Spotlight. La necesidad del periodismo
IMPACTO. El editor jefe del equipo que investigó los abusos sexuales en la Iglesia de Boston, retratado en la película premiada, rescata el verdadero poder de su profesión
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Washington (The Washington Post)
Todos los años intento prestar atención, o al menos no quedarme dormido, durante la entrega de los Oscar. Y casi nunca lo logro. El domingo pasado, sin embargo, el cansancio tuvo un contrapeso enorme: mi evidente interés personal. Con el agregado de que tenía una butaca reservada en el Dolby Theatre, donde se realizó la ceremonia.
Spotlight lleva a la pantalla grande los primeros seis meses de la investigación del Boston Globe de 2002, que reveló las décadas de encubrimiento de abusos sexuales seriales por parte de sacerdotes de la arquidiócesis de Boston. El actor Liev Schreiber me interpreta como el flamante editor en jefe que puso en marcha esa investigación, y me pinta como un personaje estoico, un poco hosco y sin sentido del humor, que muchos de mis colegas de la profesión reconocieron de inmediato, pero que para mis amigos íntimos no es tan así.
El escándalo revelado por el equipo de investigación periodística Spotlight del Boston Globe terminó adquiriendo dimensiones mundiales. Catorce años después, tal y como debe ser, la Iglesia católica sigue teniendo que responder por el modo en que ocultó esos graves delitos masivos y por la eficacia de las reformas implementadas para evitar que se repitan. Me siento en deuda con todos los que hicieron una película que logra capturar con asombrosa autenticidad la práctica de la profesión periodística y la necesidad de que ésta exista.
Los premios tienen forma de estatuilla, como reconocimiento a lo mejor de la cinematografía. Pero a mí me importan más las recompensas que traerá aparejadas, y para ver esos frutos habrá que esperar más tiempo.
Esas recompensas llegarán si la película tiene impacto. Para empezar, impacto en el periodismo, si los propietarios de medios y los editores vuelven a dedicarse al periodismo de investigación. Impacto sobre la opinión pública escéptica, si los ciudadanos entienden la importancia de la cobertura periodística local en cada ciudad y de la necesidad de contar con instituciones periodísticas fuertes. Y también impacto en todos nosotros, si la película logra que estemos cada vez más atentos a la voz de los desposeídos que muchas veces no tienen voz, entre ellos, las víctimas de abusos sexuales y de todo tipo.
Más allá de los elogios de la crítica, Spotlight ya ha cosechado un resultado gratificante: a través de emails, Twitter y Facebook, los periodistas han manifestado sentirse motivados, guiados y reconfirmados en su vocación. No es poca cosa en esta profesión tan duramente golpeada. Hemos sentido el traumático efecto económico de Internet y hemos recibido palos de todas partes, especialmente de los políticos, que durante la actual campaña nos han llegado a etiquetar cínicamente como "escoria".
Un periodista me escribió que "la historia en la que se inspira la película es un maravilloso recordatorio de las razones por las que muchos de nosotros decidimos dedicarnos a esta profesión y la seguimos ejerciendo, a pesar de todos los bajones y las pálidas y las trompadas que nos tiran de todos lados". Un periodista de uno de los principales diarios nacionales dijo que había ido a ver la película con toda su familia. "Ahora, de repente, mis hijos creen que soy un capo", comentó.
Pero la reacción más esperanzadora llegó de boca de algunos editores generales. En California, el editor general de un diario alquiló un cine para proyectar la película a todo su personal. Otro me escribió en Facebook: "Vos y el equipo Spotlight renovaron mis ganas de encontrar un modelo de negocios que logre dar sustento a esta labor de crucial importancia".
Y lo más gratificante de todo son las manifestaciones de apoyo de la opinión pública en general. "Acabo de ver Spotlight -escribió alguien en Twitter- y volví a darme cuenta de todo lo bueno que puede surgir de la tozudez periodística."
Una buena historia
Una película no borrará de un plumazo las presiones que se sufren en mi profesión ni la hostilidad a la que solemos enfrentarnos. Y con toda honestidad debo decir que no es por eso que junto a cinco ex colegas (Walter Robinson, Michael Rezendes, Sacha Pfeiffer, Matt Carroll y Ben Bradlee Jr.) decidimos colaborar con los realizadores de la película. Simplemente nos pareció que la historia era buena y que valía la pena contarla, así que por qué no.
