
Un nuevo modo de pensar en política
Por José Enrique Miguens Para LA NACION
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EL 22 de mayo, días antes de que se hiciera cargo el actual gobierno nacional, publiqué en esta página un artículo titulado Un nuevo modo de gobernar .
Sostenía allí que, a diferencia del modo de gobierno que imperó en nuestro país en el último cuarto de siglo, iba a aparecer ahora un nuevo estilo de gobierno. Usando la terminología del filósofo John Dewey describí esta nueva forma como de piecemeal approach -es decir, "solucionar los problemas uno por uno y gradualmente"- que él recomienda como la manera de gobernar en las democracias. En esa línea pronostiqué que tenderían a desaparecer los viejos modos políticos usuales entre nosotros, con sus proclamas, sus adhesiones a modelos o sistemas de pensamiento, sus planes estratégicos y sus tomas de posición, que nos trajeron feroces sectarismos, con enfrentamientos y polémicas que malgastaban nuestras escasas energías creativas y nos llevaron al desastre.
Haber acertado en buena medida en mi pronóstico convalida de alguna manera los fundamentos sobre los que me apoyaba para hacerlo. Mi punto de partida era que los horrores que debimos soportar durante los últimos 25 años llevaron a la sociedad argentina a realizar un verdadero "aprendizaje social" que la hace repudiar visceralmente actitudes y comportamientos políticos que antes no veía o no le importaban. Entre esos horrores se cuentan: prepotencia y violencia política de todos contra todos, asesinatos políticos de a miles con cualquier justificación ideológica, inestabilidad política crónica, permanente inflación que desmoraliza a cualquiera, saqueo de los bienes públicos, corrupción generalizada e impúdica tanto en la esfera pública como en la privada y nuestro sistema de justicia impredecible.
Una nueva circunstancia
Esta situación de partida impone no sólo nuevos métodos de gobierno, sino, en forma concomitante, nuevos modos de pensar lo político.
Daría la impresión de que nuestros analistas políticos y económicos y nuestros comentaristas en general no se han hecho cargo de esta nueva situación y siguieran manejándose con los marcos de referencia y con las conceptualizaciones y categorías mentales propias del período anterior, sin darse cuenta del cambio que ha ocurrido en nuestra sociedad. Esto está produciendo una especie de disonancia cognitiva entre los que quieren interpretar la realidad política y el público común que la vive.
En los muchos años que tengo de observar nuestra sociedad, nunca he visto un desfase tal como el que existe hoy entre los que se consideran orientadores de la opinión pública y la opinión pública que pretenden orientar. Y no creo que esto se deba a la ineptitud de la gente, como suelen acusar los racionalistas a la realidad cuando ésta no se comporta como presumen sus construcciones teóricas. Para avanzar algo en esta importante cuestión me atrevería a describir dos aspectos en los que considero que hay en nuestra cultura cierta confusión.
Me refiero a la mayor importancia que se da en lo político a la teoría sobre la práctica y, como consecuencia, la menor importancia que se da a las obras respecto de las discusiones acerca de éstas.
Reivindicación de la práctica
En mi libro Desafío a la política neoliberal: comunitarismo y democracia en Aristóteles (El Ateneo) dedico casi la mitad de su contenido a aclarar lo que es el saber práctico, que para Aristóteles es el propio y específico de la política. Lo hice porque desde el siglo XVIII hasta hoy, el liberalismo bajo la influencia de Kant trastocó completamente las relaciones entre teoría y práctica en la política. Por medio de nuestro sistema educativo esta orientación cultural contaminó nuestro modo de entender lo político de tal manera que nos parece el único modo posible.
La educación que hemos recibido nos lleva a creer que son más importantes las ideas y construcciones racionales, que hacer bien las cosas. Entre los maestros y profesores que nos enseñaban cundía un sentimiento de sentirse superiores porque manejaban ideas y un menosprecio por las acciones prácticas que veían como deleznables e indignas de un intelectual. Esta reiterada impregnación durante todos los ciclos de la enseñanza, de la primaria a la universitaria, incapacitó a generaciones de argentinos para afrontar prácticamente los problemas de nuestra sociedad y para hacerlo trabajando en equipo con gente que piense en forma diferente.
