Trump y Milei, parecidos, pero no iguales
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Creen que nadie hizo tanto ni tan bien como ellos para mejorar sus países. El narcisismo de Donald Trump lo arrastra hasta tener la convicción de que él es único en la historia de los Estados Unidos. La egolatría de Javier Milei lo lleva a compararse con los líderes de la organización nacional y con los que hicieron de la Argentina, a fines del siglo XIX y principios del XX, una de las principales naciones del mundo. Ambos se sienten propietarios exclusivos y definitivos de la verdad. Los dos les han dado más poder a los servicios de inteligencia, convencidos de que alguien (o algunos o muchos) los persigue para destruirlos. Ambos odian al periodismo que conserva su independencia, y solo se acercan a los periodistas que profesan una comprobada y absoluta adhesión a ellos. En su imprescindible libro Frente al poder, Martin Baron, el exdirector del The Washington Post, cuenta que Trump le pidió el teléfono personal para luego enviarle mensajes exigiéndole que despidiera a periodistas que habían escrito artículos que no le gustaban. Milei suele hacer cosas similares con su teléfono. La última palabra de los dos es siempre la penúltima. Trump ocupa y desocupa Groenlandia todos los días, y promete colocarle aranceles y después promete sacárselos a los productos de los países europeos. Milei dijo que no le interesaban “los comunistas”, cuando hace algún tiempo aludió a China, pero acaba de modificar aquel discurso: “China es una fuente de oportunidades”, cambió en Davos.
Trump y Milei se sienten propietarios exclusivos y definitivos de la verdad
Solo un presidente con una valoración muy grande de sí mismo se animaría a viajar casi 12.000 kilómetros para anunciar que Nicolás Maquiavelo ha muerto. Ni Trump se animó a tanto. Con sus acierto y sus errores, y con el extravío garrafal de separar la moral de la política, Maquiavelo influyó durante 500 años en el pensamiento político del mundo. El mandatario argentino, según la interpretación que se hizo de su ilusorio anuncio, quiso decir que no es cierto que el fin justifica los medios. Muy bien, pero esa frase no la escribió Maquiavelo; fue una interpretación personal que Napoleón Bonaparte garabateó en el margen de una página del libro El Príncipe, la obra más célebre del intelectual florentino. Los parecidos entre Trump y Milei concluyen ahí, porque el presidente argentino no tiene espaldas para imitar a su par norteamericano en materia de bravuconadas internacionales. Solo un Trump implacable y brutal pudo imaginar un organismo multilateral con él como presidente vitalicio y habiéndose atribuido el poder de decidir, aprobar y vetar sus resoluciones. Solo un presidente tan poco aferrado a las formas como Milei pudo acompañarlo a Trump con su firma en esa rusticidad política, que es lo que sucedió el jueves último. El supuesto Consejo para la Paz no está integrado por ninguna otra nación del G7, el club de países más exclusivo del mundo, y solo por otras dos del G20, Arabia Saudita y Turquía, además de los Estados Unidos y la Argentina. El Consejo para la Paz de Trump quedó reducido a países árabes (que necesitan la paz en su región a cualquier precio, con la excepción de Irán) y a naciones de escasa o nula influencia en la política internacional. De hecho, ningún otro país de América latina lo integra; se notó la ausencia, sobre todo, de las dos mayores economías latinoamericanas: México y Brasil.
