Una película que va más allá de la historia
Durante estos días se cumplieron 150 años de la caída de la Comuna de París. Confluían el aniversario histórico, la curiosidad cinéfila y la fortuna de que siguiera disponible online La commune, película del británico Peter Watkins que, con el auspicio del Instituto Francés en la Argentina, formó parte del Bafici de este año. Así que no dudé en sumergirme en las tres horas (la versión original es de cinco) de una experiencia audiovisual fuera de lo común. Porque ver La commune implica aceptar que, ante lo que allí se muestra y se dice, probablemente el piso cruja bajo nuestros pies.
En la obra de Watkins resuenan el distanciamiento brechtiano y la apuesta a un cine político tan preocupado por la experimentación estética como por la denuncia o la reflexión. La commune nos transporta a las convulsas jornadas que se vivieron en París entre el 18 de marzo y el 28 de mayo de 1871, pero lo hace sin apelar a la reconstrucción naturalista o al relato de peripecias.
Desde el vamos se exhiben las costuras: hay una escenografía, actores que nos miran a través de la cámara, una voz en off que presenta lo que va a ocurrir e incluso anticipa –por si los datos históricos no bastasen–el desastroso final que les aguarda a los communards. Sin embargo, tras esta aparente frialdad, con esos recursos narrativos tan ostensiblemente conscientes de sí mismos, Watkins logra transmitir la descomunal intensidad de aquellos días. Y los actores y actrices, en su mayoría no profesionales, nos hacen sentir palmo a palmo la furia, el cansancio, la desmesura, violencia, esperanza, rabia, dolor.
En varios momentos, la tela de lo que se cuenta se rasga aún más, y se introduce el presente. Vemos a una mujer del XIe arrondissement, el rostro tiznado de pólvora y la ropa rasgada por las piedras de las barricadas; esa mujer habla con otra, y lo que dice podría haber sido dicho en el siglo XIX pero también ahora mismo. Grita los estragos de la desigualdad, la cicatriz de algún hijo perdido, el peso adicional que siempre les toca a las de su género. Antes de las barricadas, en los días en que la Comuna recién nacida se debatía entre asambleas, entusiasmo y caos, esa misma mujer pedía un espacio, un tiempo, una trama social que al llamarla “ciudadana” lo hiciera honrando aquella fraternidad por la que tantos otros parisinos habían muerto en 1789.
Hay otra vuelta de tuerca: Watkins se toma sus licencias y recrea una cobertura televisiva. Están la TV Versalles y la TV comunitaria: ambas nos van contando su propia versión de lo que ocurre en los barrios sublevados de París. En el abismo entre ambas emisiones –en ocasiones risible; en otras, trágico– lo que asoma es la constatación de una falta. La certeza de que cada quien observa el mundo desde las restringidas lentes que su origen, experiencias y formación le han ido erigiendo sobre los ojos. Una variante insospechada del destino y sus mandatos: lo que vemos nunca será más que lo que esas lentes nos permitan ver.
La película cierra con lo que nos había anunciado en sus primeras escenas: la represión. Watkins, que no jugó con la sensiblería fácil de hacernos “encariñar” con algún personaje en particular, hace que el horror de las matanzas que siguieron al 28 de mayo sea particularmente letal. No muestra las fotos de comuneros muertos que incluyó Didi Huberman en uno de sus ensayos ni se regodea en la sangre –el film nunca se aleja de la sutil belleza del blanco y negro–; sin embargo traza una línea. Al menos para mí, luego de esta película será difícil pensar en ciertos encantadores lugares de París sin recordar que allí mismo, durante el corto de tiempo de una semana, más de 25.000 personas, incluidos niños, fueron fusiladas.
La commune pone el ojo en un hecho histórico, se permite horadarlo con el presente, y va más allá. Porque enciende preguntas, alumbra imágenes y nos recuerda que la ferocidad humana es tan descomunal como la incapacidad para reconocerla.







