Ucrania busca renacer

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
El país y su economía son campos minados
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26 de febrero de 2014  • 00:52

Las urnas nunca aseguran que quienes resultan electos gobiernen luego respetando las instituciones y los valores esenciales de la democracia. Incluyendo el respeto de los derechos humanos y las libertades civiles y políticas de los ciudadanos, que a todos corresponden por igual. Tanto a quienes concuerdan con la visión del circunstancial oficialismo, como a quienes difieren con ella, incluyendo a quienes están ubicados en sus antípodas.

El conmovedor caso de Ucrania así lo demuestra. El ahora ex presidente Víctor Yanukovich fue en su momento electo en comicios casi normales, para transformarse paulatinamente en un líder totalitario. Yanukovich fue -paso a paso- dejando de lado todo compromiso con la democracia, reemplazándolo por una deriva autoritaria que ciertamente se aceleró en los últimos tiempos, empujada por las nostálgicas ambiciones de grandeza -y las maniobras geopolíticas consiguientes- del presidente ruso, Vladimir Putin.

Como consecuencia, en los últimos tres meses se generó una vertiginosa espiral de protestas callejeras a las que Yanukovich enfrentó (como es habitual en los regímenes marxistas) con dura violencia represiva. Todo tuvo su epicentro en la simbólica plaza Maiden de la ciudad de Kiev, la capital del país, que se transformó en un incandescente corazón rebelde tan pronto como Yanukovich decidió desatar -con sus fuerzas de seguridad y matones a sueldo- la violencia para acallar las protestas. La furia popular se extendió al resto del país, incluyendo -en los últimos días- al este del mismo, donde la influencia rusa es significativa. Este último episodio, propio de la Guerra Fría, terminó entonces por contagiar a toda Ucrania.

Las muertes encendieron definitivamente el ánimo de los corajudos manifestantes y alimentaron una decisión apasionada de no cejar en sus esfuerzos

Las muertes que siguieron a la lamentable decisión de Yanukovich, encendieron definitivamente el ánimo de los corajudos manifestantes y alimentaron una decisión apasionada de no cejar en sus esfuerzos. Cualesquiera fueran los riesgos a enfrentar. Hasta la posibilidad real de morir en la empresa.

Lo cierto es que el sostenido desafío popular culminó en la destitución de Yanukovich por el Parlamento (Rada) ucraniano, donde hasta los legisladores oficialistas (como también lo hicieran las fuerzas armadas del país) le dieron la espalda, dejándolo absolutamente solo. Más aún, obligándolo a escapar de Kiev, quedando la ciudad en manos de grupos heterogéneos de civiles que, con cascos deportivos y armados apenas con palos, comenzaron a "custodiarla".

Ya en Kharkiv -ciudad del noreste del país, en la que la influencia rusa es enorme- el presidente depuesto intentó, sin éxito, escapar a Rusia y al tiempo de escribir estas líneas está escondido en algún lugar de Ucrania, con paradero desconocido, aunque con orden de captura por su responsabilidad en delitos de lesa humanidad.

El parlamento ucraniano -ante la repentina deserción de un Yanukovich que al intuir un posible final "a la Ceausescu" decidió correr- lo destituyó "por abandono de sus funciones constitucionales". Y convocó a elecciones presidenciales para el 25 de mayo próximo. Además, regresó a la Constitución del 2004, reduciendo de ese modo el enorme poder concentrado en el Ejecutivo y, como también era de esperar, dictó una amplia amnistía para aquellos que estaban detenidos como consecuencia de las protestas. Asimismo, ordenó liberar a la líder opositora Julia Timoshenko, quien desde hacía dos años y medio estaba presa por haber -presuntamente- abusado de su poder cuando ejerciera la presidencia del país, con relación a la compra de gas natural a Rusia.

Está claro que para los ucranianos la pertenencia a Europa significa una garantía de protección de sus libertades individuales

Con su salud seriamente comprometida, utilizando una silla de ruedas y visiblemente deteriorada por su encarcelamiento (que sugestivamente ocurriera también en la ciudad de Kharkiv) la legendaria Julia Timoshenko, luego de liberada, celebró -en Kiev- el triunfo de las protestas, agradeció -emocionada- a su pueblo y adelantó simultáneamente su candidatura presidencial.

En el conflicto ucraniano, la Unión Europea -con la participación fundamental de Polonia, Alemania y Francia- alentó a quienes ansiosamente procuraban su apoyo para no quedar sumergidos en el totalitarismo. Rusia, en cambio, endosó abiertamente a Yanokovich. Y hasta se negó a suscribir los acuerdos interinos en cuya negociación había previamente participado.

Las protestas, cabe recordar, comenzaron cuando, tres meses atrás, Yanikovich imprevistamente cerró la puerta al acercamiento de Ucrania a la Unión Europea. Ocurre que -cuando se cumplen 25 años desde la caída del Muro de Berlín, comienzo de la implosión de la Unión Soviética- está claro que para los ucranianos la pertenencia a Europa significa una garantía -no menor- de protección de sus libertades individuales y de sus derechos humanos. Así como la defensa de las instituciones democráticas.

