Un pueblo que llegó para quedarse

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27 de julio de 1997  

Cuando el vapor S.S. Wesser, de bandera alemana, llegó a las costas bonaerenses desde Europa, traía apenas 138 familias. Cien años más tarde, ese pequeño núcleo se transformó en una de las comunidad judías más grandes del mundo.

Muchos de los que llegaron ese 14 de agosto de 1889 no sabían de la existencia de la Argentina hasta poco antes de embarcar. Pero estaban demasiado ansiosos por cultivar la tierra y, sobre todo, por alejarse de la miseria que dejaban en Rusia.

La comunidad judía en el país es la octava en importancia en el mundo, con cerca de 250.000 miembros, según estudios realizados a fines de 1994 por Sergio della Pergola, especialista italiano en problemas de población, para el Departamento de Demografía Judía y Estadísticas del Instituto de Judaísmo contemporáneo, de Jerusalén.

La anteceden los Estados Unidos (5.500.000), Israel (4.500.000), Francia (500.000), los países de la ex Unión Soviética (400.000), Canadá (360.000), Inglaterra (300.000) y Ucrania (más de 250.000).

De Rusia con horror

El 80 por ciento habita hoy en la Capital Federal y el Gran Buenos Aires, pero entonces se los conoció como "los gauchos judíos", quizá por las grandes extensiones de campo de Entre Ríos que pertenecen o son administradas por descendientes de los que llegaron en el Wesser.

La presencia de los judíos aquí obedeció tanto a factores de expulsión como de atracción. En Rusia, las oportunidades de poseer tierras eran nulas; casi ni se podía conservar la vida. Los judíos eran el blanco de persecuciones y matanzas a través de los pogroms ("tumulto, desorden", en ruso), desatados por las autoridades tras el cruento asesinato del zar Alejandro II.

La Argentina, en comparación, aparecía como una síntesis de todas las virtudes: grandes extensiones de tierras ricas y vacías, sin estructuras tradicionales anquilosadas que les impidiera crecer, y una fuerte política inmigratoria, establecida por la ley 827 de Inmigración y Colonización que data de la presidencia de Nicolás Avellaneda, de 1876, y el decreto 12.011/1881 del general Julio Argentino Roca.

El ambicioso plan de organizar las colonias nació del barón alemán Mauricio de Hirsch, un filántropo millonario cuya máxima era: "Las dádivas agotan la fortuna de quienes las dan y no resuelven el problema de quienes las reciben".

Al ver la suerte que corrían los judíos en Europa, fundó en 1891 la Jewish Colonization Association, que facilitó la emigración de los países "donde son deprimidos por leyes restrictivas". En ellas, la asociación montaba colonias agrícolas que arrendaba a los emigrantes. Aunque en su estatuto se aclaraba que las entradas de la sociedad "serán sólo para esta misión y no para los miembros de la asociación", cien años después más de un gaucho judío se queja aún de que los contratos eran leoninos.

La nueva diáspora

El crecimiento fue rápido. Si antes de llegar el Wesser había en Buenos Aires unos 300 judíos, los estudios indican que hacia 1940 ya sumaban unos 500 mil; el quinto puesto a nivel mundial.

La primera colonia que fundaron fue la Moises Ville, en el centro de la provincia de Santa Fe. Más tarde crearon una veintena de colonias más en otras provincias.

La población, sin embargo, se redujo desde entonces a la mitad. La causa principal fue la fundación del Estado de Israel en 1948. La segunda, el marcado envejecimiento de la comunidad por las bajas tasas de natalidad y la alta mortalidad.

Pero la gran disminución se generó en los setenta y, "contra todo lo que pueda pensarse -apuntó Della Pergola-, no fueron los atentados ni las agresiones recibidas los que expulsaron a la gente, ya que irse no es la reacción de esta comunidad".

No: simplemente la comunidad judía "busca los países de más alto nivel de desarrollo socioeconómico", explicó. Con esa idea, muchos se marcharon a Canadá y Australia.

Mate y Torá

El principio de la comunidad judía argentina fue difícil: las epidemias se llevaron a muchos niños. Pero siguió adelante, hasta lograr una rara amalgama de gauchos de piel blanquísima que hasta el día de hoy leen la Torá (con los 613 preceptos que rigen la vida del judío) y el Sidur (libro de los rezos), hacen tranqueras a hachazos, recorren grandes extensiones a caballo y al volver de la doma se sientan a matear en el patio y comer pan trenzado, mientras leen el Idishe Zeitung. Tras los rezos del viernes a la noche, dedican el sábado al Señor.

