
Una fea palabra siempre vigente
El Diccionario Planeta , cuyos fascículos entrega La Nación en sus ediciones de jueves y sábados, es tan actualizado que incorpora la palabra chanta . Dice que es una voz popular del habla de los argentinos y que significa "persona que gusta de aparentar conocimientos, relaciones e ideas". El diccionario define el concepto con sobria parquedad, pero como el vocablo alude a un rasgo esencial de la idiosincrasia vernácula, convendría entrar en detalles y explicitarlo con la sinceridad que los filólogos prefirieron pudorosamente soslayar.
El término chanta figura desde hace añares en los diccionarios del lunfardo porteño. Es un apócope de chantapufi , un arcaísmo de la jerga popular, tanto como el renacido chabón , que los jóvenes endilgan hoy a cualquier persona de sexo masculino y no necesariamente a la persona corta de entendederas, ingenua o despistada.
Ante todo, uno debe precisar que en la Argentina cohabitan, en perfecta armonía, variadas categorías de chantas y que muchos compatriotas denotan precoz interés y aptitud por integrar una de ellas. Por cierto, la mayoría ve frustrada su vocación y no supera el estadio de chanta barrial, de café u oficina. Como toda otra, esta subespecie cultiva un aire infatuado, de suficiencia, que le reporta un prestigio más o menos transitorio y escasos dividendos, quizás una mejora de sueldo. Socialmente inocuo, el chanta amateur no hace mal a nadie, excepto a ciertas muchachas incautas, adoradoras del packaging , de común más atraídas por el envase que por el contenido. Así les va.
Dado que los chantas ejercitan su seducción de manera harto curiosa (se muestran esquivos y displicentes, huelen a perfume caro y dicen que Borges es su escritor de cabecera), las muchachas incautas que caen en sus brazos terminan reconociéndose engatusadas por un falso taumaturgo y quizá cambiándole los pañales a un chanta del futuro.
Los otros, los temibles
Chantas de más gruesa calaña aparecen desde siempre enquistados en la función pública, en el ámbito académico, en las esferas del arte y de la cultura y en el mundillo del deporte y del espectáculo. Se tuvo referencia de jueces, abogados y médicos que desempeñaron esos menesteres sin acreditar título habilitante, y de falsos predicadores que clavaron su zarpa en el bolsillo de ingenuos feligreses. Fueron identificados "diputruchos" y en oficinas del Estado retozan todavía miríadas de apacibles "ñoquis", a menudo parientes de funcionarios suscriptos a la burocracia consanguínea, o sea, a la desfachatez del nepotismo. Asimismo, no son pocos los espurios contratos fiscales y los tejemanejes del contrabando perpetrados por chantas de avería, finos artífices de la coima. Son realmente peligrosos los chantas de esta estirpe: no sólo resultan contagiosos sino que convierten en melaza los basamentos éticos de una sociedad organizada.
Como contribución al enriquecimiento del idioma, el argentinismo chanta no es poca cosa. Pero más digno y para nada afrentoso resulta otro argentinismo, gauchada , que el Diccionario Planeta también incluye.




