
Vidas grises de escritores famosos
Por Félix de Azúa El País
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El interés por la vida de los escritores es cosa reciente. Fue la extravagancia de algunos poetas como Byron y Shelley, sus sonados fracasos amorosos y triunfos sexuales, quizá también una muerte trágica y ruin lo que incitó cierta incipiente novelación de la biografía de los escritores.
Diría que el primer éxito biográfico acerca de un novelista fue el extenso trabajo de Quentin Bell sobre Virginia Woolf. Después de aquello, las biografías de novelistas no sólo abundan, sino que obtienen una excelente acogida. La de Henry James (Leon Edel), la de James Joyce (Richard Ellmann), la de Camus (Herbert Lottman), la de Nabokov (Brian Boyd), la de Orwell (Gordon Bowker), por citar sólo las que recuerdo, han sido afortunadas de crítica y lectores.
Lo singular es que muchos de estos escritores, si no todos, llevaron vidas vulgares, monótonas, aburridas, a veces miserables. Se entiende la pasión que pueda inspirar una biografía de Trotsky, de Garibaldi, del coronel Lawrence: todos ellos vivieron episodios curiosos, aventuras famosas, experiencias perversas o magníficas, dignas de nuestra consideración, pero ¿y Josep Pla, por ejemplo? Tras la victoria de Franco, el escritor ampurdanés llevó una existencia perfectamente sórdida. Y, sin embargo, es esta última parte de su vida la que ha elegido Arcadi Espada para escribir una biografía memorable. Es justamente lo oscuro y tenebroso de los años de tedio lo que hacen de la biografía de Pla un caso ejemplar, de una lucidez cegadora.
Lo mismo podría decirse de otra gran biografía recién aparecida, la de Jaime Gil de Biedma, por Miguel Dalmau. He aquí otro caso de existencia común y corriente, la de un señorito catalán que no hizo nada remarcable en esta vida, excepto escribir los versos más emocionantes de la posguerra española. Si en Pla lo fascinante es su lucha contra la miseria moral y civil en la que se hundió desde que dejó de respetarse a sí mismo, en el caso de Jaime Gil es el alargado suicidio con el que se fue destruyendo mediante empresas sexuales cada vez más desgarradas y canallas que le eran imprescindibles para soportar la inutilidad de su vida adulta.
Que a los españoles comience a interesarles la vida, casi siempre vulgar, de sus escritores y que aparezcan biógrafos capaces de mostrar el recorrido moral de estos personajes es una novedad que nos ayuda. Bien es cierto que se ha dado ahora una vuelta de tuerca y se ha inventado la ficción biográfica. La deslumbrante ficción biográfica The Master , de Colm Tóibín, es una obra maestra sobre los últimos años de Henry James.
Inexorablemente, algunos ídolos como Thomas Mann y André Gide retroceden hacia la oscuridad, en tanto que Henry James avanza cada día hacia el centro de la luz. No sólo Tóibín: también David Lodge ha novelado el final de Henry James. Esta coincidencia sólo se explica por la ejemplar experiencia, el calvario de un hombre en el que muchos han de verse retratados.
Es en verdad significativo que nos interesemos por estos escritores sin vida aparente. Lo inmenso de sus obras es que en ellas aparece en su más cruda verdad la insignificancia de las vidas normales... y su grandeza. No es sólo que ni a Proust ni a Joyce ni a James les sucediera nada remarcable, si exceptuamos curiosidades de urinario: es que hicieron todo lo posible para que no les sucediera absolutamente nada. Y lo magnífico de estas biografías noveladas es que muestran la trabajosa estrategia que empleamos, ellos y nosotros, para ocultar nuestra desesperación y fastidio. Ellos escribiendo, nosotros leyendo.
Hay una siniestra escena en la vida de James que se me aparece como metáfora exacta de lo que trato de explicar con estos torpes balbuceos. Le sucedió en esos años últimos que relata Tóibín. La única mujer con la que tuvo alguna intimidad, Constance Fenimoore Woolson, se suicidó en Venecia en 1894. Por una cadena de azares, James se vio en la obligación de acudir a la residencia de su amiga para ordenar sus escritos, las cartas (muchas eran suyas y aprovechó para destruirlas), los libros y otras pertenencias de la difunta. La casualidad quiso que le cayera encima la triste tarea de deshacerse del ropero de Constance. Ningún convento, orfanato o institución benéfica quiso hacerse cargo de las ropas de una suicida. No podía ni quemarlas ni arrojarlas a la basura. Decidió, al cabo, hundirlas en un lugar muy apartado de la laguna veneciana, con la ayuda del gondolero particular de la muerta.
Debió de ser espeluznante. Decenas de enormes faldones, miriñaques, corpiños, calzas, bufandas, manguitos, albornoces, camisones, refajos, enaguas, esparcidos por la laguna, mientras el sol se apagaba en el horizonte. Y allí, sobre la góndola, como insectos malignos, el novelista desesperado, hundida la cabeza entre las rodillas, y el gondolero, que trataba de sumergir los restos fantasmales de una mujer cuyo rastro, aroma y roce luchaban por subsistir aullando desde las aguas insultos y maldiciones contra aquel espantado, desolado animal, cuya tarea en este mundo no era otra que dar sentido a situaciones como aquella que le había tocado en suerte vivir y transfigurarlas en obras de arte.




