Reseña: Jellyfish, de Carlos Godoy

Nicolás Mavrakis
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26 de mayo de 2019  

La literatura política nunca neutraliza las inquietudes de su época, ni con las amenazas paralizantes del miedo ni con las fantasías improductivas del entusiasmo. En ese sentido, Jellyfish, de Carlos Godoy (Córdoba, 1983), anclada en la todavía irresuelta legalización del aborto en Argentina, es tan política como literaria, y avanza varios casilleros por encima de etiquetas comerciales instantáneas como la de "literatura feminista".

La novela es política porque su protagonista, Yakie Dorayaki, una chica de diecinueve años que narra los días desde que descubre su incipiente embarazo (su "jellyfish", su diminuta "medusa") hasta que lo "interrumpe" con una dosis del fármaco Misoprostol, discute las certezas aparentemente absolutas tanto de quienes están en contra del aborto como las de quienes están en favor. Pero también es literaria porque para que este mecanismo funcione, Godoy logra encender una voz femenina tan verosímil y estridente como despiadada. "La única clase a la que le importa el aborto es la clase media progre, que lo usa como bandera contra el Estado, contra la hegemonía de la derecha que ganó el sentido común", piensa Yakie.

En medio del proceso mental y físico a través del cual reconoce su voluntad, cuestiona su feminismo (y el de su madre) e investiga cómo abortar sin otra ayuda que una línea telefónica y la suerte, Yakie insiste en escribir "para hacer terapia conmigo misma". Y lo que se oye es lo mejor de Jellyfish: los alaridos caóticos del sexo puestos en una situación inminente de vida o muerte, mientras el Estado insiste en demorar la ley y el orden.

Jellyfish

Carlos Godoy

Tusquets

218 páginas

$ 669

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