Una historia de vidas posibles
Sobre EL FIN DE LOS DÍAS, de Jenny Erpenbeck
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La última novela de la alemana Jenny Erpenbeck, El fin de los días, comienza en los albores del siglo XX, con la muerte de una niña en una pequeña ciudad del Imperio austrohúngaro. A la carga de necesidad con que se impone este hecho se contrapone la lógica de lo posible, que abre el juego para imaginar cuatro presentes contrafácticos, situados en diferentes escenarios clave del siglo XX europeo: Viena, Moscú y Berlín Este, antes y después del Muro. Los tiempos se superponen, tejidos por el hilo brumoso de una historia familiar protagonizada por mujeres judías, que resulta inseparable del relato de la historia con mayúsculas en que se inscribe.
Bajo la premisa de que “todo habría podido salir también de otra manera”, la narradora de El fin de los días desarrolla un sinfín de conjeturas sobre las pequeñas contingencias que labran el peso de un acontecimiento tan perentorio como la muerte. Entre la materia vaga de lo que supo ser en el recuerdo, la inexorabilidad de lo que fue y la palpitación de lo que podría haber sido, la novela triangula su propia temporalidad.
La perspectiva escatológica que propone el título alude, a la vez, al fin de la historia y al final de los individuos, ya que lo particular y lo universal resultan, en la novela, intercambiables, y la muerte de una niña puede volverse “tan absoluta como todas las muertes”. La narración, en su conjunto, está puntuada por muertes violentas, accidentales, prematuras y naturales que tienen una función igualatoria y trastocan un supuesto orden genealógico. Los que murieron, en el universo de Erpenbeck, son presencias difusas, un poco fantasmales: un cuerpo invisible a través del cual se pasa al subir una escalera. Es la vida recordada, que vuelve al olvido ocasión de una pérdida de segundo grado. A lo largo del siglo, la protagonista asiste a una degradación paulatina de su historia, bajo el efecto aplanador de una época que termina por socavar el peso de su herencia.
La autora habla en esta saga familiar de la fugacidad del tiempo y la impermanencia de las cosas y las personas, con una escritura poética capaz de combinar reflexiones de tono metafísico con pasajes emotivos. Las atrocidades de la guerra, el antisemitismo o el terror estalinista son narrados de soslayo, a través de pequeñas situaciones que enseñan el mundo que las contiene, como la construcción de un tranvía durante la guerra, especialmente diseñado para transportar cadáveres cuando los carros de caballos ya no dan abasto. Los horrores del mundo exterior se cuelan en el ámbito de lo más íntimo para imprimirse en un rostro, cuyos rasgos pueden cifrar un acontecimiento aparentemente inconexo como la muerte de un emperador.
Es que, en la conciencia de los personajes de El fin de los días, todo está relacionado con todo y, extendiendo esta suerte de fisonomía al ámbito natural, los fenómenos climáticos pueden llegar a revelar sus estados anímicos, así como un orden de cosas más vasto, como cuando en plena posguerra, uno de los personajes transcribe con empeño fragmentos de la crónica de un terremoto porque descubre en ella un paralelismo exacto con el cataclismo del siglo.
En su libro anterior, La pureza de las palabras, Erpenbeck (Berlín, 1967) se situaba en un país nebuloso que evocaba la Argentina de la década de 1970 para narrar en primera persona la historia de una mujer que descubría que su padre biológico había sido asesinado por quien resultaba ser su apropiador. La búsqueda de la propia identidad, que era allí el eje central, en El fin de los días adquiere un cariz filosófico del que no está ausente la teología judía. Compelidas a hacerse de nuevo a sí mismas, madres, hermanas, abuelas e hijas protagonizan una novela con elementos autobiográficos (el personaje central está inspirado en la abuela de la autora), donde lo posible y lo actual se superponen en un mismo plano.
EL FIN DE LOS DÍAS
Por Jenny Erpenbeck
Edhasa
Trad.: Carlos Fortea
305 páginas
$ 365









