Todos unidos triunfaremos, pero no por ahora
Si es por tocarle la fibra emotiva a la feligresía, el slogan que escogió para el acto del miércoles en Plaza de Mayo Enrique Albistur, designado organizador por su locatario el Presidente, fue inmejorable: “Todos unidos triunfaremos”. Segundo verso de la Marcha Peronista escrita a finales de los cuarenta por Oscar Ivanissevich, entre los peronistas esas tres palabras alcanzan las alturas de una plegaria maestra, pero vista en sentido literal hoy delata autoengaño. No habían pasado ni setenta y dos horas desde que todos unidos, precisamente, lejos de triunfar sufrieron la segunda derrota en dos meses. Y al peronismo, ya se sabe, las derrotas le caen horribles.
Esa tarde, por suerte, la literalidad no le importaba a nadie. Nadie se iba a andar preguntando tampoco por qué este 2021 el Día de la Lealtad quedó chico, dividido y sin presidente al lado de un contundente Día de la Militancia servicial para olvidar un mal domingo. Efemérides ésta que otros años había pasado casi inadvertida y que solo el año próximo, al cumplir medio siglo, será redonda. Porque lo de la militancia es una alegoría. En los hechos se trata del aniversario de la vuelta de Perón, de la primera, ya que Perón volvió dos veces y eso puede confundir. La segunda, la definitiva, el 20 de junio de 1973, si bien significó la radicación que permitió la tercera presidencia, no se celebra. Coincide con la Masacre de Ezeiza, el tiroteo entre la izquierda y la derecha peronista que escaló mientras Perón, con el presidente Cámpora sentado a su lado, volaba sobre Brasil para acabar desviado a Morón. Una disputa por la cercanía al palco en medio del millón de personas que lo aguardaba a diez kilómetros del aeropuerto de Ezeiza desencadenó la “interna” con más muertos de la historia, pero el número preciso (de trece para arriba, más de trescientos heridos) es un misterio. Nunca hubo una investigación seria.
En comparación la primera vuelta resultaría mucho más amable, eso siempre que no se contabilice con literalidad –de nuevo- su simbolismo extendido. Porque el 17 de noviembre de 1972 de algún modo representó la puerta de entrada de las masas juveniles (no de la vanguardia guerrillera que era conocida desde hacía dos o tres años) a la trágica década del setenta, a los años de plomo, a partir de un dato real, significativo, que buscó exaltar el concepto de Día de la Militancia: miles de jóvenes se movilizaron hechizados para ir a Ezeiza a recibir al general, a quien obviamente no conocían. Aquel viernes, bajo la lluvia torrencial que inmortalizó la foto de José Rucci con el paraguas, aquellos miles de jóvenes salieron cargados de ilusión a sortear barreras y ríos, espontáneos. Justo lo contrario de la movilización arriada el miércoles pasado para impostar triunfo con el forzado argumento de homenajear la esperanza mitológica de 49 años atrás. Otra adulación acrítica a la década del setenta, como si el encantamiento desfasado con un Perón que empezaba a ser “león herbívoro” fuera ajeno a lo que vino después.
El Día de la Militancia fue para olvidar que todos unidos habían sido derrotados”
Al cabo solo consiguieron llegar a Ezeiza unos mil, los que traspasaron el cordón de tropas y tanquetas que había desparramado la dictadura de Lanusse, cuya bravura disimulaba el desconcierto. Tensión, absurdos: la CGT dispuso un paro nacional para recibir a Perón y la dictadura lo refrendó disponiendo feriado. Cuando Perón arribó los militares lo demoraron en el hotel de Ezeiza. Parecían no saber qué hacer con él. Por fin, a la madrugada del día siguiente partió hacia Vicente López, a la casa de la calle Gaspar Campos, por cuyo frente siguieron desfilando varias semanas cientos de jóvenes atraídos por el líder promisorio o interesados en ver al general como si fisgonearan una porción de la historia argentina. Con dieciocho años, una tarde pertenecí a este segundo grupo, en medio de una devoción iniciática bastante expandida, eufórica, que no llegó a incluirme.
Antes de que se hablara del Día del Militante la fecha estaba asociada con el chárter de Alitalia en el que Perón vino desde Roma, acompañado de 154 peronistas de una muy variada elite. Desde reliquias como Domingo Mercante, Carlos Aloé y Juana Larrauri hasta figuras de la época como Antonio Cafiero, Lorenzo Miguel, Casildo Herreras, Deolindo Bittel, gobernadores derrocados más tarde por el propio peronismo como Ricardo Obregon Cano y Oscar Bidegain, el padre Carlos Mugica, Rodolfo Ortega Peña… Sobreviven al charter de Perón, entre otros, Marilina Ross, Chunchuna Villafañe y Nilda Garré. Muchos pasajeros fallecieron por causas biológicas. Otros murieron asesinados por facciones peronistas rivales que estaban representadas por otros pasajeros. Junto a Perón, Isabel y Cámpora, en primera clase viajaba López Rega, luego el precursor del terrorismo de Estado.
Había en el avión otros dos futuros presidentes: Lastiri y el joven Menem. También estaban Leonardo Favio, Juan Carlos Gené, José Francisco Sanfilippo y Hugo del Carril.
El charter fue olvidado, pero más lo fue la actividad de Perón en aquellas cuatro semanas que siguieron al día que se venera. Se juntó con representantes de todos los partidos y privilegió a su antiguo enemigo Ricardo Balbín, a quien había tenido preso un año. Una pena que ese novedoso Perón dialoguista a Alberto Fernández no le haya inspirado nada.









