Un poeta menor de la antología
En el poema “A un poeta menor de la antología”, Borges insiste en eso que tanto lo alarmaba: las ventajas del olvido para quien escribe (“¿y habrá suerte mejor que la ceniza/ de que está hecho el olvido?”), aunque en este caso suma una constatación: “¿Dónde está la memoria de los días/ que fueron tuyos en la tierra, y tejieron/ dicha y dolor y fueron para ti el universo?// El río innumerable de los años/ los ha perdido; eres una palabra en un índice”. Borges reclamaba públicamente (mejor no expedirse sobre su propósito secreto) ese destino secundario que reduce toda una experiencia al nombre propio y a la cifra abstracta del número de página.
Como sea, los años serán numerables, pero los poetas menores no. Uno de ellos, no sabemos si ignorado por Borges, es el alemán Carl August Peter Cornelius, o sencillamente Peter Cornelius, que vivió el medio siglo que corrió de 1824 a 1874. Se impone para empezar la obligación de despejar el malentendido (malentendido que opaca al hombre) que implicaría confundirlo con su tío, el pintor Peter von Cornelius, parte del grupo de los Nazarenos. Luego pasa también que Cornelius era más y menos que poeta: era además compositor. Claro que no era el primer escritor que además de palabras escribía música. Lo habían hecho también sus contemporáneos E. T. A. Hoffmann y Robert Schumann, aunque es cierto que ni en un extremo ni en el otro, ni el de la escritura en notas ni en el de la escritura de prosa o de verso, tuvo el paciente Cornelius blasones suficientes para medirse con ellos. No fue entonces únicamente un poeta menor de la antología; fue también un músico menor del repertorio. A la larga, le fue bastante bien a su ópera El barbero de Bagdad, aunque en su momento la cercanía amistosa con Franz Liszt conspiró contra Cornelius, que tuvo dificultades para estrenar y críticas adversas. Ferruccio Busoni hizo una fantasía sobre algunos de sus motivos. En cambio, Der Cid, su segunda ópera, escrita en la senda ineluctable de Richard Wagner, corrió suerte inversa: buenas críticas en el estreno y olvido definitivo. Como buen escritor, los libretos eran siempre suyos.
El musicólogo y especialista shakesperiano Eric Sams dijo, haciendo equilibro en la cuerda floja que unía su impiadosa agudeza crítica y su compasión cristiana, que Cornelius había sido “una bisectriz entre los ejes Wagner-Liszt y Schumann-Brahms”. Probablemente, pero también esa disputa quedó ya olvidada, salvo para la historia de la música. De su tercera ópera, mejor ya no digamos nada. Quedó inconclusa. Cornelius murió a causa de la diabetes. Esto no tiene nadada de particular; da lo mismo morir de una cosa que de la otra, pero hay que aceptar que era una causa de muerte bastante discreta para los estándares del siglo XIX. De muchos de sus poemas hizo Lieder, canciones de cámara, como los Weihnachtslieder, las canciones de Navidad (existe una hermosa grabación del barítono Hermann Prey y el pianista Leonard Hokanson), casi un homenaje para él mismo, que había nacido el 24 de diciembre. De los que no llegaron a “volar en alas del canto” (como decía Goethe) se publicó en 1890 un volumen de Gedichte (Poemas). Hay ahí, por ejemplo, sonetos dedicados a protagonistas femeninas de óperas alemanas: Senta, Elisabeth, Elsa, Agathe... También a Berlioz, Liszt, Beethoven, Schubert.
Cornelius, por lo que sabemos, era, además de un poeta honesto, un hombre honesto. Sabía que aquellos que con mayor afán y vanidad trabajan para no ser olvidados suelen ser los primeros olvidados. Él escribía para que se recordara a quienes quería que se recordara. Pero los poemas son pocos (y no suelen aparecer en las antologías). En el prólogo a esa edición, Adolf Stern no oculta las dificultades de la compilación, porque Cornelius confiaba sus poemas (muchos de ellos de ocasión o un diario personal en verso) al viento antes que a manos cuidadosas. Para el editor Stern, se cumplen en Cornelius las palabras de otro poeta, August von Platen: “La música más íntima de un pecho perfectamente afinado”.
¿Dónde está la memoria de los días de Cornelius? De Cornelius, que en un verso dijo ser “la hoja de un árbol en flor”; la hoja, no la flor. Sin embargo, probablemente no pensó que los dioses hubieran sido avaros con él. Después de todo, la hoja, nada más que ella, tiene el derecho de decir, como dice el poeta en otro de sus versos, que “es de las flores de donde llegan al mundo las regiones más altas”









