Una novela luminosa

Silvia Hopenhayn
Silvia Hopenhayn PARA LA NACION
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20 de mayo de 2016  • 01:24

No es fácil escribir con frescura sobre los males de este mundo. Se impone la narración oscura y seca, una sintaxis violenta, el verbo hiriente... Sin embargo, algunos escritores enfrentan el malestar con una prosa vital, que conjuga lo leído con la experiencia actual. Federico Jeanmaire es uno de ellos. Como Don Quijote, parece escribir "ensartando disparates", que es otra manera, tan gozosa como cuestionadora, de alcanzar el corazón de la humanidad. Quizá porque combina maravillosamente la reverberación de la lengua, su gusto por la literatura, con el impacto sentimental del mundo.

En los últimos tiempos, sus novelas, imaginativas y rítmicas, también se enlazan con problemáticas cotidianas, tan violentas como íntimas. Parecen escritas andando por las calles, tomando apuntes de los relatos que se deshacen como nubes en cualquier esquina de la ciudad. Desde fobias justificadas, como la invasión de palomas en Buenos Aires, hasta el atraco de un ladronzuelo a una viejita que lo encierra en su baño robándole su tiempo para contarle su vida. Como si Jeanmaire encontrara el lugar justo del presente donde despunta lo imperecedero. Sobre todo, cuestiones de amor o de injusticia.

Recién publicada, Tacos altos (Anagrama), es una novela del anhelo y la pérdida, del cambio y la despedida. Insisto, con frescor -y al tiempo, dolor o pena-, construye "un puente borroso que se dibuja entre el deseo de los vivos y la muerte de los muertos". Y ese puente es de humo porque, tomando una frase de la novela que bien podría ser su título: "El humo siempre tiene ganas de cielo".

Recién publicada, Tacos altos (Anagrama), es una novela del anhelo y la pérdida, del cambio y la despedida

La historia transcurre en un supermercado chino, presentes en nuestra vida diaria con nombres que parecen salidos del entendimiento ideal: "Amor", "Amistad", "Alegría", o del entendimiento imposible, como "Juntal" en la calle Juncal.

En la novela de Jeanmaire, Ling Jang Xian atiende el suyo y suele estar acompañado de su hija Su Nuam; ella no sabe del todo si es chica o china o ambas. Porque está cambiando, y su mundo está por cambiar para siempre. Se pregunta: "¿Realmente soy china? La mujer china obedece. Y yo lo hago. Sin embargo, ¿la mujer china se pregunta si debe o no obedecer? No lo sé. Si se lo pregunta, si tiene dudas, entonces soy china. Si, por el contrario, obedece sin preguntarse nada, convencida de lo que hace, entonces no soy china." Resuelve su identidad con lo que no comprende del castellano: la conjugación de los verbos. En la clase de lengua, se rebela o desentiende del tiempo pasado. Su actitud repercute en toda la novela, que tendrá un original modo transcurrir en presente. Además de elegir un tiempo –o rechazar un pasado-, ella saborea algunas palabras como si las tuviera en el paladar de su memoria. Y toma apuntes en un cuaderno donde se pregunta: "Quizá escribir sea eso. Una enorme máquina que funciona con recuerdos y que, dentro de su propio mecanismo interno, necesita recordar no sólo los hechos que suceden sino también palabras lindas, que la gente no utiliza demasiado" (sus preferidas son "antojo" y "merced").

No quisiera revelar la bella y dura historia de Nuam. Su devenir es tan delicado como secreta su fortaleza. A diferencia de las jovencitas punks y lesbianas de César Aira, en el supermercado de su novela La prueba, la joven Su Nuam enfrenta aquí saqueos e incendios.

Es, sobre todo, una novela de aprendizaje; ella crece entre chinos y patoteros. Mira, teme y odia. Pero como aprende, va anotando en su cuaderno: "Creo que existe una diferencia fundamental entre el susto del resto de los animales y el susto de nosotros, los seres humanos. Los animales tienen miedo de lo que les puede ocurrir, nosotros en cambio, tenemos miedo de lo que podemos ser capaces de hacer. Aunque parezca otra cosa, siempre sucede así. Y eso porque en el centro mismo del asunto están las palabras, justo en el centro." Su Nuam está creciendo y Jeanmaire la deja suelta, o al menos eso parece. La novela está escrita en primera persona. Su Nuam sigue anotando en su cuaderno, con precisión y sensatez: "¿Pero acaso no hay un límite para la obediencia a nuestros mayores? ¿Qué ocurre cuando esa obediencia implica, quizá, perder para siempre aquello que uno más quiere, aquellos mismos mayores a los que les debemos obediencia?"

La historia sucede en dos tiempos y lugares, con padres en Buenos Aires, y abuelos en China. Una historia de ida y vuelta (me recuerda el viaje sentimental de la novela Mitre de Jeanmaire).

La estadía con los abuelos es distinta que con los padres. Se habla menos y se mira más. En un paseo con su abuela por un bosque de bambúes, casi en silencio total, la relación transcurre de la mejor manera: "yo aprovecho para descubrir lo que no conozco y ella sólo responde a alguna pregunta que le hago para saber qué es aquello que estoy descubriendo."

Me detengo en esta última frase, limpia y luminosa como toda la novela.

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