
Una prueba de que el limbo existe
Resulta que el papa Benedicto quiere eliminar el limbo. Y ante la noticia, los inmigrantes africanos que saltaron la valla de Melilla bien podrían tomarse la cabeza para preguntar la más esencial de las cuestiones. O sea: "Y ahora, ¿qué será de nosotros? ¿Adónde iremos?"
Conversar con estos hombres es aventurarse en un mundo de dignidad y de silencio. Hablan lo justo, no dicen más, no se quejan. Y, si uno les mira la cara, ve allí no sólo el rostro de ébano sino, también, el mapa de un viaje de meses a través del desierto, a pie, como hace siglos, para llegar a la tierra donde lograr el dinero que los ayude a criar a sus hijos sin hambre. Y sin que las moscas les vuelen alrededor de la cabeza.
Con esas escaleras de ramas, saltaron la valla de Melilla hace un año, en octubre del año pasado. Seis de ellos murieron por balas de fusil militar; otros, se desgarraron tanto la piel con las púas del cerco que hoy el mapa del viaje casi podría leerse mejor en brazos y piernas.
Dicen que la tierra con la que soñaban se convirtió, en realidad, en un limbo. Llevan 365 días en un Centro de Internamiento "Temporal" (CETI), con una orden de expulsión impracticable. No salen de Melilla, no pueden ir a la Península, no tienen permiso para trabajar, la familia espera su dinero en Africa y ellos sólo tienen fracaso. Se jugaron la vida como valientes pero no tienen nada más que una cama en un lugar que mucho parece un limbo. Un limbo en plena tierra, en pleno Primer Mundo.






