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Coronavirus

Virus y crisis social. ¿Hacia dónde van los Estados Unidos de Donald Trump?

María Paula Etcheberry
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13 de junio de 2020  • 00:00

Apenas 8 minutos y 46 segundos alcanzaron para sumir a Estados Unidos en el caos. La muerte del ciudadano afroamericano George Floyd a manos de un agente policial blanco el pasado 25 de mayo desató una ola de protestas contra el racismo que abarcaron desde pacíficas manifestaciones masivas hasta violentos saqueos, incendios y choques con las fuerzas de seguridad.

Lejos de apaciguar las tensiones, el estilo de liderazgo confrontativo del presidente Donald Trump contribuyó a profundizar aún más la polarización preexistente en la sociedad norteamericana, que también enfrenta el desafío de combatir la pandemia del coronavirus , junto a las perjudiciales consecuencias económicas que la crisis sanitaria trae aparejada. Nada de todo esto sucede en un año irrelevante. En solo cinco meses, Trump buscará su reelección.

¿Cómo terminar con las tensiones y la polarización, cuando el propio gobierno las alienta? ¿Cómo canalizar los reclamos de un sector de la sociedad que aparece huérfano de representación, en pleno año electoral? ¿Podrán las instituciones del sistema político norteamericano soportar las tensiones y la conflictividad creciente? ¿Cómo impactará el caos interno en el plano externo? ¿Puede un Estados Unidos que parece haber perdido el rumbo ceder aún más su dominio internacional ante el ascenso de China?

Con la polarización exacerbada por la respuesta agresiva de Trump a los reclamos de opositores y afroamericanos, la tensión interna crece. Es probable que la conflictividad continúe, aunque el peso histórico de las instituciones estadounidenses es una reserva esencial para sortear esta creciente conflictividad. La situación interna tendrá su correlato en el plano internacional, donde la política exterior cortoplacista de Trump puede hacer que el país pierda aún más terreno en un escenario global también convulsionado, tanto por la pandemia de coronavirus como por la presencia de otros líderes de similar tendencia populista.

Aunque el racismo no es una novedad y tiene profundas raíces históricas que trascienden a Trump, sí lo es la reacción del gobierno estadounidense ante la irrupción de las tensiones raciales. En una postal inédita, una Casa Blanca militarizada y blindada apagó las luces ante la amenaza de los manifestantes. Los uniformes camuflados de los agentes de la Guardia Nacional poblaron el Lincoln Memorial, ícono de Washington DC, y lugar donde Martin Luther King Jr. pronunció su famoso discurso "I Have a Dream". Fue la primera vez desde 1968, cuando asesinaron al reconocido líder por los derechos civiles de los afroamericanos, que la capital estadounidense decretó el toque de queda.

" Los sectores anti-Trump ven a un presidente que no responde a sus demandas y sube la apuesta constantemente en forma agresiva. Trump construye política desde la división. Pone el dedo en la llaga sobre divisiones que ya existían. Con Obama o Bush también había polarización. Los partidos se inclinaban cada vez más hacia la derecha y a la izquierda. Pero había liderazgos moderados y responsables, más tradicionales, que intentaban apaciguar los conflictos", observa Juan Negri, doctor en Ciencia Política y profesor en las universidades Torcuato Di Tella (UTDT) y San Martín (Unsam).

Con la polarización incrementada, lejos de terminar, este podría ser solo el primer capítulo de una larga serie de conflictos y tensiones sociales. Para un Trump que cimentó su éxito electoral en 2016 sobre el enfrentamiento y la división, la cercanía de las elecciones alienta aún más su estilo confrontativo. Tanto, que Twitter censuró un mensaje suyo en la red social por "incitar a la violencia".

"La campaña está tiñendo esta situación. A Trump le conviene inclinarse por la mano dura, para presentarse como el candidato del law and order . Le permite tapar una respuesta desordenada y caótica frente a la pandemia y consolidar su propia base conservadora. Aprovecha la violencia en las protestas para demostrar que tiene razón: hay una situación de desorden con infiltrados de izquierda en las marchas, y solo él puede poner orden. Con Trump echando más leña al fuego, y la profunda oposición de los sectores juveniles anti-Trump, es muy factible que las tensiones sigan", señala Negri.

Hacia los extremos

¿Cómo surgió la polarización preexistente, de la que Trump saca tanto provecho? En los últimos años, el Partido Republicano apeló al voto evangélico y conservador. Mientras tanto, los demócratas hicieron pie en los sectores urbanos progresistas y cosmopolitas. "Hubo un sector de trabajadores afectados por un proceso de desindustrialización muy fuerte, sumidos en la inestabilidad y la informalidad, abandonados por el Partido Demócrata", apunta Negri.

