Un libro de música te puede cambiar la vida

Humphrey Inzillo
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29 de febrero de 2020  

Ni "Muchacha". Ni el "Tema de Pototo". Ni la "Cantata de puentes amarillos". Ni "Todas las hojas son del viento". Ni "Resumen porteño". Ni "Alma de diamante". Ni "Qué ves el cielo". Ni "Barro tal vez". No conocí a Luis Alberto Spinetta a través de ninguna de sus maravillosas canciones. Mi primer contacto con su existencia fue gracias a Spinetta, crónica e iluminaciones, el libro de conversaciones con Eduardo Berti, publicado a fines de 1988. Yo tenía unos diez años cuando llegó por primera vez a mis manos. Por esos días, la revista El Gráfico, que era una especie de Biblia para mí, había publicado una entrevista con el Flaco, a doble página, firmada por Daniel Roncoli. Por esos días, también, estaba de visita en Buenos Aires mi tío Gustavo, y mi papá decidió regalarle ese libro de Berti. En un gesto que nunca pude comprender del todo, pero que igualmente agradezco, mi viejo compró otro ejemplar para mí. No sé qué habré entendido de esas conversaciones a esa edad, pero con los años volví (y aún hoy vuelvo, como si fuera un oráculo) a ese libro seminal, indispensable en mi educación sentimental y en una suerte de prehistoria profesional. Y si de algo estoy seguro es de que gracias a esa lectura comprendí la importancia de registros como ese. Porque un libro puede ser la puerta de entrada a la obra de un músico, y puede funcionar también como el pasadizo a un montón de otras lecturas y otras músicas que, en mi caso, llegarían varios años después de ese contacto inicial.

Esta historia, en realidad, es para celebrar los primeros quince años de Gourmet Musical, una editorial especializada en música, que es fruto del esfuerzo, la tenacidad y la enorme capacidad de trabajo de Leandro Donozo. Tuve la fortuna de conocerlo en la redacción de la revista La García, hace más de veinte años. Guardo los mejores recuerdos de aquellos años, un espacio de formación profesional y personal que fue el comienzo de un periplo por varias redacciones más, aunque ninguna tan mágica y experimental como aquella. En un escritorio lindante se sentaba Leandro Donozo, que luego de unos pocos meses, intuyo que a fines de 1999, abandonó la redacción y se fue a vivir a Londres con su novia de aquel entonces. El siguiente recuerdo que tengo de él fue cuando nos reencontramos, unos años después, en unas jornadas en el Centro Nacional de la Música, en la calle México, para escuchar una ponencia del benemérito uruguayo Coriún Aharonián. Tenía una barba casi tan larga como la de Matusalén (¡proto hipster!) y estaba por lanzar el Diccionario bibliográfico de la música argentina (y de la música en la Argentina), que sería la piedra fundamental de un catálogo sólido y ecléctico que, tres lustros después, supera los sesenta títulos.

Hay una multiplicidad de temas y autores superlativos (Sergio Pujol, Eduardo Berti, Pablo Gianera, Esteban Buch, Pablo Kohan), reediciones de libros indispensables (Cómo vino la mano, de Miguel Grinberg) y testimonios de épocas y escenas (Cancionistas del Río de la Plata, de Martín E. Graziano), relatos en primera persona (Crocknicas de un tacvbo, de Joselo Rangel; Alejo Auslender y su flamante diario íntimo del under, El coso del rock) y ensayos notables (En contra de la música, del peruano Julio Mendívil), trabajos minuciosos sobre la obra de artistas icónicos (Esta noche toca Charly, de Roque Di Pietro) y aportes a la historiografía local del jazz y el blues (Claudio Parisi, Berenice Corti, Gabriel Gratzer, Martín Sassone). Hay, desde un tiempo a esta parte, un notable trabajo en las portadas del ilustrador Santi Pozzi. Y hay, en las librerías argentinas, una sección de música cada vez más poblada, donde los libros de Gourmet Musical crearon un espacio para los de otras editoriales independientes (Caja Negra, Vademecum, la edición local de la colección 33 1/3) y para los lanzamientos, cada vez más frecuentes, de los grandes sellos del mainstream. Puede entenderse a todo ese catálogo como una obra, que equipara a Donozo con editores emblemáticos del ámbito local, como Daniel Divinsky o Jorge Álvarez, solo por mencionar a un par. En esa obra, hay un trabajo minucioso de índices onomásticos, bibliografía consultada, notas al pie y la discografía de los artistas que son el eje de cada libro. Pero el modo que prefiero entenderlo yo es como el de un acto de amor, a los libros, claro, y a la música. En las ferias de editores independientes, Leandro suele usar una remera que dice "Decime qué música te gusta y te recomiendo un libro". Una explicación simplista diría que él lo hace porque es su modus vivendi. Yo, en cambio, estoy seguro de que el motivo es otro. El del comienzo de este texto. Él también sabe que un libro de música te puede cambiar la vida.

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