
Tribulaciones del relojero y el astrónomo
La supuesta sedición francesa de 1795 y una expedición de 1805 sellaron en Buenos Aires la amistad de dos aventureros
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Un francés pasional, matemático, agrimensor y astrónomo, y un italiano relojero -y conspirador, según Enrique Udaondo-, se conocieron en Buenos Aires a fines del siglo XVIII, donde protagonizaron aventuras novelescas.
José Sourryére de Souillac, nacido en Ciotat, pequeño puerto cerca de Marsella en 1750, huyó a España tras retar a duelo y matar a su contrincante. Emigrado e imberbe consiguió una cátedra de dibujo en los astilleros de Esteiros y luego en la Academia de Arquitectura Naval en El Ferrol. Se casó en Galicia con María de la Concepción Bouza y Sanjurjo, y llegó a Buenos Aires en 1773. Peticionó a Vértiz poner una escuela de matemáticas, trabajar como agrimensor y marchó en expediciones como astrónomo comisionado en límites.
Santiago Antonini nació en Milán y en Buenos Aires fue ponderado por su oficio de relojero y su vocación artística. Podría figurar entre los poco reconocidos luchadores por la Independencia por participar en la defensa de Buenos Aires. Nombrado -el 9 de octubre de 1806- comisario general de víveres del Ejército de Voluntarios, propuso formar un batallón para la segunda Invasión con artistas franceses, italianos y malteses. Se lo negaron. Prestigiado entre las familias patricias, se casó con María Pueyrredón.
Los torturadores
Esta semana se cumplen 207 años de la asunción de Pedro Melo como quinto virrey del Río de la Plata. Con el bastón de mando -el 16 de marzo de 1795- recibió la denuncia que quitaba el sueño al flamante alcalde de primer voto Martín de Alzaga: una supuesta sedición francesa sólo manifestada en pasquines, pegatinas y pintadas callejeras con el idioma propio de los jacobinos. Las afiebradas amenazas contra el régimen colonial hablaban de dos mil oficiales franceses y doscientos mil fusiles que en realidad nunca llegarían.
Pero si Alzaga tomó el tema con ardor se debió al anónimo con el que lo amenazaron: "É dentro de un año irás a guillotina". El impetuoso alcalde erigido en juez implacable de la conjura llegó a allanar la quinta de Isidro Lorea por creerla el cuartel general de la sedición y por estar alquilada a los hermanos Liniers, que allí desarrollaban un fracasado intento industrial. Antes allanó durante la noche la casa del panadero francés Luis Dumont -sin resultado- y la del conocido relojero italiano Santiago Antonini, también sospechado y apresado el aguacil Pedro Muñoz de Olaso al encontrar en la cama del infortunado un papel que decía: "Libertad".
No molestaron a José Sourryére de Souillac, funcionario itinerante, pero francés que conocía a Liniers y a Antonini, el relojero que, según Olaso, le rogó camino de la cárcel no presentara el papel y le ofreció dinero. Alzaga centró en Antonini la investigación para lograr una confesión bajo tortura (la decretó). Lo aprobó el virrey Melo y designó a un cirujano y a un franciscano previsoramente para que asistieran a las graves mortificaciones. El italiano no confesó ni aun frente al potro de tormento (un aparato de madera para suplicios) y tampoco cuando Alzaga le ordenó desnudarse para llevar adelante esa eterna cobardía. Sujeto al potro le echaron dos garrotes en el brazo izquierdo y pierna derecha, apretándolos. El valiente mutismo de Antonini decidió a Alzaga suspender la tortura.
Cuando Antonini se repuso, la nueva sesión lo tomó amarrado a una silla y recibió la manopla calzada por el desvergonzadamente célebre verdugo Ramón Gadea. Su víctima sólo confesó el rumor de la conspiración y enmudeció, aun cuando le clavó púas de acero debajo de sus uñas. Terminaron por sentenciarlo a destierro. Pero nunca se supo cómo el italiano eludió la pena.
