Un matrimonio para volver al poder

Se habían conocido en Panamá, en la Navidad de 1955
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18 de noviembre de 2001  

Quizá no hubo un casamiento más trascendente en toda la historia argentina. Ocurrió hace cuarenta años. Sin vestido blanco ni fiesta, el 15 de noviembre de 1961 se casaban en Madrid el general Juan Domingo Perón y la bailarina María Estela Martínez. Doce años después, cuando el matrimonio devino fórmula electoral, ambos cónyuges habrían de sucederse en forma consecutiva en la presidencia de la República, un caso inédito en la historia mundial.

El de Perón e Isabel fue un matrimonio por conveniencia: lo dice el certificado consagratorio. Perón llevaba seis años viviendo bajo el mismo techo con Isabel, que solía ser presentada como su secretaria. Pero en la España católica y conservadora de Franco -a quien Perón, curiosamente, sólo conoció al final del exilio- el concubinato no tenía buena prensa.

Perón aceptó que su médico Francisco Flores Tascón arreglara la boda, una tarea delicada en cuanto a los aspectos religiosos. Desde junio de 1955, el general tenía problemas con la Iglesia en virtud de un decreto del papa Pío XII, dictado tras los graves enfrentamientos que había tenido el gobierno peronista a partir de diciembre de 1954. Sin embargo, un obispo, que según el historiador Joseph Page era conocido de la señora Flores Tascón, autorizó la ceremonia, celebrada por un sacerdote del mismo círculo. Dada la situación del cónyuge, la figura del matrimonio por conveniencia liberó a Isabel, católica practicante, del pecado. Los novios, si cabe el término, dieron el sí en el domicilio de los Flores Tascón, también testigos.

Perón tenía 66 años. Isabel, 30. Es decir que cuando se conocieron en Panamá, en vísperas de la Navidad de 1955, ella contaba 24 años y él 60 (prácticamente la misma diferencia que hoy separa de su segunda esposa a Carlos Menem, que por algún motivo no echó mano del antecedente el año último, cuando su caso compareció ante las revistas del corazón).

Perón había enviudado dos veces. En 1938 se había muerto su primera esposa, Aurelia Tizón, 14 años menor que él. Estuvieron casados durante diez años, es decir, varios más que con Eva Duarte (23 años menor), cuya vida se truncó joven. El matrimonio con Evita fue de seis años y medio.

Mucho se ha escrito sobre las diferencias entre Eva e Isabel, y también sobre los esfuerzos de la riojana por sobrellevar el papel de sucesora de un mito, esfuerzos que no alcanzaron para que la historia se apiadara de ella. Pero al menos un parecido hubo: Perón fue hombre de bodas discretas.

En ambos casos, el líder justicialista había sufrido presiones institucionales previas -con Evita, sobre todo del Ejército; con Isabel, del gobierno español- para "regularizar" su estado civil.

Era candidato a presidente en 1945 cuando se casó con Eva, cinco días después del histórico 17 de Octubre, en su departamento de la calle Posadas. No hubo allí mucha más gente fuera de Juan Duarte y Domingo Mercante, los testigos. El acto pasó aún más inadvertido que la ceremonia religiosa, realizada el 10 de diciembre en la iglesia de San Francisco, en La Plata.

Con ojos de hoy -y la memoria contaminada por Madonna y otros eufóricos exegetas de ese romance- cuesta imaginar que el casamiento de Perón y Eva, que para más datos fue en el extraordinario año de 1945, haya estado más cerca del trámite que del suceso.

A Isabel, Perón la conoció tres años después de la muerte de Eva. Por supuesto, nadie se percató en 1955 de que esa jovencita instruida hasta sexto grado, bailarina de la compañía del cubano Joe Herald, delgada y de expresión insulsa, llegaría un día a convertirse en presidenta de la Argentina tras ser catapultada a la vicepresidencia por el solo hecho de estar casada con Perón.

