Una visita a Norah Borges
Por Antonio Requeni (Para La Nación )
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HACE cinco años visitamos a Norah Borges en el departamento de su hijo Luis, en la calle Suipacha, para hacerle el que, creemos, fue su último reportaje. Se la veía ya muy frágil; su piel tenía ese tono traslúcido que caracterizó también, en la vejez, a su célebre hermano. Con un hilo de voz y como disculpándose, nos dijo su edad, noventa y dos años, mientras llevaba un pañuelo a sus ojos claros, permanentemente húmedos.
La anciana estaba rodeada por algunos de sus cuadros con los característicos rostros de ángeles, envueltos en suaves gamas de rosados y celestes. Le recordamos que su hermano dijo una vez: "Norah pinta ángeles porque los ve". Respondió, balbuceante: "Yo no pintaba solamente ángeles, también niños y adolescentes que veía por la calle. Por supuesto, me impresionaban los que tenían caras angelicales".
Azoteas y zaguanes
Norah nos contó que cuando era pequeña le gustaba hojear los libros de arte de la biblioteca de su padre. Su hermano leía mientras ella contemplaba las ilustraciones. Las vocaciones de ambos ya estaban marcadas. A sus quince años, cuando la familia residía en Ginebra, el padre la anotó en l´Ecole de Beaux Arts, donde fue alumna del escultor suizo Maurice Sarkisof. Pocos años después se establecieron en la isla de Mallorca y ella pintó en un hotel de Palma, frente a la gótica capilla de San Miguel Arcángel, un mural que representaba a un grupo de payesas (mujeres mallorquinas) con los pies desnudos y cántaros en la cabeza. Fue su primera obra importante.
Recordó luego los días vividos en Sevilla y Madrid. En la primera ciudad, el hijo del pintor Romero de Torres, impresionado por su belleza, le escribió una poesía, pero fue en la capital española donde conoció al que además de escribirle versos le propuso matrimonio: el ensayista y crítico literario Guillermo de Torre. Al regresar a Buenos Aires, ella y su hermano descubrieron las azoteas y los zaguanes, de los que él habló en sus versos y que ella utilizó como escenario de sus composiciones pictóricas. Norah siguió pintando y expuso en Amigos del Arte y otras galerías porteñas. Al mismo tiempo ilustró ediciones de libros de poetas como Jules Supervielle y Juan Ramón Jiménez. Comentó que a este último lo había conocido en una playa de Santander. Juan Ramón estaba con García Lorca, amigo de su marido. "Juan Ramón y Federico eran maravillosos, pero mi hermano no hizo amistad con ellos."
Pintores de ángeles
Norah expresó que entre sus pintores admirados se hallaba, en primer término, el Beato Angélico, y entre los argentinos, Raúl Soldi: dos pintores de ángeles, como ella. Del frailecito de Fiesole sólo había visto las obras del Louvre, pues nunca visitó a Florencia. "De Italia únicamente conozco a Verona y Venecia, donde estuvimos cuando yo tenía dieciséis años. ¿Ve ese pequeño florero? Lo compró mi madre en Venecia y todavía está conmigo."
Ante nuestro interés por saber cómo eran sus padres y su hermano en aquella época, Norah, ya con signos de fatiga por la charla y el esfuerzo para concentrarse y recordar, nos dijo que nunca se llevó mal con su madre pero ésta tenía preferencia por el hijo varón. "En cambio mi padre me prefería a mí." Evocó después la casa de la calle Serrano, que ya no existe, en la que nació, y su paso por la Escuela de Lenguas Vivas, donde su padre era profesor de psicología en inglés. "Con Georgie éramos muy compañeros: él estudiaba en un colegio de la calle Santa Fe, pero el resto del día lo pasábamos en casa. Mi hermano siempre estaba leyendo."
Asistía a la entrevista su hijo Luis y en determinado momento se incorporaron tres de sus nietos. Norah informó que además de Luis tenía otro hijo, Miguel, y en total siete nietos. A uno de ellos, Isidoro, le gustaba escribir. Otros preferían el fútbol. Le preguntamos si seguía pintando y nos respondió que no lo hacía desde quince o veinte años atrás. "Ya no puedo porque me tiemblan las manos y me lloran los ojos. Además, no puedo salir a ver exposiciones."
Tras esas melancólicas palabras, y al advertir su cansancio, su voz cada vez más vacilante y trémula, nos despedimos. Bajamos los cuatro pisos hasta llegar a la calle, ya sin casas con los zaguanes y azoteas que impresionaron a Norah y a Jorge Luis cuando regresaron de Europa. Tampoco encontramos rostros demasiado angelicales.
Antes de viajar a Ginebra para morir, Borges escribió: "Yo viví en una ciudad que también se llamaba Buenos Aires". Su hermana le sobrevivió más de diez años, detenida en la memoria de aquella ciudad y rodeada por los ángeles con los que seguramente ahora, entre delicados colores, continuará dialogando. © La Nación


