Stand by me: La historia menos conocida de un video viral
La primera vez que vi el video, hace varios años, fue porque un amigo, que es músico, lo había subido a su muro de Facebook y se había declarado asombrado. Le di play y en cuestión de segundos también quedé fascinada. A medida que la canción avanzaba me convencía de que mi amigo tenía razón. “El tipo que hizo esto es un genio”, escribió. No sólo por la calidez de las voces. Había algo entre festivo y potente en el video que no era fácil de definir. Tenía tanta emoción como magia. Esa fue la primera vez que escuché hablar del proyecto de Playing For Change, del productor norteamericano Mark Johnson. Después supe que el hombre se dedica a viajar por el mundo para grabar a músicos callejeros cantando y tocando una misma canción para después, editar las tomas y hacer que personas que no se conocen entre sí suenen como una banda. No era casualidad que desde que “Stand By Me” subió a YouTube, en 2008, se convirtió en un tremendo video viral, con más de 92 millones de reproducciones. Una vez que lo ves, es altamente probable que necesites compartirlo.
Hace unos días, cuando supe que Johnson estaba en Buenos Aires quise conocerlo. Desde aquella primera canción, grabada hace 11 años, su proyecto se convirtió en una fundación que no sólo graba a músicos en las calles sino que financia proyectos educativos en todo el mundo, creando escuelas de música para poblaciones vulnerables. A sus grabaciones callejeras se han sumado músicos de la talla de Keith Richards, Bono, Manu Chao y Andrés Calamaro. Algunos de los músicos que participaron en los videos formaron una banda, que recorre el mundo y va por su cuarto disco. Playing for Change puede traducirse tanto como “Tocando por monedas”, como “Tocando por el Cambio”. Hace unos días, Johnson vino al país porque está impulsando la apertura de una escuela de música en Diamante, en Entre Ríos y otro en una comunidad mapuche, en Río Negro.
Pero ¿cuál era la historia callejera detrás de esa potente versión de Stand By Me?
“La idea del proyecto nació hace varios años en Nueva York, cuando iba de camino mi trabajo, en un estudio de grabación”, cuenta Mark, que es ingeniero en sonido. “En la estación de subte me topé con dos monjes de blanco. Uno tocaba la guitarra y otro cantaba. No sé en qué idioma. Cuando llegó el subte nadie subió. Todos nos quedamos hipnotizados por su música. Miré alrededor y vi que había un hombre que dormía en la estación, parado al lado de un ejecutivo. Gente grande, jóvenes... todos estábamos escuchando lo mismo. Dije, guau, es la mejor música que escuché en toda mi vida y la encontré de camino al estudio. No en el estudio. Y ahí caí en cuenta de que esa música maravillosa a veces es sólo un momento. Y se me ocurrió que podríamos capturar esos momentos para volvernos más humanos. Ese hombre que vivía en la calle, tenía muy poco en común con el hombre de negocios. Pero, mientras sonaba la música, conectaron”, cuenta Mark, desde un hotel de Palermo, en diálogo con LA NACION.
Así nació su idea y entonces salió a recorrer el mundo para escuchar músicos callejeros. Dos años después, en marzo de 2005, caminando por Santa Mónica, California, escuchó a Roger Ridley cantando “Stand By Me” y supo que era el indicado. Se acercó y le preguntó. “¿Por qué alguien con tu voz canta en la calle?” La respuesta lo sorprendió: “Porque estoy en el negocio de la alegría, hombre”. Eso transmitía Roger. Alegría, esperanza, confianza, lealtad. Aún hoy escucharlo cantar inspira. Roger parece ser alguien que se queda a tu lado cuando más lo necesitás. Unos meses más tarde, antes de que ese video se convirtiera en un viral, la esposa de Roger volvería a sentir el abrazo de la canción de Ben E. King, famosa por la versión de John Lennon.

Mark convenció a Roger de sumarse a su proyecto de canciones trotamundos. El sería el primero en grabar. El siguiente músico escucharía en auriculares esa grabación y haría su aporte. Cantaría o tocaría sobre esa melodía, para enriquecerla y dejarla lista para que otro músico de la calle, en otra parte del mundo, sumara su arte.
A Roger, los músicos que tocaban en la peatonal lo llamaban “Dios”, porque cuando se oía su voz, todos quedaban en silencio. “Cuando lo escuché cantar lo supe de inmediato– reconoce Mark–. Era Roger, iba a ser un hit”.
El día en que Roger accedió a grabar su canción se grabaron otros ocho temas. Un año después, Mark lo fue a ver y le llevó un DVD con la versión final de la canción. Se habían sumado más de diez voces y otros 23 músicos de todo el mundo, desde grupos corales africanos, hasta tambores tribales de Nuevo México.
La canción viajó por todo el mundo y, finalmente, en el estudio de grabación de Mark, terminó de tomar forma. Roger la escuchó, vio el DVD, él solo, en el living de su casa, pero no contó nada. Ni a su esposa ni a sus hijas. Simplemente lo vio y lo dejó ahí.
Ser un músico talentoso nunca le pareció a Roger una excusa para el esfuerzo. Tenía todo para triunfar pero no había logrado consolidar su carrera como cantante de soul. Había nacido en Georgia, en una familia de músicos y había empezado a cantar en la escuela primaria. Vivió en Nueva York, donde se presentó en casi todos los clubs de blues de la ciudad. Tuvo tres hijos, dos mujeres y un varón y finalmente se mudó a Las Vegas para ser parte de una obra musical. Pero, cuando ese proyecto se terminó, se quedó sin trabajo. Además, era pastor de la Iglesia Bautista y estaba completamente sordo de un oído y del otro, apenas escuchaba. Tenía que ponerse un implante auditivo, pero, como se quedó sin trabajo y no tenía dinero, eso quedó para más adelante. Un conocido le presentó a la persona que manejaba a los músicos de la calle 3° de Santa Mónica. Desde entonces, comenzó a viajar todos los sábados hasta California, para, al final del día volver a subirse a un colectivo y viajar cinco horas para volver a la casa que alquilaba en Las Vegas porque era más barato que vivir en California.