Nadie puede señalar con honestidad intelectual que Milei le respondió a Trump en el foro de Davos, porque el argentino habló inmediatamente después del norteamericano y leyó un discurso que preparó durante quince días. Pero las diferencias entre ellos fueron notables, más que nada en los párrafos en los que Milei defendió la cultura de Occidente. Los valores de Occidente pueden resumirse en la supremacía de los derechos de las personas, en el liberalismo, en el constitucionalismo, en la igualdad de los seres humanos, en la libertad, en el imperio de la ley, en la democracia y en el libre mercado. Aparece la duda de si Milei considera la cultura de Occidente solo en sus aspectos económicos y a la libertad solo como la libertad del mercado. No sería el primero, porque ese error lo cometieron muchos argentinos durante repetidas veces. Una confusión de Milei es fácilmente comprobable: él suele ignorar el derecho de sus conciudadanos a expresar libremente sus ideas, siempre que no sean las suyas, y parece no saber que los funcionarios públicos tienen más deberes que la gente común. De todos modos, Milei ponderó a Occidente, mientras Trump está destruyendo en los hechos la alianza occidental que le dio al mundo seguridad y prosperidad en los últimos 80 años. Como dijo en su excelente discurso en Davos el primer ministro canadiense, Mark Carney: “El orden basado en normas se está desvaneciendo. Los fuertes hacen lo que pueden, y los débiles sufren lo que deben”, subrayó, y agregó: “Dejemos de invocar el orden internacional basado en normas (…) porque el viejo orden no va a volver”. El párrafo de Milei que más claramente lo diferenció de Trump fue el que elogió “el principio de no agresión. Ningún ser humano tiene derecho a ejercer agresión de ningún tipo sobre otro ser humano, lo que incluye todo tipo de coerción, coacción y oposición bajo amenaza del uso de la fuerza”. Esto es: nadie tiene derecho a hacer lo que hace Trump con Groenlandia, por ejemplo, o a amenazar con imponerle aranceles a Europa. Milei no lo dijo así, pero la conclusión es casi tangible. Es probable, si bien se mira, que el propio presidente argentino se olvide de esos principios cuando ejerce el gobierno de su país. ¿Por qué él sí tendría el derecho a coaccionar a periodistas o a medios periodísticos cuando escriben o dicen algo que no le gusta? Milei no nombró a Trump, ni para elogiarlo ni para replicarlo, pero fue evidente que formalmente, al menos desde sus manifestaciones intelectuales, ellos no piensan lo mismo en demasiadas cosas.
Una confusión de los otros, no de Milei, fue la referida a la palabra América. Anunció (otro anuncio más, cómo no) el “renacer” de la libertad que “está pasando en América”. Le atribuyeron el significado que los norteamericanos le dan a América, que para ellos significan los Estados Unidos. Y, por lo tanto, lo interpretaron como un apoyo incondicional a Trump. Milei hablaba, en cambio, del continente americano, que es la acepción que le dan los latinoamericanos. Él ve un significativo giro político en América con los presidentes de centroderecha, que han reemplazado o reemplazarán en breve a los de centroizquierda. El primero es Trump, sin duda, pero también deben registrarse las recientes elecciones del chileno José Antonio Kast en lugar del centroizquierdista Gabriel Boric; la de Daniel Noboa, que venció en Ecuador a la candidata del expresidente Rafael Correa, amigo este de Cristina Kirchner, y la de Rodrigo Paz, en Bolivia, que desplazó a los bolivarianos que liderados por Evo Morales mandaron en ese país durante casi 20 años. Se suman o se sumarán a los de derecha o centroderecha que ya estaban: Nayib Bukele, en El Salvador, y Santiago Peña, en Paraguay. Durante este año habrá elecciones en Brasil, Colombia, Perú y Costa Rica, y con esos resultados podrá establecerse si los que están triunfando son las propuestas de centroderecha o si simplemente está ganando la oposición a los gobiernos actuales. Esta última idea es defendida por algunos politólogos, pero otros sostienen que la centroizquierda se mostró en América latina impotente para resolver los problemas de la inseguridad, la inmigración y la falta de crecimiento económico. Si observamos con objetividad la Argentina de los Kirchner y el posterior triunfo de Milei, la razón la tienen los que destacan un cambio social de paradigmas ideológicos.
