
Transversalidad y reforma política
Por Carlos March Para LA NACION
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La palabra transversal, según el diccionario, tiene dos significados. El primero puede servir para explicar las intenciones futuras del gobierno nacional: transversal es aquello que atraviesa de un lado a otro. El segundo grafica la conducta de la mayoría de los políticos: transversal es aquello que se desvía de la dirección recta.
El primer significado está en manos del Gobierno y de su habilidad para administrar el Estado y renovar los partidos políticos depende el alcance de la tranversalidad.
Lo peor que podría pasarle al Gobierno es que la proclamada transversalidad kirchnerista se diluya como la "renovación y cambio" del alfonsinismo, se convierta en la reedición del llamado mesiánico del "síganme" menemista, o se torne en apenas una versión optimista del "soy aburrido" delarruista. Para que ello no suceda, la transversalidad debe ser mucho más que un rejunte de dirigentes, que anuncios de reformas cosméticas y que acciones gubernamentales de emparche cortoplacistas.
El segundo significado guió a gran parte de la clase dirigente del país hasta que la caída del gobierno de Fernando de la Rúa demostró que los ciudadanos no perdonarán a quienes se aparten del camino recto.
El mensaje ciudadano para los políticos parece ser: tolerancia cero a la inoperancia y a la corrupción. Los ciudadanos han dado pruebas de saber elegir y saber castigar. En dos años, el pueblo borró de la escena nacional a cuatro movimientos políticos: el frepasismo, el cavallismo, el radicalismo y el menemismo. Lo que ya fue está claro. Lo que será es la incógnita. El presente sólo tiene lugar para uno de los significados de la transversalidad.
Intentar administrar el Estado y renovar los partidos políticos atravesándolos de un lado a otro haciendo nuevos acuerdos con viejos dirigentes o incorporando nuevos dirigentes manteniendo los sistemas corruptos o clientelares sería igual que intentar inflar un globo pinchado. Lo mismo sucedería si se dejara fuera de la transversalidad a los ciudadanos. O si éstos decidieran no involucrarse.
Para que el concepto de transversalidad no se disocie del concepto de renovación de reglas de juego, el ciudadano debe vencer la tentación de enamorarse o desacreditar el concepto desde la irracionalidad, para pasar a afrontar desde la participación el desafío de controlar a quienes lo aplican. Para que el concepto de tranversalidad no se desligue del concepto de recambio de dirigentes, el ciudadano debe dejar de entender que su participación se limita al voto y asumirse como militante de una democracia que se construye todos los días.
En el discurso que empleó el poder político para explicar cómo se renovaría la dirigencia, la palabra transversalidad fue sujeto y predicado. El año 2003 ofreció una oportunidad inédita, que se inauguró con la llegada de un gobierno nacional con fuerte prédica en la transversalidad, y continuó con una agenda electoral que brindaba el escenario adecuado para que lo transversal se plasmara en nuevas alianzas políticas para consolidar cambios a nivel nacional y oxigenar las democracias feudales del interior del país.
La mayoría de las elecciones demostró que, cuando la transversalidad es manejada desde la discrecionalidad de la dirigencia, los efectos derivan en defectos corporativos. Sólo en unos pocos comicios se pudo comprobar que, cuando la transversalidad es administrada por el pueblo, los defectos se corrigen desde los efectos populares.
Por ejemplo, la lista de diputados nacionales por la provincia de Buenos Aires, armada a dedo por Eduardo Duhalde -trago amargo para el actual presidente que apenas logró edulcorar desde una transversal pasividad- sentó en la Cámara de Diputados a una dirigencia política que la ciudadanía rechazaba de pie. En cambio, cuando los ciudadanos tuvieron la posibilidad de manejar la transversalidad, incluso frente a actos que suponían un fuerte escollo como el corte de boleta, eligieron a candidatos surgidos de la buena gestión -Martín Sabbatella, reelecto intendente en Morón por un partido local- o de la credibilidad despertada sin necesidad de recurrir a las habituales prácticas clientelistas -Luis Juez, flamante intendente de la ciudad de Córdoba.
El enfoque transversal del pésimo funcionamiento de los partidos políticos no consiste en verlo como un problema de los afiliados, sino de todos los ciudadanos. El Estado capturado por la corrupción y la burocracia inoperante está perdido si no se logra que la reforma política gane la calle.
Transversalidad no es recoger una veintena de opiniones sobre reforma política en una página web del Ministerio del Interior. Es implementar los mecanismos de elaboración participativa de normas y promover el desarrollo de audiencias públicas estipulados en el excelente y flamante decreto 1172/03. Que el debut de ese decreto sea con la reforma política garantizaría la plena convergencia de la dirigencia y la ciudadanía.
La transversalidad requiere de la convergencia, porque transversalidad no es más que la sumatoria de monólogos paralelos. La convergencia permite articular un diálogo que reúne a distintas líneas de pensamiento y acción en un punto común. Y ese punto común es la participación ciudadana. Cuando el ciudadano participa, se compromete, premia y castiga, la construcción política lo tiene como punto común. Cuando entrega la política a los dirigentes, lo común es que lo tomen de punto. ¿No?
El autor es director ejecutivo de la Fundación Poder Ciudadano.