Cantando en la calle, juntando cada billete que le dejaba la gente en su bolso, logró alcanzar ese sueño americano, que en su propia versión significó poder mandar a su hija mayor a la universidad. Ese era su mayor orgullo.
El día de la grabación, Roger desplegó todo su encanto. La gente pasaba, hacía compras. Un grupo se paró a escucharlo. Un papá empezó a bailar con su hija. Con voz de evangelista, Roger citó un tramo de la canción: “No importa quién seas o hacia dónde te dirijas. En algún punto vas a necesitar que alguien se quede a tu lado”.
Fue un arranque glorioso. La canción ya estaba rodando. Viajó más de 2500 kilómetros, de la costa Este de los Estados Unidos a la costa Oeste, para sumar en la estrofa siguiente la voz de Grandpa Elliott, un músico urbano que es un ícono de las calles de Nueva Orleans. “Viajé a la ciudad con la única misión de encontrar a Grandpa, que gozaba de una gran reputación en la escena de los músicos callejeros. Caminamos hasta la esquina de Royal y Toulouse y allí lo encontramos, en uno de esos momentos únicos, frente a la una pequeña multitud”, contó Mark. Estaba sentado en un banquito de madera, vestido con un jardinero de jean, un sombrero habanero, con un ala levantada, lentes de sol, el vidrio para sólo un ojo y una media de cada color.
Escucharlo cantar devolvía el aliento. El viaje había valido la pena. “Mientras estaba sentado en ese banquito, nos aproximamos y le contamos el proyecto”, cuenta Mark. Y Grandpa Elliot aceptó. “Cuando la noche venga, y la tierra esté oscura y la luna sea la única luz que veamos, no voy a tener miedo, no voy a derramar ni una lágrima. Sólo mientras dure, quédate a mi lado”, cantó. “ “Con una voz que te hace cosquillas en el alma y una armónica que eleva el espíritu , Grandpa sigue deslumbrando al público tanto en esa esquina del Nueva Orleans como en todos los países por los que atraviesa esta canción”, cuenta.
Grandpa Elliott nació en 1945 en Nueva Orleans y fue toda su vida un músico callejero. Lleva más de 60 años cantando en la calle. Pero, su vida cambió desde ese día de 2005 cuando sumó su voz a “Stand By Me”. Desde entonces, Grandpa fue alcanzado por la fama mundial. Sigue tocando en la esquina de Royal y Toulouse, aunque ahora es considerado una celebrity. Se convirtió en el decano y líder de la Playing for Change Band. Un año después, grabó su propio álbum como solista y se presentó ante 40.000 personas en el Dodger Stadium.
El tercero en sumar su voz al proyecto fue Clarence Bekker, un conocido cantante holandés de música euro house, que se hizo un nombre propio durante los 90. Nacido en Suriname, Clarence grabó discos, estuvo en los rankings europeos y vivió de gira por varios años. Pero, una década después, su adicción a las drogas lo dejó en la ruina. Perdió todo y se mudó a Barcelona, donde, por cinco años vivió en la calle y empezó que cantar para comer.
Así, de a poco, estrofa a estrofa, plano sobre plano se fue construyendo la magia. Antes de estar completa, “Stand By Me”, llegó Nuevo México, el grupo de percusión del pueblo originario zuní “Twing Eagle” le puso los tambores. Viajó hasta Toulouse, Francia para sumar la pandereta de Francois Viguie; voló hasta a la rambla de Ipanema, en Río de Janeiro, donde César Pope le puso el charango. Aterrizó en una plaza de Moscú, para que Dimitri Dolganov hiciera su entrada con el violonchelo. Así, músico por músico, la canción siguió recorriendo el mundo durante todo un año. Gerardo y Dionisio grabaron las guitarras en una recova en Caracas y Roberto Luti, le agregó sus punteos en Nueva Orleans. Junior Kissangwa Mbouta le sumó la batería desde el balcón de su casa en El Congo, Africa. El modelo colaborativo había llegado a la música. Desde un polvoriento barrio de Guguletu, Sudáfrica, Pokei Klaas le pusó el contrabajo y al final, el grupo vocal Sinamuva, de ese mismo país, aportó una versión coral y africana de Stand By Me.
El aplauso final del video recorre las calles del mundo y emociona tanto en la reproducción número 92 millones como la primera vez.
Roger terminó de verlo y lo apagó. No dijo nada. En su casa, nadie supo que él había sido parte de ese proyecto. Tal vez por modestia, tal vez por emoción. Lo dejó allí, adentro del reproductor de DVD. Un mes después, el 16 de noviembre de 2005, sufrió un ataque cardíaco fulminante y murió sin conocer jamás el final de la historia.
Poco después de la muerte de Roger, su esposa llamó por teléfono a Mark, completamente emocionada. Acababa de enterarse de todo. Esa mañana, cuando fue a encender el televisor, por error apretó el botón que encendía el DVD y se encontró con esas imágenes de su marido, cantando con músicos de todo el mundo, esa canción que ella tanto extrañaba. Entre lágrimas le agradeció lo que había hecho. El legado de Roger no había desaparecido. Tres años después, se terminó de editar el video y se lanzó a YouTube. En seguida se convirtió en uno de los videos más virales de internet.