El origen filosófico de esta actitud básica frente a la vida real se encuentra, como dijimos, en Kant la figura señera del Iluminismo y del modernismo. El creía, a diferencia de Aristóteles, que en el ámbito público toda práctica es una mera aplicación de la teoría a los casos concretos. Debido a eso sostenía: "Los hombres prácticos, los hombres de mundo deben subordinarse a los hombres de escuela" que son los que ven más claro y más lejos. Para él, como lo critica Hannah Arendt, "el reino de lo público está constituido por los críticos y los espectadores y no por los actores y hacedores" Aquellos, los balconeadores, observadores, comentaristas, racionalizadores, explicadores y teorizadores, son considerados más importantes que los que tratan modestamente de arreglar las cosas. Peor aún. Como dice Arendt, "nada de todo esto nos dice cómo actuar".
Sarmiento, el gran hacedor, fue el precursor del actual retorno de nuestra cultura a lo práctico. Siendo presidente de la Nación, vociferaba contra los críticos y espectadores: "Las cosas hay que hacerlas. Aunque sea mal, pero hay que hacerlas".
Obras y teorías
Aristóteles, en su Metafísica (LXIII, Cap. 4), nos relata que fue Sócrates el primer pensador que trató de llegar a definiciones generales de las cosas sociales y políticas, pero que siempre creyó que las definiciones no se podían separar de la realidad. Sin embargo, nos dice, los platónicos separaron ambas cosas y trataron a las ideas y los conceptos como si anduvieran por su lado. Después de ellos, hasta hoy, cuando tratamos con conceptos políticos tenemos que aguantar las divagaciones de los racionalistas, los idealistas y los ideólogos que confunden a todos con su coherencia y su aparente claridad, aprovechando la confusión para llevar agua para su molino.
En la Argentina esta separación se ha llevado hasta el absurdo. Nuestra manera de evaluar y de criticar los hechos y las obras de los gobiernos es irremediablemente platónica. Se hace aplicándoles una especie de grilla ideal, un modelo mental de sociedad ideal que tiene cada uno, para juzgar desde allí lo que realmente se hace, contrastándolo con lo que debería hacerse, según ese modelo.
No se juzga si tales hechos o tales obras de gobierno son convenientes o inconvenientes, justas o injustas para el conjunto de la sociedad dentro de la situación en que se realizan.
No miramos las cosas políticas poniéndonos humildemente en la posición de actores, de partícipes de las preocupaciones y anhelos de la comunidad política a la que pertenecemos, tal como recomendó Aristóteles, sino poniéndonos en la posición de espectadores críticos que promovió Kant, que es la posición soberbia de los que miran las cosas desde arriba, desapegados de los problemas de la gente común que menosprecian como viles materialidades que no pueden afectar sus elevadas construcciones teóricas.
La persona y su desarrollo
En los últimos cuarenta años se produjo en la cultura occidental una verdadera reversión en la manera de encarar lo social, lo político y lo económico. Las categorías fundamentales y centrales de pensamiento en estos campos son ahora: la persona humana y el desarrollo social. Estas categorías no nos permiten manejarnos en estos ámbitos con conceptos esencialistas y conducen al modo de saber práctico, centrado en las personas reales que viven y que padecen. Estas categorías son nuestro punto de partida para interpretar y juzgar los hechos políticos.
Ya no hay lugar para hurgar en recónditas intenciones que atribuimos a los gobernantes y a los que no comparten nuestras ideas o para rotular las obras de gobierno como de derecha o de izquierda para, una vez etiquetadas, descargarles las andanadas según el lugar ideológico en que se las ubique. Tampoco podemos distraemos discutiendo lo que dijeron o dejaron de decir los funcionarios públicos, porque, como se dice castizamente, "hablar de dimes y diretes es propio de comadres ociosas".
Estas mutuas sospechas y acusaciones nos trajeron los enfrentamientos horrorosos que hemos padecido. ¿Estaremos empezando de nuevo?
Entonces. Si realmente queremos cambiar a nuestra sociedad, cambiemos nuestros estilos de pensamiento y nuestros modos de pensar lo político.



