
Tiempo de Constitución
Por Natalio R. Botana Para LA NACION
1 minuto de lectura'

Parecería que aún no hemos tomado conciencia de que este año se cumple un siglo y medio de la sanción de la Constitución Nacional de 1853. Es una fecha que valdría la pena tener presente: ese momento en el cual, mientras cundían guerras intestinas, adoptamos en la ciudad de Santa Fe la forma de gobierno republicana, representativa y federal.
Me tocó recorrer hace pocos días esos lugares a la vera del gran río y no pude menos que rememorar las deliberaciones de aquellos legisladores reunidos desde el atardecer hasta la medianoche en la sala de sesiones del Cabildo, soportando el calor y las incógnitas derivadas de los conflictos armados, sin bibliotecas a mano ni asesores a sueldo. Al igual que la Convención de Filadelfia de 1787, que dio a luz la Constitución de los Estados Unidos, nuestro Congreso Constituyente de 1853 trabajó en los meses de verano. Hasta la circunstancia del clima y los mosquitos, infaltables en Filadelfia y Santa Fe, parecían acercar ambos empeños.
El Congreso de Santa Fe nació de la voluntad instituyente de Justo José de Urquiza, y de una inteligencia pública que había germinado en el país y en los itinerarios del exilio. Aunque el Congreso no contó con el concurso de la provincia de Buenos Aires, cuyos representantes sólo intervendrían en la Convención reformadora de 1860, sus integrantes tuvieron el genio de plasmar un documento único, admirablemente escrito, que sirvió de guía para una formidable transformación histórica.
Conviene recapitular algunos datos importantes: el 31 de mayo de 1852, los catorce gobernadores de provincia firmaron el Acuerdo de San Nicolás, que establecía la convocatoria al Congreso Constituyente; el 20 de noviembre, un discurso de Urquiza leído por Luis J. de la Peña lo declaró inaugurado; el 24 de noviembre, el Congreso nombró la comisión redactora de la Constitución, integrada por Pedro Díaz Colodrero, Pedro Ferré, José Benjamín Gorostiaga, Juan María Gutiérrez y Manuel Leiva; el 23 de febrero de 1853, se incorporaron a la comisión Martín Zapata, Juan del Campillo y Santiago Derqui (Salustiano Zavalía fue designado suplente de Ferré); el 20 de abril, fue presentado al plenario el proyecto de constitución; el 1° de mayo, el Congreso sancionó la Constitución Nacional; el 25 de mayo, Urquiza la promulgó en San José de Flores; por fin, el 9 de julio se juró la Constitución en las capitales de las provincias con excepción de Buenos Aires.
Bien ha escrito Beatriz Bosch que sobresalieron en los debates Juan María Gutiérrez, José Benjamín Gorostiaga, Martín Zapata, Juan Francisco Seguí y el presbítero Benjamín J. Lavaysse. El peor agravio infligido a esos constituyentes es que hicieron obra de imitación servil. Algunas corrientes nacionalistas del siglo XX defendieron este punto de vista, pero lo cierto es que, más allá de esas interpretaciones, la Constitución Nacional de 1853 fue una proeza de síntesis del mejor pensamiento político de su tiempo.
Por otra parte, si de federalismo republicano se trataba, no había entonces muchos ejemplos prácticos. Por ese motivo, Gorostiaga afirmó que el proyecto de la comisión estaba "vaciado en el molde de la Constitución de los Estados Unidos, único modelo de federación que existe en el mundo". Pero ésta no fue la única fuente.
LA NACION salvada del caos
Los constituyentes tuvieron a mano la segunda edición de las Bases de Alberdi, fechada en Valparaíso en septiembre de 1852 y reimpresa de inmediato en la Argentina, que incluía un proyecto de constitución inspirado en su conocimiento del constitucionalismo comparado. Sobre todo, esos hombres llevaban un bagaje formado por la experiencia de los pactos federales y por el lenguaje de los derechos inscripto en las fracasadas constituciones unitarias de 1819 y 1826.
Costó aprobar en pocos días el proyecto presentado el 20 de abril. Entre otras dificultades, hubo que vencer el intento ultramontano de imponer una religión de Estado, y plantear alternativas a la cuestión no resuelta de la sede de las autoridades del gobierno federal. Además, justo cuando se discutía el despacho en general, el presidente del Congreso, Facundo Zuviría, aconsejó que se dejara en suspenso la aprobación del texto.
Este intento de volver a fojas cero, a la espera de un clima benigno, abrió curso a una discusión fundamental, que todavía perdura. ¿Cuál debería ser el tiempo propicio para consagrar una constitución? ¿Acaso la deliberación habría de ubicarse en una quietud utópica y, por ende, imposible? ¿O tendría que aceptarse la realidad de casi cuatro décadas de historia independiente para extraer la concordia de una violencia indómita?
Debemos a Juan María Gutiérrez una réplica magistral a la propuesta de Zuviría. Gutiérrez declaró: que sólo había dos modos de constituir un país: "Tomar la Constitución de sus costumbres, carácter y hábitos, o darle el Código que debía crear ese carácter, hábitos y costumbres, si no los tiene. Si, pues, el nuestro carece de ellos, si como el mismo señor diputado de Salta lo expresa en su discurso, "la Nación es un caos", la Comisión en su Proyecto presenta el único medio de salvarla de él".
La constitución conservadora de las tradiciones establecidas; la constitución creadora de hábitos y costumbres, en suma de una nueva cultura: es notable como estas palabras han vencido al tiempo, del mismo modo como aquella constitución, mediante el impulso de cinco presidencias fundadoras (Urquiza, Mitre, Sarmiento, Avellaneda y Roca), derrotó la conjura del atraso.
Si observamos la advertencia de Gutiérrez con los ojos del presente, esa tensión entre la ley suprema que propone un tipo de conducta civil y los obstáculos que desmienten esos propósitos se realimenta al compás de corrupciones y crisis. Tal vez las peripecias del constitucionalismo liberal y democrático de raíz republicana arraiguen en esa historia incompleta y a la vez abierta, forjada entre el repudio y el reconocimiento de la libertad.
Por esta razón, el rumbo que pusimos en marcha hace ciento cincuenta años no se ha perdido. Su sentido permanece entre nosotros porque la declaración de derechos, escrita por Gutiérrez y Gorostiaga, es aún más fuerte que sus hipotéticas impugnaciones. Sobrevive por eso: porque lo demás se agota en la negación de aquella promesa. Sería bueno que, en este año cargado de incertidumbre, hiciéramos un alto para recordar estas cosas.





