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ANÁLISISSANTIAGO KOVADLOFF

Una obra clásica, en la actuación de la selección

Tres valores de la literatura griega se pusieron en juego con la actuación de Argentina en el Mundial

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El abrazo de Messi y Scaloni, dos líderes que marcan un ciclo histórico
El abrazo de Messi y Scaloni, dos líderes que marcan un ciclo históricoAníbal Greco / Enviado Especial
Santiago Kovadloff
Por Santiago KovadloffLA NACION
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Cuando el gol estremecedor de Enzo Fernández nos dio la victoria sobre Egipto, me asaltaron – vaya a saber venidos de dónde – tres conceptos de la literatura clásica griega que, a mi ver, calzaban cómodamente en la caracterización de este Mundial; un Mundial que todavía guardaba grandes incógnitas sobre su desenlace. Esos tres conceptos eran lo épico, lo lírico y lo dramático.

Lo épico remite a una fortaleza que no conoce desmayos, a una conducta que no se arredra ante la adversidad y que se empeña en alcanzar su objetivo aun en aquellos momentos en que todo parece indicar que su suerte ha quedado sellada en la desgracia. Épico, pues, es el espíritu de lucha.

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Lírica es esa voz que nos habla íntimamente, esa cercanía que linda con la familiaridad y que proviene del encanto ejercido sobre nosotros por aquellos por los que nos sentimos representados. Al actuar, al hacerse oír, su palabra parece buscarnos a cada uno de nosotros y, a la vez y misteriosamente, a todos. Gracias a lo que tan bien hacen, quienes despiertan tanta cercanía se encuentran a nuestro lado mientras mágicamente nos llevan adonde están, lejos de donde estamos.

Lo dramático nos ahoga el corazón, en la congoja, en la incertidumbre que nos niega la evidencia de un desenlace favorable. La áspera sombra de una derrota acorrala nuestra esperanza en el desencanto y parece haber decretado lo irreversible. En horas así, se diría, la adversidad, aspira a devorarlo todo.

Estos tres rasgos provenientes de la literatura clásica griega se me impusieron de pronto como distintivos de todo lo vivido por la selección nacional. Y, como vivencias de quienes, a lo largo de tantos días, la acompañamos haciendo nuestro cada encuentro que le tocó protagonizar.

Creo por eso que, en la historia del deporte mundial y por supuesto argentino, la actuación de la selección quedará inscripta como la de un auténtico clásico, en el sentido proverbial de la palabra.

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Pero hay más. Y lo hay – gracias al fútbol – más allá del fútbol. En una sociedad como la nuestra, que ha hecho del fracaso colectivo en órdenes esenciales una experiencia estancada en la reiteración, la odisea del seleccionado obra con fuerza reparadora. Se ha repetido hasta el cansancio que nos distinguen valores individuales que no encuentran su correlato colectivo. Se insiste en que somos, irremediablemente, abanderados de la fragmentación. La selección ha revitalizado el sueño de revertir ese diagnóstico. En primer término, porque demostró que el liderazgo eficiente puede prosperar unido a principios éticamente admirables. Lionel Scaloni como director técnico y Lionel Messi como capitán del equipo han devuelto a la figura del líder la posibilidad de despertar sana admiración y poder de representación. La idealización tiene, en casos como éste, fundamento en el ejemplo de conductas y declaraciones que sorprenden por su hondura y notable moderación. Lo advirtió un pueblo entero. Un pueblo entero lo reconoció. Un pueblo tristemente familiarizado con la demagogia, con las imposiciones de la corrupción, con la impunidad del delito, con la soberbia de los que mandan y el desprecio del adversario. La integridad floreció ante nuestros ojos perplejos y conmovidos.

Nada asegura sin embargo que el sentimiento de unidad nacional, si bien fortalecido no solo por los éxitos sino esencialmente por el espíritu de cohesión y de lucha de que dio pruebas la selección nacional, no se extinguirá tras las movilizaciones que seguirán al arribo al país de estos hombres admirables. Pero la evidencia de que es posible nutrirlo con ejemplaridad tuvo lugar. Y la mejor prueba de ello es que el reconocimiento de la selección ya colma todos los corazones argentinos, y ya quiere decir antes incluso de conocer el desenlace del partido de ayer.

No estamos ante una hinchada fervorosa. Es mucho más que eso: estamos ante una sociedad que con todas sus contradicciones ha dejado de estar hipotecada en el exclusivo desencanto con sus dirigentes. Esta ejemplaridad, al ser tan alta en el deporte, logró, en nuestro país, ser rotundamente cívica también.

En suma y como bien dijo un inglés inolvidable: “Nunca tan pocos hicieron tanto por tantos”.

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