José Bordón, exembajador de la Argentina en Estados Unidos y Chile, director del Observatorio de EE. UU. en el Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI), agrega: "Trump ha expresado la frustración de un sector que tiene un sentimiento de autonomía y destino americano con una visión más aislacionista y ultranacionalista. Muchos de ellos estaban desencantados con el establishment político demócrata o republicano".

Una manifestante frente a un auto de policía en llamas en Los Ángeles, el 30 del mes pasado
Una manifestante frente a un auto de policía en llamas en Los Ángeles, el 30 del mes pasado Fuente: AP - Crédito: Ringo H. W. Chiu

"Representa a sectores medios y medios bajos, que han percibido que el país se había recuperado de la crisis de 2008, pero también que ellos tenían menos empleo y menos expectativas futuras. Trump se fortaleció frente a su constituency [quienes lo votaron] por haber impulsado un crecimiento del empleo con medidas proteccionistas. Sus votantes esperan que el empleo se recupere cuando pase lo peor de la pandemia. Son sectores que también creen que China y la inmigración son los culpables de los empleos perdidos, y que las minorías reciben ventajas en detrimento de ellos", dice Bordón.

Sin embargo, la economía pasó de ser uno de los aspectos donde Trump exhibía éxitos a un problema serio, con un desempleo que en abril alcanzó 14,7% y marcó un récord desde la Gran Depresión. Es una caída que no afecta a todos por igual. Según la Bureau of Labor Statistics, el mes pasado el desempleo presentó una leve mejoría con 13,3%. Pero, para mayo de este año, un 16,8% de afroamericanos no tenía empleo, en contraste con el 12,4% de los blancos. A esto se agrega que los afroamericanos son más afectados por el coronavirus, enfermedad con más de dos millones de contagios en EE. UU. Así, economía y pandemia contribuyen a profundizar aún más la grieta existente. Y agregan una capa extra de descontento en un sector que no se siente escuchado.

El propio Trump se nutrió de una crisis de representación y de un desgaste del establishment político. Pero, incluso siendo un líder outsider , no busca canalizar los reclamos que los jóvenes afroamericanos y otros sectores que se oponen a sus políticas están expresando.

"La política en general está con problemas de representación de una sociedad que es cada vez más diversa, con un sistema sin partidos políticos que profesionalicen e interpreten esas demandas, y una clase política que en general defiende sus propios intereses. Eso también le ocurre a Trump, cuya excentricidad evidencia aún más esto. Outsider o insider , la política no está a la altura de lo que está aconteciendo en las sociedades", explica Lourdes Puente, directora de la Escuela de Política y Gobierno de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Católica Argentina (UCA).

Aunque la tensión crece, los especialistas consideran que las instituciones estadounidenses cuentan con una tradición histórica que las hace fuertes y capaces de soportar los conflictos. "El estilo de Trump es prepandemia. Es un liderazgo que crece en el enfrentamiento y en la creación de enemigos. Cualquier tema sirve al propósito de tensionar e incrementar la grieta. Es un discurso además moralizante: se siente en el lugar del bien. Las instituciones y el partido hacen que no siempre pueda llevar a los hechos tanto fundamentalismo", indica Puente.

Donald Trump, con la vandalizada iglesia episcopal St. John detrás, el 1° de junio en Washington
Donald Trump, con la vandalizada iglesia episcopal St. John detrás, el 1° de junio en Washington Fuente: AFP - Crédito: Brendan Smialowski

Salud democrática

"Las instituciones de Estados Unidos muestran cierta salud democrática. Los gobernadores han resuelto a veces distinto que su presidente, las manifestaciones son posibles, la prensa se anima, hasta Twitter lo enfrenta. La fortaleza del sistema institucional de EE. UU. es mucho más relevante que los extravíos de un presidente", completa Puente.

Los problemas internos tienen su correlato en el plano externo. Frente a la sombra del ascenso chino, Trump coloca la mirada en el adentro por sobre el afuera, en lo bilateral por sobre lo global. Su política exterior se torna cortoplacista. Mientras favorece el repliegue estadounidense de organismos internacionales importantes, como la Organización Mundial de la Salud (OMS), de la cual se retiró recientemente, China puede ocupar con mayor claridad el espacio vacío que deja.

"Trump tiene un sesgo transaccional, que privilegia lo bilateral y el corto plazo. Ningún líder con este sesgo puede estar interesado en construir orden a nivel global. Estados Unidos se retiró de la OMS, abandonó el acuerdo con Irán, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU y la Unesco. Es la doctrina de la retirada. Y mientras Trump cede espacios, China intenta ocuparlos, de a poco, pero con una voz cada vez más clara. Occidente va a seguir siendo fundamental en el orden internacional, pero vamos a un orden más plural, a una globalización más descentrada, y esto va más allá de Trump", observa Federico Merke, director de la maestría en Política y Economía Internacional de la Universidad de San Andrés (UdeSA).

