Tiempo suficiente para leer
En uno de los episodios más merecidamente famosos de La dimensión desconocida, "Time Enough at Last", Burgess Meredith interpretaba a un cajero de banco desesperado por interrumpir las demandas de su vida cotidiana para poder seguir leyendo David Copperfield. La explosión de una bomba de hidrógeno le concede su deseo: al salir de la bóveda de la sucursal en la que se había encerrado para escapar del mundanal ruido, descubre que es el último ser humano con vida en la Tierra. El descubrimiento de una biblioteca pública casi intacta hace que "el hombrecito con lentes que no quería más que tiempo" –como lo define la memorable narración de Rod Serling– sienta que las ruinas de la civilización son su paraíso privado. Pero al tomar el primer libro de "su" biblioteca tropieza y en la caída sus lentes se hacen trizas. Henry Bemis es ahora "solo un fragmento de lo que el Hombre se dignado a legarse a sí mismo". Chiste cósmico. Fundido a negro.
Todo este portentoso preámbulo tiene en común con nuestra dimensión conocida la incómoda sensación de que los deseos a veces se cumplen de un modo que solo puede definirse como antagónico ¿A qué me refiero? Cada año, la pila de libros separados para "disfrutarse" (aquellos que no sirven para pensar, reseñar, mandarse la parte de haberlos leído, disparar ideas para notas propias o ajenas y para ser incluidas en columnas como esta) crece de forma acelerada a partir de septiembre y en enero suele orillar el metro de altura. En febrero, el rascacielos negocia despiadadamente por el espacio disponible en las valijas con la ropa, artículos de tocador y dispositivos electrónicos (termino llevando ya no una torre sino, por ejemplo, una casa con altos). Esto era "antes". Las vacaciones eran, tradicionalmente, el momento en que "al fin tendría el tiempo suficiente" para empezar un libro por gusto y abandonarlo por disgusto: la forma de leer más recomendable a cualquier edad. "Antes" había un momento de "vacaciones" y otro de "trabajo". Ahora, bueno, tenemos avances fantásticos como la staycation.
Como le ocurre a Bemis y al resto del planeta, una tiene la temeraria arrogancia de hacer planes y este verano es la respuesta: a la pandemia se le ha sumado la rehabilitación de una fractura. Condenada a estar adentro, imposibilitada de "salir a dar una vuelta" y canceladas las vacaciones, hubiese pensado que no había plan mejor que comenzar a quitarle pisos a ese rascacielos literario, sin sufrir culpa alguna por la sensación de que debería estar ejercitando formas más saludables de descanso. Ja.
Puedo enumerar todos los libros que estoy "no leyendo" en este preciso momento: La vida mentirosa de los adultos, de Elena Ferrante; Una cierta idea del mundo, de Alessandro Baricco; Cartas de África, de Isak Dinesen; Pulso literario, de D. H. Lawrence y los poemas de Emily Dickinson, interés reavivado por acaso la mejor serie que nadie está viendo, Dickinson (Apple TV). Todos ellos están abiertos y apilados en mi mesa de luz, en distintas etapas de progreso, "orejas" cada pocas decenas de páginas en todos ellos, víctimas de una absoluta falta de concentración.
Acaso lo que tiene mi total atención es la nota discordante que suena, persistente pero inequívoca, a lo largo de todas esas lecturas, que poco tienen en común más allá de un impulso fascinante por desarrollar una taxonomía del mundo y la propia vida: ¿y ahora qué? Es imposible no distraerse pensando en cuál será la forma que tendrán las historias que nos contaremos sobre este nuevo mundo (la sustancia, probablemente, será la misma). Joan Didion, especialista en diseccionar la íntima relación que existe entre el destino de una sociedad y las historias que se cuenta sobre sí misma, lo explicaba mucho mejor: "Déjenme decirles algo sobre por qué los escritores escriben: si yo supiera las respuestas a alguna de estas preguntas nunca hubiese tenido que escribir una novela".
1Una reforma educativa que no puede esperar
2Caída de la Natalidad. No es renuncia, es postergación: los datos de una encuesta en Argentina
3Argentina vuelve a caer en el Índice de Percepción de la Corrupción: una señal de alerta institucional
4La política se resigna a Milei cuando Angelici se afirma en la Justicia







