
Un día cualquiera en Little Italy
Una excursión sentimental al barrio donde transcurre «A Bronx Tale», detrás de los cannolis más ricos del mundo
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La semana pasada recibí una foto de mi amiga Julieta y su novio Germán, desde Little Italy, en el Bronx y, casi al mismo tiempo, sonó el timbre de casa. Me acercaban Un día cualquiera en Nueva York, el libro de Fran Lebowitz, que forma parte de la siempre atractiva colección andanzas de la editorial Tusquets. A pesar de su extensa trayectoria, conocí a Fran gracias a Supongamos que Nueva York es una ciudad, la serie de 2020 dirigida y protagonizada por Martin Scorsese, que reveló la mirada sobre la ciudad (y sobre la vida y el mundo), de esta ácida incisiva comediante y escritora, pariente estética de Groucho Marx, Woody Allen, Jerry Seinfeld y Larry David.
En la portada hay una foto en blanco y negro, que Annie Leibovitz le sacó a Fran en la cama, hablando por teléfono, fumando, con un paquete de cigarrillos, un cenicero rebosante de colillas y un ejemplar de la revista Forbes. Me zambullo y recorro sus páginas como un flâneur que transita por la Gran Manzana. La ciudad que la acogió desde adolescente está omnipresente en esos relatos, y entablan un diálogo en mi cabeza con las imágenes que recuerdo de la serie que vi hace algunos meses. Y aunque la mayoría de los textos fueron escritos en los años 70 mantienen una frescura y una entrañable lucidez. Lo que más me impacta, de todos modos, es la extraña sincronicidad entre el título y la foto que acababa de recibir por whatsapp.
Julieta y Germán no habían llegado a ese barrio por casualidad. Apenas me enteré de que estaban pasando una temporada en la Gran Manzana, les sugerí algunos paseos. En el Bronx nació y se crió Chazz Palminteri, autor y protagonista de la obra teatral A Bronx Tale, que tuvo su adaptación cinematográfica en 1993, dirigida por Robert De Niro.
En la Argentina la conocimos como Una luz en el infierno, y es una historia de iniciación que cuenta el vínculo entre Calogero (cuando empieza la película tiene 9 años, cuando termina 17), su padre (Lorenzo, interpretado por De Niro, un honrado y sacrificado conductor de autobuses) y Sonny (el gangster interpretado por Palminteri, que lo puso como condición para vender los derechos de su obra), que de alguna manera lo apadrina desde que el niño, al comienzo de la película, es testigo de un asesinato en la esquina de su casa, y cuando la policía lo interroga no lo delata. También fue, para mí, una historia de iniciación: el primer contacto con ese mundo extrañamente fascinante de la Cosa Nostra (Luego vendrían Los Soprano, la saga de El Padrino, Buenos Muchachos...). Entre las grandes virtudes de la película, ambientada en los años 60 y musicalizada con doo woop, soul y standards de jazz, están las enseñanzas que deja. ¿Por ejemplo? Aquella escena de la prueba de amor con el seguro de la puerta del auto. Pero la mayor de todas es esa sensación de anhelar que no se acabe nunca y saber qué fue de la vida de esos personajes que, en apenas dos horas, se nos metieron en la piel para siempre.
Fue siguiendo la ruta del film, que llegamos al Bronx con mi padre en la primavera boreal de 2019. Mi colega y amigo Diego Mazzei me había pasado el dato que, luego, le pasaría a Julieta y Germán: Gino Pastry Shop, la confitería que aparece en el film. El propio Gino, simpático y regordete, de bigotes canosos, sigue atendiendo su local, tapizado de fotos y memorabilia de la película. Sus cannolis, dulces y etéreos, son un viaje en el tiempo. Le mandé a Julieta una foto que nos sacamos con Gino en su local y dijo que nos recordaba.
Si me dieran a elegir un día cualquiera en Nueva York, volvería a ese localcito del Bronx donde fuimos felices. Mientras tanto, y a pesar de que aquí se consiguen muy buenos cannolis, haré una excursión a otro Gino, El capo de la torta de ricota, en La Paternal. El entrañable barrio donde vivían mis abuelos.