Para los especialistas, no es nueva la tendencia a la pérdida relativa de poder y hegemonía estadounidense en la arena internacional. Pero el escenario interno actual, signado por la polarización y por el enfoque cortoplacista que Trump impone en la política exterior de un país que supo liderar a Occidente desde hace décadas, acentúa aún esa tendencia.

"La situación interna en Estados Unidos está profundizando una tendencia que ya venía mostrando el gobierno de Trump, marcada por el repliegue de Estados Unidos del orden liberal internacional y el aumento de temas sobre los cuales discutir con China. A un Congreso dividido y a una sociedad polarizada y más desigual, se suma ahora una crisis económica de proporciones y un resurgimiento de tensiones raciales que vuelve a mostrar problemas muy de fondo que Estados Unidos no termina de resolver. Estos desafíos internos están consumiendo la atención de Trump, pero al mismo tiempo generan una política exterior más reactiva, de corto plazo e impulsada por la búsqueda de ganancias internas más que de liderazgo global", agrega Merke.

Por supuesto, también juegan factores más estructurales y sistémicos, que van más allá del propio Trump. "Hoy Estados Unidos no es un país hegemónico. Es uno de los dos países más importantes del mundo, dentro de un escenario de multipolaridad. No es el único responsable del desorden global, hay una crisis de liderazgos en el marco de un cambio de paradigma global que no ha sido interpretado bien por líderes e instituciones", apunta Bordón.

Merke coincide: "Hoy los liderazgos en general están absorbidos por demandas internas, sea Trump, Johnson, Merkel o Xi Jinping. Trump no es causa de lo que estamos viendo, es el síntoma de un orden global que hace rato perdió el equilibrio".

Una manifestación en repudio del asesinato del afroamericano George Floyd a manos de un policía blanco cruza el puente de Brooklyn
Una manifestación en repudio del asesinato del afroamericano George Floyd a manos de un policía blanco cruza el puente de Brooklyn Crédito: Bryan Smith/Zuma/DPA

Populismos

Estados Unidos no es el único país con este tipo de liderazgos polarizantes. Se trata de un fenómeno más amplio, presente también en Europa y en América Latina. Aunque con diferencias, en el Cono Sur el presidente brasileño Jair Bolsonaro comparte características con Trump. "Ambos tienen un discurso outsider y antipolítica, que profundiza las divisiones", sostiene Negri.

Al tratarse de un fenómeno mundial, Occidente, y en particular Europa tienen también parte de la responsabilidad en esta crisis de liderazgos, vinculada a la pérdida de los valores tradicionales de Occidente, como la democracia liberal.

"Estados Unidos, para bien o para mal, encabezó el rol de líder de Occidente, sobre todo después de la caída del Muro de Berlín. El tipo de liderazgo y la conflictividad que estamos viendo en ese país efectivamente contribuyen al declive de Occidente. También la Unión Europea muestra falencias a la hora de mostrarse como defensora de esos valores. Hay países dentro de la UE que no son democracias, como Hungría y Polonia. Y la UE no ha hecho nada frente a eso", afirma Negri.

La sombra de China

La alternativa que ofrecería un liderazgo internacional chino no es necesariamente tentadora para Occidente. "En Occidente podemos criticar hechos como la violencia policial y la tensión racial. China, que es quien viene a disputar su liderazgo global, tiene bastantes problemas en evidenciar valores atractivos como para competir con los valores que proclama Occidente. Tiene dificultades para explicar la censura interna, el ocultamiento, la hipervigilancia. El desprestigio de Estados Unidos no tiene una contrapartida atractiva", advierte Puente.

¿Puede este contexto de polarización en medio de la conflictividad social y el repliegue del poder norteamericano en el orden global conducir al fin de Trump? La respuesta no es clara. Una incógnita importante será si los sectores afroamericanos y jóvenes concurrirán masivamente a las urnas. "Una alta movilización de jóvenes y afroamericanos yendo a votar podría perjudicar a Trump y determinar que pierda estados clave", sostiene Negri.

" Las protestas, represiones, inequidades y xenofobia generan una movilización de esos sectores a participar y votar en contra del candidato republicano. Seguramente la estrategia electoral de Trump busque desalentar esa concurrencia electoral. El tema es cómo van a reaccionar los sectores indecisos, preocupados por la violencia de las protestas, pero también por los excesos en la represión o por la agresividad del mensaje", señala Bordón.

A cinco meses de las elecciones, y en plena pandemia, aún queda un largo camino por recorrer, incluso cuando importantes figuras republicanas, como Mitt Romney o George W. Bush, criticaron a Trump. "La crítica de figuras de peso del Partido Republicano lo debilita, aunque lo afecta mucho menos que a un candidato tradicional. Habrá que ver cuál es la situación sanitaria, económica y de empleo más cerca de las elecciones. La moneda aún está en el aire", afirma Bordón.

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