Ventajas de la diplomacia profesional

Alberto L. Daverede Para LA NACION
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30 de diciembre de 2009  

"La palabra es a favor de Brasil" ( "The word is in favor of Brazil" ). Con esta breve sentencia, algo enigmática, el presidente Cleveland, por boca del subsecretario de Estado Edwin F. Uhl, adjudicaba a Brasil, el 5 de febrero de 1895, a las 15.5, los 30.621 kilómetros cuadrados sometidos al arbitraje del mandatario norteamericano y que para nuestro país integraban el territorio de Misiones. Una extensión algo superior a la de Bélgica (30.528 km2).

Las negociaciones habían sido conducidas por dos magníficos contendientes: Estanislao Zeballos, por la Argentina, y José María da Silva Paranhos, barón de Río Branco, por Brasil. Ambos, brillantes hombres públicos. El primero, gran orador y jurista, catedrático, diplomático y hasta novelista, llegó a ser canciller de tres gobiernos. El segundo, profundo conocedor de la historia diplomática, fue mantenido como ministro de Relaciones Exteriores por cuatro gobiernos sucesivos y jugó un papel decisivo en el reconocimiento de los límites de Brasil. Verdadero héroe nacional, se le atribuye la consolidación de la soberanía de Brasil sobre una extensión de 900.000 km2. No en vano se ha dado su nombre a la escuela diplomática de su país natal.

Excedería el espacio disponible la descripción de las reclamaciones territoriales de ambas partes. Remitimos para eso a la excelente obra de nuestro excelso colega fallecido Luis Santiago Sanz. Nuestro objetivo es destacar un aspecto del proceso que merece ser tenido en cuenta y que apunta a la aparente disparidad de sustento documental con que contaron una y otra parte, debida al apoyo con que contó la delegación brasileña frente a las carencias de la parte argentina. Según apuntó el entonces consejero de embajada Víctor Lascano, Estanislao Zeballos, en el informe que elevó el 8 de febrero de 1895 al Ministerio para explicar las causas que habían provocado la pérdida del arbitraje, destacó "la fatal desorganización de nuestros servicios diplomáticos".

En contraste, Zeballos acota: "Brasil ha cosechado el fruto de la tradición diplomática de su Ministerio de Relaciones Exteriores, conservada con inteligencia y perseverancia por más de 40 años, a través de todos los cambios" .

A los tres días de conocido el fallo, el 8 de febrero de 1895, LA NACION, en un editorial en el que lamentaba el resultado, invitaba a aprovechar las enseñanzas que "manan de lo acaecido" y afirmaba: "No hemos hecho el debido esfuerzo para formar una falange de diplomáticos de escuela, colocando de ese modo nuestra representación exterior arriba de los caprichos del acaso y de los vaivenes del espíritu partidista". Más adelante, sostenía: "Todo el celo, a menudo todo el talento de nuestros diplomáticos, no podía reemplazar la experiencia que una larga preparación profesional proporciona a los del oficio".

Transcurrido más de un siglo, es válido preguntarse si esas enseñanzas han sido tenidas en cuenta. Justo es reconocer que, desde hace varias décadas, nuestro país se encuentra empeñado en la formación de un cuerpo diplomático profesional, que se ha consolidado con la creación, en 1963, del Instituto del Servicio Exterior de la Nación. Este es "el organismo único de selección, formación e incorporación del personal para el cuerpo permanente activo del Servicio Exterior de la Nación?" (ley 20.957, art. 81).

Vale la pena recordar que fue un equipo encabezado e integrado por diplomáticos de carrera el que condujo, junto con la imprescindible y valiosa asistencia de otros organismos técnicos, el arbitraje que adjudicó a nuestro país la zona conocida como Laguna del Desierto, en el caso entre nuestro país y Chile, cuya sentencia se dio a conocer el 21 de octubre de 1994.

Sin embargo, aún estamos lejos del grado de institucionalización y profesionalización alcanzado por Brasil, donde tanto el canciller como las máximas autoridades de Itamaraty, así como la totalidad de los embajadores en el exterior, son funcionarios de carrera.

El presidente Lula da Silva ha dado un gran impulso al profesionalismo. En una alocución pronunciada en la sede de la cancillería brasileña, el 7 de mayo último, durante la celebración del Día del Diplomático, afirmó Lula: "A veces, llegar al cargo máximo lleva 38 años, 40 años. Las personas pasan esperando la vida entera para tener un cargo importante y cuando entra un nuevo gobierno coloca a un político derrotado en el lugar del embajador. Eso parece fácil, pero a mí me parece que no hay nada más importante para valorizar y motivar la carrera que garantizar la fluidez del tiempo que las personas tienen para ocupar sus cargos. Esa fue una lección que yo tuve entre el primer y el segundo mandato" (la traducción es responsabilidad de quien escribe). Allí mismo anunció la creación de 400 nuevos puestos para diplomáticos de carrera.

Los resultados de la profesionalización en la instrumentación de la política exterior de la nación brasileña, que comenzó ya antes, con el Imperio, están a la vista. Brasil ha incrementado su peso relativo en el concierto de las naciones, y todavía va por más.

Por nuestra parte, mucho se ha avanzado y mucho queda por hacer. Las numerosas designaciones políticas en la categoría de embajador -que la propia ley del servicio exterior califica de excepcionales- y su ubicación en los más altos cargos en el exterior en nada contribuyen a motivar y a valorizar la carrera, como dijo el presidente Lula.

Tal como lo expresó la presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, en la reciente ceremonia de toma de juramento de fidelidad a la Nación y a la Constitución nacional de los funcionarios de las promociones XLI y XLII del Instituto del Servicio Exterior de la Nación: "El ejercicio de la carrera diplomática exige una gran versatilidad, pero, por sobre todas las cosas, una gran convicción: saber siempre que estamos representando los intereses de nuestro país, de nuestra gente, de nuestra cultura". En suma -agrego, por mi parte-: una preparación y una responsabilidad que deberían ser confiadas a quienes han consagrado su vida a tan grande desafío. ©LA NACION

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