino", decía Benjamin retorciendo el dicho latino. Y de sus ejemplares concretos hablaba mi amigo, de las ciudades de origen, de sus viajes, del tiempo y del modo, singulares en cada caso, de apropiación.

Las historias de su vida ahí embaladas en sus lecturas.

De todo eso me acordaba hace unos días al leer una enésima encuesta sobre cómo ordenan sus bibliotecas los escritores. Me pregunto qué clase de mórbido e impúdico interés puede tener eso más allá de la pose descarada o la vergonzosa obsesión. Del caos absoluto al riguroso ordenamiento alfabético, temático, por género, nacionalidad, constelaciones o incluso tamaño y color. Hasta conozco a uno que ordena los suyos por colecciones editoriales numeradas...

El furor -o la neurosis, más bien- del coleccionista no conoce límites. La disposición del cementerio -leídos o no, da igual- carece de importancia, porque una biblioteca es otra cosa. Habrás escuchado aquello de "no tiene patitas" y tiene que estar por algún sitio. Pues los libros no tienen, pero tus ejemplares sí. Incluso alas, y no solo porque van contigo dondequiera que vayas. Ojo, que no estoy hablando de Amazon, ¡vade retro! Por Dios, que no se me malinterprete.

Tienen patas y alas porque viajan en el tiempo y el espacio, cruzan continentes, se trasmutan, se pierden y regresan, te eligen o te olvidan, van a tu encuentro y son ellos los que se apropian de vos. Los ejemplares de tu biblioteca suelen jugarte las tretas más disparatadas.

Me pasó hace poco con Boquitas pintadas, de Puig, que volvió conmigo casi veinte años después de perderlo al otro lado del Atlántico. Un amigo que se instala en estos días en Buenos Aires, tras una larga temporada en Barcelona, me lo regaló al desmontar su biblioteca visitante. Es un ejemplar de Seix Barral de principios de los 80 exactamente igual al que tuve de Sudamericana de finales de los 70. Todo un misterio, porque es y no es el mismo.

Para no mentar el ejemplar futuro de Río de las congojas, de Libertad Demitrópulos, que vuela ahora a mi encuentro en la maleta de otra amiga, después de convocarlo durante mucho tiempo, hasta en sueños.

En la clasificación perfecta de una biblioteca ideal, este debería ir al estante de "anhelados" y aquel, al de viejos compañeros "recuperados". Pero hay muchas categorías posibles, como los implacables "libros encontrados" de los que habla Alan Pauls en Trance, que nos salen al paso y nos secuestran con la ferocidad "del buen salvaje". Y habrá tantas categorías como probables lectores.

"Camarada, este no es un libro, / Quien toca este libro, toca a un hombre", decía Walt Whitman. Siempre entendí esos versos de un modo literal, pero ahora los concibo al revés y de manera múltiple. Este no es un hombre, quien lo toca, toca los libros que lo definen, la biblioteca que trama su vida. La biblioteca errante, con vida propia y en continua mutación que lo acompaña desde siempre.

Esa verdadera biblioteca que poco importa si duerme embalada o se exhibe en neurótico orden, porque la que cuenta es íntima y portátil. La que llevamos en la bóveda craneana.

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