Fue justo la vicepresidencia lo que le estuvo vedado antes a Eva, durante un episodio que el peronismo denomina Renunciamiento Histórico, pero que muchos autores atribuyen a una larvada decisión del general. Pocas veces se recuerda que el puesto fue para Hortensio Quijano, cuya salud estaba peor que la de Evita, como lo prueba el hecho de que se murió antes.

Isabel tenía, en efecto, pocos antecedentes políticos cuando en un tumultuoso congreso justicialista reunido en el Teatro Cervantes, en 1973, alguien anexó el nombre artístico de ella al del general. Ese grito de un congresista, que se propagó como un huracán dentro del aparato peronista, no habría tenido mayor importancia de no haber sido porque la cuestión pendiente que había en la Argentina de esos días era el armado de la fórmula que encabezaría Perón -indudable favorito- en las elecciones del 23 de septiembre. Y, claro está, porque la moción terminó refrendada por el líder, aunque con proverbial sutileza: atribuyó la oferta a "los muchachos" y la decisión de "aceptar o no" a la señora.

En el trayecto naufragaba, nada menos, la oportunidad de conformar una fórmula entre los dos principales líderes políticos del momento, Perón y Balbín, que acababan de reconciliarse. Cuán serias fueron las conversaciones en torno del binomio bipartidista es aún hoy materia de discusión, pero se sabe que a José López Rega lo reconfortaba más un gobierno de unidad matrimonial -en el que llegaría a la cima de sus carreras esotérica y política- que uno de unidad nacional.

Como fuere, Isabel gobernó la Argentina nada menos que 632 días, pese a lo cual la única enciclopedia que le ha tenido especial consideración es el Libro Guinness de los Récords. Consiguió allí una marca inmejorable cuando la muerte de su marido la convirtió en la primera mujer jefa de Estado, algo que la causa de la igualdad de la mujer en general no recuerda con el mismo entusiasmo.

Pese a que técnicamente Isabel también recibió el 61,86 por ciento de los votos, cierta sombra -quizá la que le hace el golpe militar siguiente- impide que su gestión sea recordada más a menudo, por ejemplo, por su valor precursor en materia de terrorismo de Estado. Cuando tuvo que tomar el timón del país tras la muerte de su compañero de fórmula, la "señora" -como la llamaban los dirigentes justicialistas- se confrontó con la verdad: las circunstancias eran más altas que ella. Zanjó su angustia amarrándose al sillón presidencial. Hoy la favorece el soslayo.

En el sitio oficial que tiene el Partido Justicialista en Internet, sin ir más lejos, hay "efemérides peronistas" mes por mes, pero en noviembre -cuando el detalle llega hasta "nuevos créditos para la vivienda" anunciados en 1953-, el tercer casamiento del general no figura. Una escueta biografía de Isabel condensa el drama medular de su gobierno en una oración. Dice así: "Las controversias alrededor de su ministro de Bienestar Social, López Rega, no la ayudaron en la coyuntura general".

Junto con Raúl Alfonsín y Carlos Menem, Isabel, de 70 años, pertenece hoy al selecto grupo de ex presidentes elegidos por el pueblo que están vivos, pero no hace uso de ese privilegio en lo que a la evocación del pasado se refiere (el presente, en cambio, lo sobrelleva con los 70 mil dólares anuales que le gira el Estado desde Buenos Aires).

Es conocido que en su exilio madrileño lleva una vida recoleta. Jamás le apetece tomar el té con un historiador, repele a los periodistas alertada por un cura que los huele a la distancia y se la puede imaginar deleitada con el laconismo del biógrafo partidario, el de las controversias sobre López Rega que no ayudaban.

Ella apenas quebró su silencio una tarde de febrero de 1997, citada en Madrid por el juez Baltasar Garzón, en el marco del juicio contra militares argentinos: repitió, infatigable, que no recordaba nada. A lo mejor esta semana recordó sus cuarenta años de casada. Lo que no es seguro es que los haya vinculado con la suerte de su lejano país.

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