
Violencia no es sinónimo de juventud
Por Norberto H. García Rozada
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Al parecer, las próximas elecciones todavía les provoca más interés a los políticos, a los encuestadores y a los periodistas que al grueso de los porteños. ¿Será correcto, pues, el pronóstico de que la mayor parte de la ciudadanía decidirá su voto dentro mismo del cuarto oscuro?
Mientras tanto, las exageraciones siguen yendo y viniendo. Uno de los candidatos no quiso ser menos que el adversario que prometió un policía en cada intersección porteña y, a su turno, anunció que todos los vecinos llegarán a tener un boca del subterráneo a no más de cinco cuadras de su casa. Ambos alardes redujeron la bíblica multiplicación de los panes y de los peces a la magnitud de un poroto.
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Pausa y al meollo de la cuestión. Aspiraciones y encuestas al margen, la ciudad sobrellevó un acontecimiento singular a lo largo del fin de semana último. Ese festival musical en el estadio de River Plate cuya realización planteó que en ciertas oportunidades la libre expresión artística puede entrar en conflicto con el derecho de vivir en paz.
Hombre de temperamento conciliador, Pérez no tiene inquina por ningún género musical en particular. Y aunque no comprende el mensaje transmitido por algunas de las infinitas variantes del género, admite que el rock ha signado musicalmente hablando la segunda mitad del siglo XX. Negarlo sería una necedad. Pérez no quiere sacar patente de necio.
Tampoco lo asustan los desbordes de entusiasmo que suele provocar. ¡Que va! ¡Si no es novedoso! Perdura en su memoria -¿1956?- el recuerdo de los pasillos de las plateas de los cines Monumental y Gaumont atestados de parejas que en la semipenumbra bailaban suelto mientras las pantallas vibraban con el ritmo estruendoso de Bill Haley y sus Cometas.
Pero se resiste a aceptar que la simple presunción de torpes comportamientos colectivos obligase a poner en virtual estado de sitio a casi todo un barrio, confinado a sus vecinos y hasta dejado sin su boda a una novia afligida.O que una sarta de disturbios le haya dado penosa confirmación a esos temores.
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Pérez rechaza la sinrazón de la existencia de una endemia de violencia como facilista explicación de esa temporal demencia juvenil colectiva. Le provoca lacerante alarma que el alcohol -¿no está prohibido vendérselo a menores de 18 años?- y otros estimulantes aún más perversos hayan circulado a raudales bajo las narices mismas de 1200 policías.
Al Pérez de marras le queda un consuelo: el desdichado ejercicio de la violencia no es imputable a todos los jóvenes. Ese mismo sábado y ese mismo domingo, otros muchos miles de ellos volvieron a colmar, igual que siempre, los campos de deportes del país.





