
Un defensor de la soberanía argentina
Por Hugo Raúl Galmarini Para LA NACION
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El nombre de Tomás Guido está asociado con todos los acontecimientos importantes del período que nació en 1810 y culminó después de Caseros. Amigo, confidente y consejero de San Martín, fue después hombre de consulta de todos los gobiernos y buen diplomático. En enero de 1833, con motivo de la ocupación por los ingleses de las Islas Malvinas, dirigió al coronel Enrique Martínez, por entonces ministro de Juan Ramón Balcarce, una nota (*) en la que muestra una lúcida comprensión de la realidad internacional y del contexto político-económico en que se desenvuelve.
En los primeros años de la década de 1830 se renovaron los conflictos en torno a las Malvinas. En diciembre de 1831, la nave Lexington, so pretexto, según las palabras del presidente estadounidense Andrew Jackson, de que "unos piratas abusaban del nombre de la República Argentina para causar daños al comercio norteamericano", desembarcó tropas, y en enero de 1833 los ingleses, advertidos de su importancia geopolítica, se apoderaron de las islas.
Es entonces cuando Guido escribe esta pieza, conmovido por el "pesar de ver humillada nuestra patria de la preponderancia de un poder con que no podemos combatir con suceso". Advertía que en la lucha por emprender no tenían cabida "las pasiones individuales" y que "el entusiasmo irreflexivo jamás debe reglar la conducta de un hombre de Estado" y que los problemas que se suscitaban debían "resolverse por una razón tranquila y desembarazada para no dejarse arrastrar ni por los ímpetus del amor propio ofendido ni correr el riesgo de estrellarse en escollos insuperables".
Guido recuerda que las Provincias Unidas ya habían debido defender su soberanía ante la pretensión norteamericana y entendió que no se podía "declinar sin desdoro nuestra pretensión sea cual fuere la nación que quiere disputarnos aquel dominio". Explica que "la forma usual en semejantes casos es una protesta solemne", pero se pregunta si ella es suficiente para producir la restitución de las islas. A su juicio, la política más apropiada es "llevar este asunto hasta convertirlo en cuestión europea".
Afirma que "Inglaterra ha sido impulsada a este paso por vastas miras de un inmenso interés" y que "éstas son las que a la República conviene balancear y cruzar". Era fundamental percibir "cuáles son las naciones que pueden ser perjudicadas en la ejecución de aquel plan". Entiende que hay dos motivos principales que guían la conducta inglesa: "El primero, apoderarse de un punto de observación importante sobre el segundo canal para el comercio del mundo con los establecimientos de la India y con la gran China. Esta situación facilita a la Inglaterra una ventaja decisiva sobre las demás naciones después de ser dueña como lo es del Cabo de Buena Esperanza. Colocada sobre estas dos atalayas será dueña de cortar de un golpe este valioso tráfico a los demás pueblos mercantiles cuando importe a su conveniencia.
Aguda visión geopolítica
"El segundo es tomar las llaves de los mares del Sur para hacerse la árbitra del comercio sobre el Pacífico. Un ministerio hábil y previsor como el de Inglaterra calcula con razón que el mercado de América debe absorber con el tiempo las mejores producciones de la industria europea y que si en el día compensa en poco los ensayos del comercio inglés, medio siglo será suficiente para que los cambios de un tráfico activo arrastren inmensas riquezas al seno de la nación que lograse la preferencia en nuestros consumos.
"La perspectiva de la utilidad que reporta a Inglaterra la posesión de las Malvinas -continúa- no puede dejar de excitar los celos y los cuidados de las demás naciones marítimas cuya prosperidad depende de la expansión del comercio y de la concurrencia de sus flotas a América a la par de la Gran Bretaña." Francia, Estados Unidos, Rusia, Holanda "no verían sin disgusto la preponderancia de los ingleses y sobre todo la superioridad que les da un punto desde donde pueden embarazar o inutilizar el tráfico y pesca en el Océano Pacífico".
Es por este diseño geopolítico por lo que Guido quiere convertir la causa de las Malvinas en una "cuestión europea". Para su aguda visión, Francia y Rusia son las potencias más preocupadas. Busca así aliados para la causa argentina y "quizá los mismos Estados Unidos, advertidos mejor de sus verdaderos intereses como nación hoy más ocupada que otra alguna en el comercio de las Indias Orientales, colocasen en la balanza de nuestras pretensiones su saber y su influjo". Para llevar adelante su plan proponía instruir minuciosamente al ministro argentino en Londres (lo era por ese entonces Manuel Moreno) para que influyera sobre el gobierno inglés y los gabinetes europeos, y aconsejaba abrir una legación permanente en los Estados Unidos.
Pero Guido no descuidaba a las repúblicas de la América española. Era necesario "hacer circular el suceso de Malvinas anunciando que el gobierno argentino a pesar de su situación relativa a la de la Gran Bretaña hace valer sus derechos por los medios que inspira la justicia y el honor nacional". Reitera la prudencia que es necesario observar en esa activa campaña de reivindicación de la soberanía. "Una palabra inoportuna -decía- en la pluma de un jefe de una nación basta para producir inmensos trastornos, así como la negligencia desmedida suele causar prescripciones ruinosas."
Guido mismo pudo llevar a la práctica sus ideas. En 1834, siendo ya ministro del gobernador Juan José Viamonte, usando los mismos argumentos recomendó a la Legislatura aprobar una convención de amistad, comercio y navegación con Francia. Y el 17 de junio de 1833 Moreno expuso en el Times los derechos argentinos.
El autor es secretario de la Corte Suprema de Justicia de la Nación.
(*) Archivo General de la Nación, Fondo Guido, Legajo 2017.