Por ello, las emociones se encendieron instantáneamente luego de ese episodio, en lo que rápidamente se transformó en una lucha por no regresar a las utopías, preservar la libertad y mantener a Ucrania entre los países democráticos. Lo que supone rechazar la uniformidad colectivista y abrazar la pluralidad democrática así como combatir la generalizada cleptocracia, fenómeno cada vez más evidente en los gobiernos autoritarios, que ha sido constante en Ucrania, desde la independencia, en 1991. Como lo certifica concretamente el extravagante palacio que Yanukovich se construyera en la localidad de Mezhigorie, en las afueras de Kiev.

Encendió vivamente el nacionalismo, con todo lo que esto significa. Bien o mal

La memoria alimentó entonces la lucha desigual del pueblo ucraniano. Lo que quizás no debiera sorprender demasiado porque una democracia sin memoria es vulnerable, no sólo moral sino políticamente. Y encendió vivamente el nacionalismo, con todo lo que esto significa. Bien o mal.

Pese al derrocamiento de la dictadura, no serán nada sencillas en el camino que Ucrania tiene por delante. El país y su economía son campos minados. De aquellos que obligan a caminar mirando sólo a los propios pies, postergando el futuro y concentrando fuertemente la atención en el presente. Lo que está lejos de ser ideal.

En lo inmediato, Ucrania debería conformar un gobierno de transición, idealmente con la participación de tecnócratas reconocidos. Y evitar caer en las cacofonías. Por el momento, el parlamento ucraniano ha designado a dos políticos cercanos a Timoshenko en cargos absolutamente claves. A Arsán Avákov, como presidente del parlamento, y a Olexandr Turchinov, como nuevo presidente interino. A su vez, el nuevo ministro de defensa es el ex Jefe del Estado Mayor del Ejército ucraniano, el general Vladimir Zamana, quien -pese a las presiones rusas y de Yanukovich- se negara a reprimir a su pueblo.

El país y su economía son campos minados

Muchos ex altos funcionarios de la hoy administración desplazada de Yanukovich han escapado a Rusia. Como el ex primer ministro, Mykola Azarov. Esta es una señal inequívoca de que saben que han perdido la esperanza respecto de poder cabalgar los cambios que están sucediendo en Ucrania

Si se decidiera mantener el calendario que apunta a tener elecciones presidenciales el próximo 25 de mayo, hay por lo menos cuatro candidatos en la "grilla de largada". Arseniy Yatsenyuk, del Movimiento de la Tierra de Nuestros Padres; Vitali Klitschko, un ex campeón mundial de boxeo, ahora líder de la Alianza Democrática para la Reforma de Ucrania; Oleg Tyagnibok, del nacionalista partido Svoboda y Julia Timoshenko, según ella misma acaba de anunciar. Esto parecería un exceso de diversidad ante un momento plagado de dificultades -incluyendo la virtual quiebra de la economía- en el que se requiere paso firme e identidad sustancial de visiones para poder alejarse de la crisis. Por esa razón, sería positivo que se pudieran conformar coaliciones o alianzas capaces de proyectar estabilidad, al menos de corto plazo.

Se requiere paso firme e identidad sustancial de visiones para poder alejarse de la crisis

A lo que cabe agregar la necesidad de contar con apoyo externo. Incluyendo el de Rusia, que ya lo comprometiera (aunque interesadamente) en tiempos de Yanukovich. Este país tiene sus ojos puestos en Crimea, donde (en la ciudad de Sebastopol) está emplazada la base de su importante Flota del Mar Negro, con la que Rusia proyecta su potencia militar a Siria y al Mediterráneo. Y acaricia sueños geopolíticos, ahora frustrados. También debería contarse con los Estados Unidos, que hasta el momento han asumido una actitud de relativo poco compromiso con la situación de Ucrania. Y con la Unión Europea que, en cambio, ha contrabalanceado -aunque discretamente- el abierto endoso ruso a las ambiciones de Yanukovich.

Lo sucedido en Kiev impactará en el mundo, más allá de las fronteras de Ucrania. Porque, por ejemplo, podría fortalecer la decisión de quienes -en Caracas y otras ciudades venezolanas- han tomado la decisión de protestar pacíficamente contra el autoritarismo marxista que los asfixia y posterga. Saliendo del hartazgo que genera una larga década de insultos, demonizaciones, maltrato y hasta explotación. En defensa de las libertades que les han sido cercenadas. Y aspirando a regresar a una democracia que, en Venezuela, ha sido desarticulada, hasta hacerla irreconocible. Conscientes de que si el futuro que les espera es el de Cuba, vivirán condenados a la miseria a la que conducen una ideología y un modelo perimidos que, sin embargo, tienen todavía alguna vigencia en rincones de América latina. Precisamente en aquellos en los que los derechos humanos y las libertades esenciales de los ciudadanos son ignorados o conculcados.

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