
Tiempo de no tiempo
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Parece que fue ayer: el vasto escritorio en el primer piso de la antigua Biblioteca Nacional de la calle México y el café de media mañana, que él tomaba con mucho azúcar, con el que hacíamos una pausa en la escritura para conversar de otras cosas. A decir verdad, Borges era el que hablaba: yo, simplemente, escuchaba, casi con veneración. En uno de esos recreos, me habló de la afición poética que esconde la labor científica. "Por empezar -me dijo-, el interés de la ciencia es el misterio. Trabaja con metáforas, porque, ¿qué otra cosa es, por ejemplo, el número? Y sus grandes hallazgos se deben más a la intuición que a la racionalidad. La lógica viene después, a ordenar lo que ya está descubierto en un acto de creatividad artística ¿Por qué pensar entonces que lo que dicen los científicos sobre cómo será el mundo de aquí a mil años es más creíble que una profecía? ¿Por qué suponer que lo que profetiza un poeta no es igualmente riguroso? Yo estoy más dispuesto a creerle a un científico que me habla de una inspiración que a otro que quiere convencerme de la verdad con argumentos lógicos. ¿Usted no?"
Yo también.
Recupero aquella conversación ahora que el Reloj del Día del Juicio Final adelanta sus agujas dos minutos hacia la medianoche, de las 23.57 a las 23.55. Un gesto más cercano a la poesía que a la ciencia, metafórico, emocional, trágico. La medianoche representa el momento de la catástrofe global, el Apocalipsis.
Desde su creación, hace 60 años, en la Universidad de Chicago, con su aguja pequeña el reloj marca perpetuamente las 12. El minutero, en cambio, ha avanzado y retrocedido varias veces alertando sobre el mayor o menor riesgo de un desastre nuclear planetario.
De esta manera, hoy estamos simbólicamente a cinco minutos del desastre final, y si hasta este momento los miembros del Boletín de Científicos Atómicos que ofician de cuidadores del reloj han sopesado la cercanía de un Armagedón considerando los riesgos de un conflicto atómico, hoy, por primera vez, toman en cuenta una nueva variable: el desastre climático. La poética de los números abre la imaginación a curiosas asociaciones.
En tiempos que difusamente registra la historia, otros científicos ocupados en cálculos inimaginables advirtieron sobre las mismas catástrofes. Una civilización misteriosamente desaparecida en los ardores de la selva mensuró los acontecimientos que acaecerían a 5000 años de distancia. Observando astros, en aquellos tiempos remotos, los mayas anunciaron un futuro que ellos jamás verían y que coincide con nuestro presente. Profetizaron el calentamiento de la Tierra por causa del sol y sus violentas explosiones, pero también por causa de los hombres, con sus prácticas de destrucción. Previeron el derretimiento de los hielos y el crecimiento de los mares. Según los cálculos de esos augures, un eclipse solar que parecería coincidir con el del 11 de agosto de 1999 señalaría el comienzo de lo que ellos llamaron tiempo de no tiempo, un lapso que abarca los 13 años anteriores a un fin señalado con fecha precisa: 22 de diciembre de 2012. El tiempo de no tiempo es definido como un período de miedo sustentado en una estructura político-social que colapsa en virtud de sus propias características: codicia, egoísmo, odios, guerras, muertes y destrucción del planeta.
Creer o reventar, habría dicho mi abuela. Lo cierto es que los hielos se derriten más temprano que tarde y crecen los mares. Recientemente, científicos tecnófilos debieron rendirse ante la evidencia de que, lejos de ser lento, el derretimiento de los hielos de Groenlandia experimenta una brusca aceleración, y que la velocidad de los glaciares que descargan agua en el océano se ha triplicado. El recalentamiento global alarma ahora a los mismos políticos, siempre ocupados hasta la idiotez en sus agendas de poder. El panorama inmediato es de catástrofe.
Y no hablemos de los odios y las guerras, ese pan nuestro de cada día que ya no tolera nuestra fatiga moral.
Sin embargo, la última profecía de aquellos matemáticos preclaros abre una pálida esperanza. El tiempo de no tiempo será una oportunidad para los hombres de reflexionar sobre su conducta, deponer egoísmos, renunciar al exacerbado amor por lo material, reconciliarse con su prójimo y con la naturaleza, de la que son parte, y poder así, tal vez, entrar en la mañana que despuntará traspasando la frontera de 2012. O morir definitivamente.
En nada o en muy poco difiere el fondo de este mensaje del que pronunció Stephen Hawking este 17 de enero, cuando se adelantaron las agujas del reloj: "Como ciudadanos del mundo, tenemos la obligación de alertar a la opinión pública sobre los riesgos innecesarios que vivimos cada día y los peligros que prevemos si los gobiernos y las sociedades no actúan para inutilizar las armas nucleares y evitar un mayor cambio climático".
Estas palabras, al igual que las enigmáticas clarividencias que nos llegan desde la noche de los tiempos, hablan de la misma cosa: el apogeo del miedo y una última oportunidad.
Deslumbra y atemoriza el número con su secreta carga metafísica: todavía nos quedan cinco minutos, o cinco años; éste es el tiempo de no tiempo con el que contamos para rever la dimensión de los peligros que amenazan con nuestro fin. Es la última esperanza, porque el tiempo de no tiempo nos pone ante la descarnada realidad de que ya no hay tiempo. Pero cinco minutos o cinco años es mejor que nada. Nadie muere en las vísperas, y, más allá o más acá de las furias inapelables del sol, el hombre es la medida de su propio mal o de su propio bien.
Acaso sepamos alcanzar ese 2012 del que sólo nos separan cinco años, evitando que el minutero del miedo avance cinco minutos hacia la medianoche fatal.