Uno de los ideales de aquellos gauchos que cavaban zanjas y alambraban cercos era tener hijos que estudiaran y se transformaran en profesionales. Hoy, esos hijos administran empresas, son médicos, abogados y viven en las ciudades.

Poder y religión

El trato que se dio a la comunidad judía desde el poder político ha sido diferente según las épocas y los gobiernos. En la década del cincuenta, la inmigración de ex criminales nazis durante la presidencia de Juan Domingo Perón puso un toque de alerta para toda la comunidad. Treinta años después, cuando muchos en el país aún no se habían percatado de ello, el periodista de Associated Press David Beard denunció al mundo que el régimen militar argentino había excluído a los judíos de los principales puestos en el gobierno, la diplomacia y las Fuerzas Armadas entre 1976 y 1983. Citó lo que después se conocería con detalle en la investigación de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep): relatos de sobrevivientes de los centros clandestinos de detención sobre el maltrato especial que recibían los judíos. En algunos casos, eran interrogados en salas adornadas con fotos de Adolf Hitler y Benito Mussolini.

Con excepciones -como la presencia del ingeniero Bernardo Bronstein como subsecretario de Energía Hidroeléctrica y Térmica-, en la política de esos años casi no entraron judíos. Esto cambió durante la presidencia de Raúl Alfonsín: Bernardo Grinspun asumió como ministro de Economía, César Jaroslavsky como presidente del bloque oficialista en la Cámara de Dipuatdos y Marcos Aguinis en la secretaría de Cultura, entre otros. Lo mismo ocurre en el actual gobierno. Desde entonces, aquella discriminación no se ha repetido.

El arte, la ciencia y la cultura también reconocen entre sus exponentes más célebres a miembros de la comunidad judía argentina, incluido el Premio Nobel de Medicina 1984, César Milstein.

Los judíos, sin embargo, fueron objeto de agresiones, profanaciones de sus cementerios y amenazas. Persistieron las fábulas antisemitas sobre conspiraciones, tales como el proyecto Andinia, para instalar una nueva Israel en la Patagonia, o mudarla al Brasil, y hasta traer más judíos rusos.

Por otra parte, también existen cuestionamientos a la vida interna de la comunidad. Según Beard, se llegó a perder el sentido del judaísmo en colegios y sinagogas, la vida social comunitaria sólo era destinada a clubes y centros culturales, y hasta la solemnidad del Iom Kippur había degenerado en una mera festividad.

Los atentados contra la embajada de Israel y contra la AMIAunieron en un comienzo a la comunidad judía argentina y reforzaron su identidad. Pero luego, distintas posiciones sobre cómo encarar el esclarecimiento de estos casos -ante la irresolución del Gobierno y la Justicia- la han sumido en disputas internas.

Dos viernes atrás, en el acto por la AMIA, una mujer enarboló el retrato de una víctima y gritó: "La colectividad judía argentina no va a desaparecer. Nuestros padres vinieron aquí para quedarse".

La memoria desde el abismo

Al borde del abismo, entre lágrimas y velas encendidas, nació Memoria Activa. Había un puñado de familiares llorando, y alguno rezaba ante el hueco inmenso donde un mes antes se levantaba la AMIA.

Era el primer aniversario, apenas 30 días después de la catástrofe. No había dirigentes, no había policías, no había nadie más que familiares de los muertos, amigos y unos cuantos periodistas, arremolinados, atraídos, horrorizados por el vacío que miraba como ojo ciego por el hueco del vallado.

Como en otras tragedias argentinas, habían quedado ellos, los damnificados directos, para reclamar justicia. Empezaron a juntarse los lunes en la plaza Lavalle, frente al Palacio de Tribunales, cuando el fuero federal aún estaba allí.

Persistieron, bajo frío o calor, sol o lluvia, incluso después de que el juez Juan José Galeano se mudó a Retiro con los demás tribunales federales. Aún hoy, unas 100 personas permanecen aglutinadas alrededor de Memoria Activa, básicamente familiares de las víctimas del atentado, amigos y allegados.

También católicos

No los reúne la religión, ya que entre ellos hay judíos y católicos, al punto que barajaron seriamente la posibilidad de pedir al obispo de San Isidro, monseñor Jorge Casaretto, que hablara en el acto del tercer aniversario, el 18 de julio último.

Fueron los miembros católicos los que se opusieron a esa iniciativa, en protesta por lo que consideran una desatención por parte de la jerarquía de la Iglesia hacia el desastre que han sufrido. Así, el sitio pensado para el obispo fue ocupado por el periodista Santo Biasatti.