La diferencia más palpable de Milei con Trump está en el universo de las ideas económicas. Trump es un proteccionista que hace recordar las ideas sobre la necesidad de cerrar las economías a la competencia extranjera que se predicaban hace más de 50 años. Milei es, al revés, un aperturista que se propone terminar con el proteccionismo en la Argentina, a cuya economía considera una de las más cerradas del mundo. Como casi todos los últimos presidentes norteamericanos, Trump detesta que China haga negocios en América latina, aunque es cierto que los Estados Unidos tienen una intensa relación comercial con China y, encima, deficitaria para la potencia americana. La alianza geopolítica del presidente argentino es, qué duda cabe, con Washington. No se cansa de elogiar a Trump, porque no puede ignorar que Washington intervino en su momento en el mercado cambiario local, y lo salvó a Milei de una derrota electoral. El ejecutor de esa salvación, el secretario del Tesoro norteamericano, Scott Bessent, contó públicamente que “Milei se comprometió a sacar a China de su país”. Según fuentes diplomáticas, el gobierno argentino aclaró luego en Washington que la relación con China es puramente comercial. Y China no aspira a ser un imperio político, sino uno comercial y militar. En definitiva, Milei aprendió por fin que nadie puede darse todos los gustos en vida: China es el segundo socio comercial de la Argentina, después de Brasil. Por eso, defendió también la relación con el país de Lula, pero no fue elegante ni respetuoso cuando dijo que nunca le pondría el nombre de un “izquierdista”, como definió al presidente brasileño, a uno de sus perros. Del mismo modo, también ponderó la relación comercial con la Unión Europea, que es el tercer socio comercial del país (Estados Unidos es el cuarto, según las mediciones de entre enero y agosto de 2025 del Ministerio de Economía), en alusión implícita a la reciente firma del tratado de libre comercio entre los europeos y el Mercosur. Ciertos parlamentarios europeos son tan nocivos como algunos de sus colegas latinoamericanos. Una alianza tácita de los partidos de izquierda con los de centroderecha y los verdes en el Parlamento Europeo -pocas veces los extremos se tocaron tanto- envió ese tratado al Tribunal de Justicia de la UE. La posición a favor de postergar la vigencia del tratado con el sur de América ganó por apenas 10 votos, pero fue una desautorización expresa a los lideres de la alianza europea: Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión europea, y António Costa, presidente del Consejo europeo, quienes cuatro días antes se habían desplazado desde Bruselas hasta Paraguay para firmar el tratado con el Mercosur. Desafiante, Von der Leyen aseguró que la Comisión europea está dispuesta a implementar provisionalmente el tratado, a pesar de aquella decisión del Parlamento de la UE. Es un riesgo, porque nadie sabe qué decidirá el Tribunal de Justicia de los europeos. Esa coalición de hecho entre los extremos ideológicos en Bruselas fue aplaudida por los productores rurales europeos, que se sienten en peligro ante una futura competencia con los productores sudamericanos. Tales aplausos explican el acuerdo contra natura, aunque no lo justifican, de los parlamentarios europeos. Otra prueba de que el populismo no tiene ideología, sino la necesidad de encontrar un enemigo y de confrontar a la sociedad con las instituciones.
Milei habló en Davos en una sala casi vacía. ¿Por qué negarlo si están las pruebas de las filmaciones que se hicieron? Pudieron influir dos razones para que haya habido tanta ausencia de público ante un presidente que despierta cierta expectación en el mundo. Una de ellas es que terminó hablando al final del día, cuando ya los asistentes están cansados de escuchar muchas exposiciones, sobre todo porque Trump, que siempre será la principal atracción esté donde esté, discurseó inmediatamente antes que Milei. La otra razón podría encontrarse en el discurso de Milei del año pasado en ese mismo foro, porque tuvo un claro contenido discriminatorio. Fue de tal modo contra la corriente social y cultural que se ha impuesto en el mundo civilizado que tuvo entonces escasos y breves aplausos. ¿Para qué, se habrá preguntado el público ahora, escuchar lo que ya no le gustó hace un año? Quizás no sabían que Milei olfatea con precisión la inminencia del fiasco: puede cambiar al vuelo ideas, contenidos discursivos y hasta las políticas que no sean las económicas. Se perdieron un Milei mucho más moderado. Hoy por hoy.





