
Una caricatura del liberalismo
Por Silvio Juan Maresca Para LA NACION
1 minuto de lectura'
Seguro de sus razones, el progresismo renueva en estos días sus embates. En España, con éxito: el matrimonio entre homosexuales, adopción incluida, acaba de ser sancionado por las Cortes y reviste, ahora, fuerza de ley. En la Argentina, con final incierto: un caso complicado abrió las puertas para que los pregoneros de la despenalización del aborto alzaran otra vez su voz estentórea.
Es difícil definir el progresismo. Fenómeno ideológico difuso, si lo hay, pareciera apuntar a una suerte de revolución cultural destinada a disolver lo poco que resta de la tradición de Occidente. El matrimonio entre homosexuales convierte a la familia en parodia. Lo mismo sucede con la despenalización del aborto respecto de la libertad individual.
El progresismo es hijo del pensamiento izquierdista. Durante largos años, a partir de su emergencia en tiempos de la Revolución Francesa, la preocupación central de las izquierdas fue la cuestión social, el combate contra la desigualdad, la miseria de las masas, la injusta distribución de la riqueza. Los debates más álgidos versaban, en todo caso, sobre las tácticas por emplear: violentas o pacíficas, la revolución o la reforma. A partir de la Revolución Rusa, esa cuestión mantuvo duraderamente separados al comunismo y a la socialdemocracia. Pero el objetivo fundamental era el mismo. Sin embargo, todo cambió después del oprobioso hundimiento del "socialismo real". El grueso de los ayer partidarios de la revolución violenta y de los defensores de la reforma pacífica parecen haber confluido en el progresismo. Sólo que mientras tanto unos y otros han olvidado la cuestión social, la transformación de la economía y la política en beneficio de los menos favorecidos para concentrarse en el universo simbólico.
El abandono de la cuestión social trajo consigo el desinterés por las grandes mayorías populares; el progresismo atiende exclusivamente a las minorías "transgresoras" del orden cultural. La igualdad concreta se desplaza hacia una abstracta igualdad jurídica. El hombre teórico en lugar del hombre real, de carne y hueso. Todo sucede como si las izquierdas -consciente o inconscientemente- hubieran llegado a la conclusión, en definitiva sensata, de que en el plano económico y político el capitalismo es, por ahora, imbatible y que, entonces, el único teatro de operaciones disponible es la cultura. Desacreditar los valores establecidos, bastardeándolos, para ver si así es posible volver a cuestionar alguna vez la integridad del sistema. Y de no serlo, descargar al menos el odio y el resentimiento producto de la derrota.
No descarto, sin embargo, que muchos progresistas crean de buena fe que despenalizar el aborto o legalizar el matrimonio homosexual sea, efectivamente, un progreso. Un paso adelante en la "emancipación del hombre", consigna que los conmueve. Y no un paso más en la decadencia de la civilización occidental, como de hecho lo es.
Nada más insoportable, en efecto, que los argumentos esgrimidos por el progresismo, curiosa mezcla de ignorancia, soberbia y atraso. Argumentos que, en el fondo, se reducen todos ellos a un trasnochado e hipertrofiado cartesianismo (con perdón del gran filósofo francés), o sea, a la suposición de una soberanía irrestricta de la conciencia individual, jamás postulada por el liberalismo en sus mejores expresiones. El progresismo es una caricatura del liberalismo.
Se entenderá, entonces, que no impugno las actuales banderas del progresismo desde una actitud reaccionaria o conservadora, sino desde una mirada crítica hacia una modernidad tardía y decadente que se resiste a morir, obstaculizando el surgimiento de lo auténticamente nuevo. Quienes conocen mis textos saben, además, cuán alejado estoy de posturas confesionales o, incluso, morales.
Pero basta haber leído alguna vez unas pocas páginas de Sigmund Freud para saber que las predilecciones sexuales no dependen de una libre elección del sujeto, sino que se cristalizan en la temprana infancia, con una inmediatez y fijeza mayores que las del instinto. En materia de atracción sexual nadie elige nada. El homosexual se ve tan inclinado hacia el propio sexo como el heterosexual hacia el opuesto, sin mediar deliberación alguna. No existe un sujeto puro, asexuado, pensamiento sin cuerpo, que sólo en un tiempo ulterior se determinaría libremente por comerciar con uno u otro sexo, como quien elige una marca de jabón en un supermercado (lo cual, dicho sea de paso, tampoco es tan libre como suele creerse).
La idea del yo como tribunal supremo opera también en el principal argumento en pro de la despenalización del aborto. Se sostiene que la mujer (esto es, su yo) es dueña absoluta de su cuerpo; por ende, posee plenos derechos para hacer lo que le plazca con el fruto de su vientre. Es su propiedad privada, cuyo eminente teórico, John Locke, jamás la pensó en estos términos, como es obvio. El argumento omite, por cierto, que la vida no nos pertenece. Al no ser ingénitos, en el límite, ni siquiera la propia vida, salvo frente a otros que procuren arrebatárnosla. Lo que quiero decir es que nadie es dueño de la vida; menos de la de otro. La vida nos trasciende. Nos crea y, a su debido tiempo, nos destruye. Ninguno de nosotros es un fin en sí, sino apenas un medio para el incansable devenir de la vida. El sujeto es la vida, no el yo.
El aborto es un crimen. Lisa y llanamente, un asesinato. El nuevo ser que se genera no pertenece a nadie, excepto a la vida. Que es más sagrada que el yo. Que ese nuevo ser esté dentro del vientre materno o fuera de él es mero episodio de un decurso vital. La diferencia entre la vida intra y extrauterina es puramente fenoménica e inesencial. La edad de una persona tendría que calcularse a partir de su gestación y no de su nacimiento; palabra, en verdad, mal empleada.
Fiel a su origen, el progresismo, antes que predicar el crimen programado, en términos que evocan al tétrico doctor Mengele, debería procurar que ninguna mujer carezca de los medios necesarios para criar dignamente a cuantos hijos la vida le prodigue. Pero eso, como bien se sabe, es un desafío más duro.
Para finalizar, vale la pena preguntarse qué panorama se dibuja en un futuro no tan lejano, de seguir las prescripciones del progresismo. Una sociedad de gerontes egoístas, preferentemente homosexuales, aferrados pertinazmente a la vida no tanto por vivir, con toda la intensidad que ello supone, sino sencillamente por no morir, para decirlo con palabras de Leónidas Lamborghini. Nada muy diferente de los últimos tiempos del Imperio Romano.




