
Una opción estratégica para la Argentina
Buena parte de la sociedad argentina parece ensimismada en el corto plazo y ello hace que casi no nos movamos en el plano del desarrollo. Estamos estancados y no se necesita recurrir a las estadísticas para demostrarlo. El estancamiento no solo es económico, sino también mental.
Estamos paralizados por la lógica binaria, que llamamos "grieta" y que amenaza con la destrucción de nuestro contrato social. Más del 30% de pobreza en la Argentina es inaceptable y la inédita situación de pandemia que estamos viviendo es una dolorosa muestra de esto.
La pandemia, además, nos está dando la oportunidad de reflexionar de donde venimos y hacia donde quisiéramos ir.
La Argentina es, desde hace mucho, un país excéntrico, en los dos sentidos de la palabra, geográfico y como modo de comportamiento social. Nuestra sociedad ha perdido el interés por la política internacional, sin comprender los costos que tiene el "retirase del mundo".
¿Cómo cambiar esta lógica? Quizás sea volviendo a pensar estratégicamente y animarse a mirar hacia adelante.
No todos los países piensan con visión estratégica. Europa parece estar olvidando el legado que les dejaran sus padres fundadores y los Estados Unidos no se resignan al advenimiento de un mundo multipolar. Hoy parece ser que solo la República Popular China está mirando al mundo en el largo plazo y como una oportunidad.
Igual que China en materia de pensamiento estratégico, la Argentina debe pensar cómo se va a insertar al mundo en los próximos 20 o 30 años. Vale en esto la reflexión de Séneca cuando decía: "no hay buenos vientos para los que no saben a dónde van".
Veamos, por ejemplo, el tema de la seguridad alimentaria como planteo estratégico.
Podemos decir que, junto al conocimiento y a la energía, los alimentos constituyen uno de los principales insumos estratégicos de las sociedades modernas.
Entre 1970 y 1980, la India corría el riesgo de tener hambrunas masivas. Los Estados Unidos, pensando estratégicamente, en plena Guerra Fría y a pesar que la India estaba cerca de la Unión Soviética, decidió crear, a través del Banco Mundial, los bancos de semillas, que permitieron realizar una revolución agrícola y evitar la hambruna.
Asia, el continente más poblado, en los últimos treinta años viene dejando atrás la pobreza y ha podido desarrollarse, demandando cada vez más alimentos y de mejor calidad. Pero el tema del hambre sigue siendo relevante en el planeta.
En África es donde la seguridad alimentaria parece estar en peligro. Particularmente en el llamado Sahel, compuesto por países semidesérticos, donde la agricultura es poco avanzada y que están cada vez más comprometidos por la violencia y el deterioro medio ambiental.
El Sahel tiene hoy cerca de 100 millones de habitantes. Las predicciones demográficas prevén que en 30 años, su población alcance los 210 millones de habitantes. Esto ocurrirá porque las tasas de natalidad superan el 3% anual y las de mortalidad vienen cayendo. Más aún, la tasa de fecundidad es de 7 niños por mujer.
La comunidad internacional está intentando -sin demasiado éxito- contener allí la violencia. Naciones Unidas está presente. Francia, la expotencia colonial, tiene una importante operación militar en la región.
Pero la comunidad internacional debería estar pensando también en cómo alimentar esa población y como emplear esos millones de jóvenes que ingresan y seguirán ingresando al mercado laboral. Es de tal magnitud este problema que sus efectos desestabilizadores se amplificarán.
La Argentina, más allá de la acción de nuestra diplomacia a través de las Naciones Unidas y de sus instrumentos, como la Agenda 2030 de Desarrollo Sustentable y del Sistema de Seguridad Colectiva, debería pensar en cómo contribuir en la búsqueda de una solución, de la manera que mejor sabemos: produciendo alimentos y tecnología adecuada y cooperando en el marco de la Cooperación Sur- Sur y triangular.
Nuestro país tiene serios problemas que resolver, pero si quiere tener protagonismo y ser dueño de su destino, no puede quedar afuera de contribuir a una solución a este problema. No solo por solidaridad, también por interés.
Tradicionalmente nuestra política exterior ha contemplado la ayuda alimentaria ante crisis internacionales como en los años 30 y 40, cuando se brindó alimento a la convulsionada Europa de entonces y, más cerca de nuestros días, a Haití, con el Programa Prohuerta del INTA.
Como país agro-industrial eficiente, con perfil exportador de alimentos, deberíamos estar además pensando en nuestros mercados futuros y en cómo atenderlo. Nuestra capacidad productiva, que no es poca, está limitada por la cantidad de tierra arable, el agua dulce disponible y por el nivel de la tecnología existente. La productividad de nuestro campo ha aumentado notablemente, gracias a la incorporación de tecnologías adaptadas a nuestro medio ambiente.
Las limitaciones son geográficas, pero contamos con una de las mayores reservas de agua dulce del mundo, como la hidrovía Paraná-Paraguay, el río Uruguay, el Acuífero Guaraní y el Delta del Paraná. Por otro lado, más de la mitad del territorio es desértico o semidesértico.
¿Por qué no pensar en conectar las dos mitades del país con una red de canales? Ello permitiría convertir los desiertos en vergeles. Puede parecer una utopía o un sueño. Se trataría de una obra técnica colosal, por su dimensión e implicancias financieras y que generaría muchísimo empleo directo e indirecto. Sería el mayor proyecto de infraestructura del país, quizá en toda su historia, más que el desarrollo ferroviario a fines del siglo XIX y comienzos del XX.
Ello aumentaría mucho la capacidad de irrigación y, en consecuencia, de producción agrícola y facilitaría su transporte fluvial. Recordemos que el transporte fluvial es dos veces más económico que el ferroviario y cuatro veces más que el terrestre.
Aumentar sustantivamente nuestra producción de alimentos, nos obligaría también a rever la manera como la comercializamos y transportamos, volviendo a contar con modernas empresas navieras y comercializadoras de alimentos, para cerrar un esquema virtuoso.
Para ello se requiere una política de estado, ya que implica un esfuerzo sostenido en el largo plazo y valentía política para proponerlo y cambiar la lógica de como miramos el futuro, para transformar el presente. Un objetivo concreto para la sociedad, que no solo permitiría el desarrollo en todo nuestro territorio, sino también poner a nuestro país en la vanguardia del "Pueblo Mundo", como llamaba Juan Bautista Alberdi a la "globalización", hace ya 150 años.
En suma, la propuesta estratégica incluye incorporar nuestro desierto a la producción agrícola, brindando trabajo genuino y permitiendo convocar el imaginario colectivo hacia un objetivo común, cambiando la lógica de nuestra sociedad y contribuyendo significativamente al desarrollo.
El "no se puede", dejaría de ser una opción para la Argentina, porque están en juego nuestro progreso y, quizás, la subsistencia misma de nuestra Nación.
Embajador de la República Argentina en la República de Serbia y en la República de Montenegro