Su política no es otra que reclamar el hallazgo de los autores del atentado y su castigo. Su discurso, necesariamente frontal, choca con el de algunos dirigentes de la comunidad judía, como Rubén Beraja. Se niegan, sin embargo, a entrar en peleas internas. Por eso se han llamado a silencio esta semana, y en su último acto, el lunes pasado, se rehusaron a leer un comunicado de un grupo rival a Beraja destinado a criticarlo.

Carecen de organización, cuadros o financiación propios de un partido. Ni siquiera cuentan con la estructura de una asociación civil permanente. En términos generales, sus miembros no tuvieron militancia política previa y afrontan problemas domésticos derivados de la tragedia de sus vidas: padres, cónyuges o hijos que no están. Pese a ello, el revulsivo acto de hace dos viernes y el discurso allí de Laura Ginsberg demostraron no sólo la independencia del grupo sino su audacia y el peso que ha ganado en la comunidad como vocero desenfadado de lo que muchos piensan.

Por lo demás, luego de mucho batallar, lograron ser reconocidos como parte querellante en la causa que lleva Galeano. La tarea está ahora en manos de Alberto Zuppi, quien, como abogado de la embajada italiana en Buenos Aires, consiguió la extradición del ex capitán nazi Erich Priebke.

Un proyecto acidentado

La verdad es un estado de conciencia. Suele ser adicionalmente un estado difícil de alcanzar. Cuando voló la sede de la AMIA, en 1994, en un primer momento se pensó que el objetivo pudo haber sido el archivo del Proyecto Testimonio, miles de documentos recopilados por el Centro de Estudios Sociales de la DAIA referentes a la difusión de ideologías nazifascistas en la Argentina y el ingreso de personas físicas de esas ideologías en el país al finalizar la Segunda Guerra Mundial.

El archivo milagrosamente sobrevivió a la explosión y la investigación continuó. Se anunció la publicación de una voluminosa recopilación de los documentos más importantes hallados para coincidir con la última Feria del Libro. Historiadores de todo el mundo aguardaban ansiosos el acontecimiento.

El trabajo fue liderado por Beatriz Gurevich, una historiadora secundada en la tarea por una comisión de notables conformada por prestigiosas figuras académicas tales como Carlos Escudé y Natalio Botana. "Empezamos un relevamiento sistemático, y para que fuese exhaustivo tuvimos que revisar papel por papel todos los archivos, porque el desorden es grande. Trabajamos principalmente en los archivos de Relaciones Exteriores, Migraciones y el Archivo General de la Nación", dijo Gurevich antes de que una tormenta política cayera sobre su cabeza hace poco tiempo.

En febrero, cuando Rubén Beraja adelantó a Carlos Corach una carpeta con las conclusiones del trabajo, se congeló el aire entre los mandos de la DAIA y la historiadora. Como un témpano, los separó un capítulo sobre extradiciones que formaba parte de la versión original del libro.

El capítulo contiene documentos referidos a las extradiciones negadas en tiempos recientes a los criminales de guerra holandeses Abraham Kipp y Jan Olij Hottentot, en los que aparece el nombre del entonces juez y hoy secretario general de la gobernación bonaerense, Alberto Daniel Piotti. La DAIA anunció que el capítulo se publicaría en un volumen aparte y postergó la salida del libro.

Poco después, el Proyecto Testimonio quedó acéfalo. Beraja dijo que problemas dentro del equipo de investigación habían precipitado el alejamiento de Gurevich. Pero una dura nota publicada en The Miami Herald el 17 de abril, que cuestionaba la entrega adelantada de las conclusiones del proyecto al Gobierno, puso al jefe de la DAIA en una incómoda posición frente a sus pares en las instituciones judías del hemisferio norte. Gurevich fue reinstalada a medias y puesta a cargo de una versión final del libro cuya publicación aún se espera.

Bajo Gurevich, el Proyecto Testimonio se convirtió en el relevamiento más importante de archivos históricos ocurrido en la Argentina: un total de 22.000 expedientes, algunos de los cuales rondaban los mil folios. Sus investigadores actuaron con una independencia académica absoluta que fue respetada hasta último momento por la jefatura de la DAIA.

Beraja integra hoy la comisión gubernamental que se acaba de formar para investigar el "pasado nazi" en la Argentina, similar a las que ya actúan en los otros países que también permanecieron neutrales en la última contienda mundial. Tiene al alcance de su mano los 22.000 documentos recopilados por el equipo de Gurevich.

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