Una señal de alarma para la región

Tomás Linn
Tomás Linn PARA LA NACION
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17 de enero de 2019  

El secretario general de la OEA , el uruguayo Luis Almagro, se quedó en diciembre pasado sin partido, que es casi como quedarse sin patria. Quien fue canciller durante los cinco años que gobernó Uruguay José Mujica , fue expulsado del oficialista Frente Amplio. Los motivos de esa expulsión alarman: son una muestra más del debilitamiento de las convicciones democráticas en todo el continente.

Almagro integraba el ala frentista liderada por el propio Mujica, quien además promovió su candidatura al cargo más alto del organismo interamericano. Fue expulsado porque desde que asumió la Secretaría de la OEA ha sido un consistente crítico de los regímenes venezolano y cubano.

Cuando en la década de los 80 fueron cayendo, una a una, las dictaduras militares de América Latina, creció la esperanza de que la democracia (tan esquiva en este complicado continente) había venido para quedarse. El nuevo milenio demostró que no fue tan así. Emergieron gobernantes populistas que en ancas de legítimos triunfos electorales actuaron como monarcas electos y prepotentes, muchas veces corruptos. Algunos se convirtieron en dictaduras lisas y llanas, como el régimen de Chávez - Maduro . Otros intentaron transformarse en tiranías civiles, siempre al borde de lo inconstitucional, como los Correa o los Kirchner.

Uruguay tiene un gobierno de izquierda desde hace 15 años y venía eludiendo esa tendencia. Mostraba que se podía ser "progresista" sin caer en el populismo, si bien Mujica actuó como un demagogo a la vieja usanza. Sin embargo, lo sucedido con el secretario general de la OEA se transformó en ejemplo del desprecio que influyentes grupos de izquierda tienen por la libertad, por las garantías individuales, el Estado de Derecho y la democracia. Es una pésima señal en un muy mal momento. Si bien la postura de Almagro es clara y necesaria, sus antecedentes como canciller hicieron pensar que tomaría otro camino. Sin embargo, pocos recuerdan que cuando en 2012 el Mercosur suspendió a Paraguay e hizo entrar a Venezuela por la ventana, Almagro aconsejó a Mujica a ser prudente respecto de una decisión que no tenía aval jurídico. Mujica, en cambio, se dejó presionar por el tándem Rousseff-Cristina Kirchner y con la excusa de que "lo político estaba por encima de lo jurídico" aceptó suspender a Paraguay. Muchos creyeron que, al verse desautorizado, Almagro renunciaría. No lo hizo.

Desde la OEA ha sido una voz inequívoca en la condena a Venezuela por la violación de derechos humanos y las libertades individuales. Reclamó por líderes opositores presos y proscriptos, y cuestionó la represión (con muertos) de las protestas callejeras y el cercenamiento de la libertad de prensa y de expresión. Todo eso es lo que no le gusta a un vasto sector del gobernante Frente Amplio.

La democracia es separación de poderes, es Estado de Derecho, libertades individuales, garantías para el ciudadano, libertad de expresión. El Poder Ejecutivo administra y gobierna, pero no tiene la suma de poderes. Así funciona una democracia constitucional moderna y liberal, republicana también, aunque en Europa las democracias más antiguas tienen monarcas como jefes de Estado.

Los militantes del partido que gobierna Uruguay dejaron en evidencia que poco importan las "formalidades" democráticas. Eso explica por qué el gobierno quedó solo en la región en su titubeante apoyo a Venezuela , una postura que pareció ser tomada a regañadientes por Tabaré Vázquez y su canciller. Sin embargo, a esta altura, presionados o no por los militantes radicales, se convirtió en una posición propia.

La expulsión de Almagro podría ser vista como un asunto interno de un partido entre tantos, en un país entre tantos. Pero confirma una vez más que en buena parte de América Latina la democracia se valora poco.

Periodista, analista político y docente uruguayo

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