El astrónomo Sourryére de Souillac ya había hecho trabajos demarcatorios y agrimensuras en el Alto Perú y en Entre Ríos, según la historia de esa provincia de César B. Pérez Colman. También trazó mensuras aledañas al Paraná y en campos de "la Vuelta" paranaense del amigo Manuel Obligado.
Suscribió su Itinerario de Buenos Aires a Córdoba -que recopiló Pedro de Angelis- y fue el verdadero mensurador de "un nuevo camino de la Gran Cordillera" para facilitar las comunicaciones de Buenos a Chile que llamó Camino de las Damas (sostenía que "lo pueden transitar señoras de a pie"). La exageración no eximía de otras certezas para semejante muralla andina, experimentada desde Talca por don Santiago Cerro y Zamudio -que murió en la miseria como De Souillac- y que motivó la mensura y estudio que encomendó el virrey Sobremonte.
El francés fue acompañado de 20 blandengues y, además del avituallamiento habitual, llevó un sextante, estuche de planos, tinta china, pinceles, lápices finos y resma de papel, con lo que confeccionó un informe de detalles milimétricos, pasó todo tipo de penurias, pero cumplió su cometido. El cruce fue -con pequeñas diferencias- el de la tercera columna sanmartiniana que años después comandó Ramón Freire en la Campaña de los Andes, y puede coincidir con una zona próxima al Valle de Las Leñas actual.
Quebradura en Luján
En camino de regreso, José Sourryére de Souillac partió de Talca, Chile, a las 9 de la mañana del 17 de noviembre de 1805. Tras varias peripecias y superar un problema con una tribu, llegó al fuerte de San Rafael y estudió opciones para flanquear el cerro Nevado precordillerano. Hacia Buenos Aires llegó por Salto, Fortín de Areco (Carmen) y Luján. Entre su fuerte (hoy Mercedes) y "la estancia de Rodrigo, caí del caballo porque las yeguas alzadas me ocasionaron una rodada". Volvió a montar, pero repitió la caída que resultó en "dislocarme el brazo y rajarse la paletilla en dos pedazos". Lo pusieron sobre un cuero y creído muerto lo llevaron hasta la estancia del tal Rodrigo. Al día siguiente lo transportaron en carreta a la Villa de Luján donde lo atendió el sacristán doctor Mateo Blanco, hasta que Santiago Antonini apareció desde Buenos Aires con un carruaje y un cirujano. Entre dolores y esperanzas, los amigos llegaron a Buenos Aires el Domingo de Ramos de 1806.
Sobrevivió. El 23 de noviembre de 1818 otorgó testamento. Sus bienes desaparecieron lentamente y pasó sus últimas carencias en casa de su otro amigo Manuel Obligado, en Defensa 143, donde murió en marzo de 1820, cuando las Provincias Unidas del Río de la Plata eran un ejemplo de anarquía.
Antonini, con la confianza de Liniers, viajó a Filadelfia después de la Segunda Invasión Inglesa a comprar armas. En navegación a Londres su nave fue atacada por un corsario inglés y llevado prisionero. Tuvo por cárcel todo Londres a raíz de encontrarse con oficiales ingleses (coroneles Carrol y Doyle) que conoció en Buenos Aires.
Su compensación a las torturas que le infligió Martín de Alzaga en 1795 la tuvo cuando éste fue fusilado y colgado en la Plaza Mayor, poco después de las 10 del 6 de julio de 1812, por sentencia dictada a causa de la conjura que había encabezado. Dicen que se paseó debajo de su torturador bamboleante y se ahogó en un grito.
El relojero milanés recorrió el mundo y dejó las memorias que sus descendientes donaron al Museo de Luján -silenció su gestión ante Napoleón en tiempos de Liniers-, aunque su vida merece Contarse salvo sus días finales: son una incógnita.





