
Una crisis entre Menem y la gente
En el día después del apagón la oposición coincidió en que no intentará construir un programa común hasta las elecciones presidenciales de 1999. Esa decisión reinstala el conflicto político en el terreno del propio Gobierno; esto es, en sus contradicciones internas y en su complicada relación con amplios sectores sociales. Antes del extendido apagón y de su breve alboroto, los dirigentes opositores habían ganado una batalla política. El oficialismo y la oposición debatieron en los medios de comunicación, durante todo el jueves, sobre los alcances posibles de la protesta, hasta que la gente común se metió en la controversia.
Muchos funcionarios siguieron esos cinco minutos de tensión desde las ventanas de sus despachos y algunos hicieron la más rápida encuesta posible: llamaron por teléfono a sus familias para que les contaran lo que veían y oían cerca de sus casas. El propio jefe del Gabinete, Jorge Rodríguez, estuvo entre esos curiosos a pesar de su posterior indiferencia.
Sin embargo, poco después la oposición pisó tierra firme. Por ahora competimos, sentenció la senadora Fernández Meijide para desactivar el discurso inflamado de los acólitos que reclamaban una pronta alianza con el radicalismo.
Si bien podrían continuar los gestos comunes de protesta, radicales y frepasistas llegaron a la conclusión de que nada los unirá en las elecciones legislativas de 1997. ¿Cómo mezclar en una sola lista de candidatos a legisladores a personas que provienen de dos agrupaciones distintas y competitivas? ¿Cómo, cuando no han definido cuestiones tan básicas como quién es hoy más importante que el otro?
El radicalismo es la segunda fuerza política del país, según la historia y su estructura partidaria. Con todo, algunos dirigentes frepasistas le cuestionan esa condición después de las últimas elecciones nacionales -en mayo del año último- cuando el viejo partido resultó tercero.
En una breve reunión entre Fernández Meijide y Federico Storani, el líder de los diputados radicales, se convino en que las particulares condiciones de las elecciones del próximo año (sólo se elegirá a legisladores) servirán para definir el liderazgo de la oposición, con miras a una alianza para enfrentar al peronismo en 1999. Competencia sin agravios, aconsejó Storani.
Si ése es el proyecto, el trabajo más duro le tocará al Frepaso, que deberá construir una organización nacional desde un partido con buenos antecedentes electorales sólo en los centros urbanos del país.
Chacho Alvarez y Fernández Meijide se han dividido la faena. El primero fatiga el interior del país y retiene los contactos con los dirigentes nacionales de las otras agrupaciones partidarias; persigue la instalación de su figura como referente nacional de la política. La Capital ha quedado en manos de la carismática senadora, que será elegida en los próximos días presidenta del Frepaso en el distrito.
No obstante, el eje del conflicto esencial pasa por la relación del Gobierno con amplios sectores sociales. El malhumor colectivo es lo que alentó a la oposición y provocó rebeldías dentro del propio oficialismo.
Pero las desventuras de adentro fueron compensadas por ciertos halagos de afuera. El jefe del Fondo Monetario Internacional, Michel Camdessus, estuvo en Buenos Aires y rodeó a Menem de elogios políticos y de afecto personal.
Poco antes, pasaron también por aquí importantes representantes de la banca privada extranjera y a éstos los cautivó, más que la lisonja a Menem, la averiguación sobre la voluntad política del Presidente de conservar su programa económico y de liderar a los peronistas. Sobre esas cosas hicieron insistentes preguntas a funcionarios y a dirigentes políticos.
Conociendo el mal talante de gran parte de los argentinos, Camdessus ensayó un análisis psicológico de la sociedad nacional y concluyó con una de sus habituales frases de ironía: Nunca se escribe el último capítulo de la ideología de los argentinos, se lamentó ante un Presidente aletargado.
Antes, el veterano líder del Fondo había examinado los datos de la economía nacional y resaltó que, después de 16 meses consecutivos de recesión, la Argentina había comenzado a crecer, tenuemente, desde abril último.
El Fondo sostendrá el esquema económico nacional y a los gobernantes argentinos actuales empujado por dos razones.
La primera: el gobierno de Washington no quiere ninguna sorpresa en América latina antes de noviembre, cuando el presidente Clinton deberá jugarse su reelección.
La segunda: la Argentina es el único país de la región que conjugó hasta ahora un programa económico bendecido por los sectores internacionales de poder con un sistema político de democracia plena; su caída demostraría también la inviabilidad de tal mezcla.
Roque Fernández no es mejor ni peor que Cavallo, pero es distinto. En la medida en que avanza su gestión van perfilándose también esas diferencias. Podrían señalarse tres matices distintivos básicos:
- Fernández rompió el frágil sistema de alianzas que Cavallo había fraguado con productores agropecuarios y empresarios industriales, fundamentalmente. La historia indica que el Gobierno necesita no sólo de un programa sólido y de un equipo eficiente para controlar la economía, sino también de un arco de alianzas que lo sostenga.
- Cavallo era un ilusionista ante la mirada colectiva, que convertía en océanos a unas pocas gotas de agua. Fernández es más sincero de lo que la política parece tolerar. Nada hay y nada promete.
- El programa de uno y de otro es el mismo, pero difiere la instrumentación. De ahí la sonora disidencia de Cavallo con las últimas medidas, cuando pidió que simplemente se aguardara la reactivación de la economía sin aumentar el gasto público.
Los diputados peronistas lo descolocaron a Menem antes de que transcurriera un semana de la filípica de Olivos; la ausencia de algunos de ellos hizo fracasar la sesión que debía aprobar el paquete de medidas económicas. El oficialismo ha recurrido a los santos conocidos y por conocer para pedirles que lo ayuden a que esas medidas sean aprobadas en la reunión de los diputados del próximo miércoles.
El Gobierno necesitará mostrar ante el Fondo Monetario que sesionará a partir del próximo 25 de septiembre, que ese paquete tiene por lo menos la media sanción de la Cámara más difícil. Si eso no fuera posible, la renegociación de la deuda externa (una necesidad elemental de la administración de Menem) se tornará una alternativa improbable.
El Fondo estará reunido además cuando aquí se concrete la huelga nacional de los sindicatos y su movilización imprevisible. El Gobierno mantiene diálogos individuales con los dirigentes sindicales, pero ha llegado a la conclusión de que el paro y su barahúnda son inexorables.
Un importante funcionario le llevó de parte de Menem un apurado plan de negociación a Lorenzo Miguel -el resucitado líder del sindicalismo-, pero éste se mostró desconfiado y desinteresado. El funcionario estalló en sus narices: Ustedes no lo querían a Cavallo, pero confiaban en él. A nosotros nos quieren, pero no confían en ninguno, le reprochó. El viejo caudillo metalúrgico lo despachó con pobres promesas.
Bauzá es el líder de las palomas en el trato con los gremios; aspira a negociar con ellos antes o después del paro, sin someterlos a la extorsión ni a las ofrendas. Sabe que su jefe no está preparado para conceder muchas cosas. Es el único camino que me queda, le acaba de responder Menem a su antiguo amigo cuando éste le pidió que atemperara las durezas de la economía.
Rodríguez, el jefe del Gabinete, está a la cabeza de los halcones. Elijan: o hay negociación ahora o no habrá diálogo después del paro, le adelantó a un importante líder sindical.
Menem vacila. Los límites de su poder se han encogido.






