
Trapitos, un serio problema que persiste
La salvaje agresión de un cuidacoches a un joven al que ocasionó serias lesiones indica que ya es hora de poner fin a esa actividad ilegal
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La brutal agresión a un joven de la localidad bonaerense de San Martín por negarse a pagarle a unos trapitos o cuidacoches ha reavivado un tema que sigue ocasionando inconvenientes en distintos puntos del país. Se trata de aquellos que le prometen al dueño cuidar el auto en su ausencia por una suma generalmente "sugerida". Pero si ese dinero no es depositado en sus manos, los vecinos corren el riesgo de quedarse a pie o de encontrar dañado su automóvil.
El jefe de gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, advirtió que se reciben "miles de denuncias de aprietes, de autos rayados, y que en los recitales pretenden cobrar más de lo que cuesta la entrada".
Cabe recordar que el PRO presentó en la Legislatua de la Ciudad en reiteradas oportunidades un proyecto de ley para impedir el trabajo de los trapitos en la vía pública, pero no logró reunir los dos tercios de los votos necesarios para tratar el tema. Sin embargo, en 2011, la oposición logró la aprobación de una ley que determinaba regular la actividad mediante un registro y que los cuida coches sólo recibirían una contribución voluntaria. Pero la norma fue vetada por Mauricio Macri, entonces jefe de Gobierno de la Ciudad, el 1° de febrero de 2012, con el legítimo argumento de que "se intenta abordar y organizar una problemática que tiene que ver con la utilización indebida del espacio público".
La actividad de los cuidacoches se encuentra dentro de un vacío legal, pues no está prohibido que una persona ofrezca a un conductor cuidarle el vehículo estacionado, ni que reciba una propina por esa tarea. Pero la práctica se distorsionó a raíz de la formación de grupos que, más que ofrecer un servicio de vigilancia, extorsionan a los propietarios de los automóviles para cobrarles una tarifa muy elevada para estacionar en lugares públicos y gratuitos.
Durante 2015, la Fiscalía General de la Ciudad de Buenos Aires recibió 3464 denuncias por la actividad de los trapitos, un registro similar al de 2014. El barrio de Palermo, que concentra la mayoría de bares y boliches de la ciudad, encabeza el ranking con 915 denuncias, seguido por Belgrano (627), La Boca (465), Puerto Madero (317) y Núñez (287).
El mapa de denuncias donde los vecinos más se movilizan no sólo responde a la actividad nocturna que se registra en cada barrio, sino también a la concurrencia a los estadios de fútbol, como ocurre en Núñez con la cancha de River, y en La Boca con la del equipo xeneize . En ambos estadios no sólo se desarrollan partidos de fútbol, sino también recitales y otros tipos de eventos.
Dependiendo del lugar, estacionar en la vía pública, aunque no existan restricciones para hacerlo, puede costar 100, 150 ó 200 pesos. En ocasiones, el precio puede ser mayor. Los "trapitos" al acecho son una más de las tantas pesadillas porteñas. No se puede permitir que ciertos personajes se adueñen de las calles, usufructúen un espacio público y, lo que es peor, que se llegue a brutales agresiones con el objeto de ostentar el dominio de ese vil negocio.
Según adelantó el ministro de Justicia y Seguridad de la Ciudad de Buenos Aires, Martín Ocampo, el Gobierno porteño volverá a impulsar el proyecto que prohíbe la acción de los trapitos y agregó que se debe "encontrar una norma que prohíba de manera eficiente esa conducta". Además, explicó las dificultades que presenta la normativa actual porque "hay que probar en cada causa la existencia de dinero y eso es imposible para cualquier fiscal".
El ministro relacionó esta problemática inicial con la imposibilidad de avances en las causas contra trapitos, las que, según Ocampo, terminan archivadas en un 99 por ciento de los casos. "Volveremos a insistir con el proyecto que busca terminar con los trapitos", anticipó.
Por lo tanto, resulta necesario poner fin al accionar ilegal y, como se ha visto, muy peligroso desplegado por los trapitos, combatir con firmeza a las mafias y coartar una actividad que se apropia del espacio público en beneficio propio y que en no pocas ocasiones no vaciló en recurrir a la agresión.