Para empezar, me sorprendió que nos contactaran, y al principio tuve mis dudas cuando dos jóvenes productores, Nicole Rocklin y Blye Faust, vinieron a vernos a la redacción del Globe para contarnos la idea a grandes trazos, hace ya siete años. Cuando nos dieron la opción de "derechos de por vida" que otorgaba a los realizadores el derecho a usar nuestra historia y les aseguraba nuestra cooperación en la película, sentí que había pocas chances de que finalmente fuese realizada. Y los dos años de silencio de radio y aparente inactividad que siguieron parecían confirmar aquellas dudas.
Pero en 2011, la idea entusiasmó a los ejecutivos Steve Golin y Michael Sugar, y la productora Anonymous Content puso la firma. Reclutaron a Tom McCarthy como director y lo acoplaron a Josh Singer como guionista. La confianza en que la película finalmente se haría sumó varios puntos. Ambos se abocaron a investigar los vericuetos del caso con una profundidad nunca vista: una interminable seguidilla de entrevistas a periodistas, abogados, sobrevivientes y personas de la comunidad de Boston. Peinaron los archivos del Globe, estudiaron al dedillo los emails que habían sobrevivido, y escudriñaron las miles de fojas legales del caso.
A pesar de todo el trabajo que se tomaron, el proyecto de la película tenía final incierto, y el pesimismo era comprensible: los abusos sexuales a niños y adolescentes son un tema sensible para cualquiera, se corría el riesgo de que la película ofendiera a los católicos y a la Iglesia, y todo dependía exclusivamente de los diálogos entre los personajes, sin escenas de acción ni efectos especiales. Además, yo había llegado a una conclusión final y fatal: los católicos tenían ahora un nuevo papa, muy popular. Era el peor momento posible para lanzar una película que apuntara un dedo acusador contra la Iglesia. Pero como una demostración de que no sé nada de la industria cinematográfica, ése fue justamente el momento en el que las estrellas se alinearon.
Recién pude ver Spotlight en pantalla grande el 14 de septiembre de 2015, en su estreno en el Festival Internacional de Cine de Toronto. El efecto de la película fue potente. Cinco días después del inicio del Festival, Los Angeles Times señaló que Spotlight seguía siendo "la única película que había suscitado aplausos tanto durante la proyección como al finalizar, mientras corrían los créditos". El público también aplaudió cuando Tom convocó a los actores a subir al escenario. A continuación, también invitó a subir a los periodistas, uno por uno. Y fue entonces cuando pasó algo raro en la vida de un periodista: recibimos una ovación de pie.
Fue muy emocionante. Pensé en todo el trabajo que había conducido a ese momento y en cómo se amplificaría todo eso de allí en adelante. Pensé en la gente que descubriría la importancia del periodismo. Y pensé en lo rara que era toda esa escena de la que yo había participado: cómo la triste cuestión de los abusos sexuales había llegado hasta ese bizarro cruce de celebridad, paparazzi y entrevistas de alfombra roja.
A veces me preguntan si hay algo que me hubiese gustado ver en la película y no está relatado. Y debo confesar que sí: un hecho que me enfureció y que con los años todavía me atormenta. Me refiero al discurso que el 4 de noviembre de 2002 dio Mary Ann Glendon, profesora de derecho de Harvard que más tarde sería embajadora norteamericana ante el Vaticano. "Lo único que puede decir -declaró ante una reunión de católicos- es que si la justicia y la exactitud de los hechos importan, darle el Premio Pulitzer al Boston Globe sería como darle el Premio Nobel de la Paz a Osama bin Laden." Un repaso breve de ese discurso dice más sobre la cultura de la negación y la prepotencia que aquejaba a la Iglesia antes y durante mucho tiempo después de nuestra investigación.
Hace trece años, recibí una carta del padre Thomas P. Doyle, que venía librando una batalla solitaria desde el interior de la Iglesia en nombre de las víctimas. "El abuso sexual de niños y adultos jóvenes por parte de clero católico y su encubrimiento han sido lo que peor que le ha pasado a la Iglesia católica en muchos siglos. También ha sido la mayor traición de los hombres de la Iglesia hacia quienes estaban a cargo de proteger. De no ser por usted y el staff del Boston Globe, esa pesadilla habría seguido y seguido. Le aseguro que lo que han hecho usted y la gente del Globe por las víctimas, la Iglesia y la sociedad, es invaluable y sus efectos positivos perdurarán por décadas."
Esa carta estuvo sobre mi escritorio desde entonces hasta el día en que me fui al Washington Post, hace tres años. Durante esos años, en otros momentos difíciles para mí y para el Globe, nos servía de recordatorio de lo que nos acercó al periodismo y lo que nos mantiene en la profesión.
En ese momento, no había película ni había premios. Pero ya estaban las recompensas, que durarían para siempre.
Traducción: Jaime Arrambide
Martin Baron





