
Títulos y honores en la Universidad
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Por una resolución del Consejo Directivo de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA) le ha sido denegado a MarioEduardo Firmenich el diploma de honor que se otorga habitualmente a los alumnos que se gradúan con más de ocho puntos de promedio.
La decisión -según las expresiones vertidas en el debate promovido en el cuerpo- se funda en que Firmenich carece de un adecuado "espíritu de rectitud moral y responsabilidad cívica" y, como estudiante, reivindicó decididamente la acción terrorista de los Montoneros. La cuestión ha suscitado una enojosa discusión que cuestiona el fundamento y la esencia de las distinciones universitarias.
Desde un punto de vista estrictamente reglamentario, no parece haber razones para retacearle el diploma de honor a Firmenich, si realmente ha llenado las condiciones requeridas. El arrastra, es cierto, una triste fama por su nefasto protagonismo en el desencadenamiento del sangriento proceso de violencia que desgarró al país en los años 70, pero eso no le impediría ser acreedor a un título para el que no exige el reglamento otra condición que haber obtenido altas calificaciones.
Introducir un requisito no escrito, de carácter moral, para distinciones científicas o académicas podría abrir la puerta a engorrosos e interminables debates, sobre todo si la valoración de los méritos aparece ligada a la visión -muchas veces subjetiva- de algún proceso histórico o político de la vida del país. Lo que corresponde, como principio general, es que los títulos y reconocimientos universitarios se basen estrictamente en los requisitos reglamentarios, y mantener separados los asuntos académicos de los criterios valorativos que suscita la actuación de las personas en la escena pública, aún cuando se trate de un activista que concentra, como en este caso, el repudio colectivo. El otorgamiento de un diploma universitario -aunque tenga una significación "honorífica"- no habrá de modificar en lo más mínimo el juicio que la sociedad tiene de este personaje irritativo y sombrío, jefe notorio de un terrorismo que no respetó ninguna clase de principios morales y evidenció en todo momento un absoluto desprecio por la vida ajena. Autor o promotor de crímenes que se mantienen vivos en la memoria colectiva, Firmenich es un enemigo declarado de la convivencia democrática y de la paz social, a pesar de que una ley de amnistía general dictada en 1973 y un indulto presidencial otorgado en 1990 le hayan permitido saldar en dos oportunidades sus deudas con la Justicia.
Si se aceptara que reparos morales interfirieran en la aplicación de las reglas vigentes para adjudicar premios o títulos, se alentaría directamente la violación de las normas escritas, en contra de los principios que consagran el respeto al Estado de Derecho; esos mismos principios que Firmenich y sus acólitos embistieron en la década del 70, en nombre de un supuesto mandato revolucionario que, en los hechos, era sólo una apelación sistemática a la violencia y el terror.
En todo caso, el debate suscitado en torno de esta distinción debería inducir un nuevo análisis de las reglas bajo las cuales la Universidad premia méritos y distribuye honores, si se considera que están desactualizadas.






