Coronavirus: vivir en reclusión, el nuevo semblante de nuestra casa

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5 de abril de 2020  

Los niveles de expansión planetaria alcanzados por el coronavirus tienen un solo precedente: el del calentamiento global, que enferma a la Tierra desde hace décadas sin que se le conceda la atención que requiere.

Es que la forma en que esta última afecta todas las manifestaciones de vida, incluida la humana, cuenta aún con muchos negacionistas. La peste, en cambio, cada vez, con menos. Y en lo que hace a nuestra especie, no contempla excepciones. Actúa en todas partes. Al mismo tiempo, de la misma manera y con idéntica crueldad.

En estas circunstancias, quien da testimonio de lo que le ocurre habla más que de sí mismo, sea cual fuere el lugar en que se encuentre. La destrucción de lo que hasta hoy fuera previsible es mundial.

Vayamos a nuestra aldea. Al describirla, quizá digamos algo no solo de quienes estamos en ella.

Si la calle se ha vuelto extraña, agobiada por un silencio que no cede y un vacío sin igual, no menos extraño se ha vuelto nuestro hogar. Ni ella ni él son ya lo que fueron. Ya no estamos donde siempre. Un modo de vivir ha colapsado. La tragedia arrasó nuestras costumbres. Las inhabilitó. Lo previsible se ha vuelto incierto. ¿Qué día es hoy, si todos los días son el mismo día? ¿De qué vale llamarlo lunes o jueves o domingo, si lo que hacemos en uno es poco menos que idéntico que lo que hacemos en otro?

Tanto nuestra casa como su entorno se han alterado sustancialmente. Poco a poco, a medida que se prolonga la reclusión, nos vamos dando cuenta del desafío ante el que estamos. La peste es la raíz de esa mutación medular. El afuera de la casa pasó a ser tierra de nadie, lugar de acechanzas, escenario del peligro tanto como del vacío. Salir es arriesgarnos a perder la salud, cuando no nuestras vidas. En cada cuadra recorrida puede asaltarnos el mal.

Resignificación del espacio

Quedarse en casa, sin embargo, ya no es estar donde estuvimos hasta que estalló la pandemia. El significado de nuestra casa cambió. Nos resistimos a dejar de llamarla nuestra pero su significado de siempre se ha visto vulnerado por una brutal adversidad. Hemos cambiado y ella ha cambiado. Fue una casa de donde se podía salir y adonde se podía regresar. Ya no lo es más. La interacción con ese afuera, ahora vedada, desnaturaliza el semblante habitual de lo que hasta allí fuera nuestro. Estamos confinados donde, hasta hace unas horas, éramos libres. Esta reclusión forzosa no es la del monje de clausura: no la hemos elegido. Tampoco la del delincuente que cumple prisión domiciliaria: no hemos caído en manos de la ley. Es, en cambio, la reclusión de quienes han caído en manos de la fatalidad.

Si no podemos salir tampoco podemos permanecer como lo hacíamos cuando salir era posible y natural. La casa, a fuerza de ser nuestro espacio exclusivo y excluyente, comienza a convertirse en algo extraño. Si la calle ya no es nuestra, tampoco puede seguir siéndolo, en un sentido habitual, la casa que habitamos. Hay entre la calle y la casa profunda interdependencia. Alterado el sentido de una, se altera el de la otra. No sin dramatismo, nos vamos dando cuenta de nuestro encierro.

No es posible sin embargo ceder la última palabra a esta creciente ajenidad que afecta lo más íntimo. También empezamos a aprender a combatirla con templanza, sentido común e imaginación. Nos hemos aislado, es cierto. Pero lo hemos hecho para asegurarnos el reencuentro venidero con la normalidad perdida. Por lejano que se muestre todavía, solo la visión de ese horizonte indispensable puede infundir un carácter provisional a la reclusión que nos ha sido impuesta. Necesitamos aprender a concebirla como momentánea por más que se prolongue. Pero a esa espera, si la queremos consistente, hay que nutrirla de sentido y no solo de resignación. Solo así le daremos sustento y la podremos soportar.

Esa fe en un porvenir no distante que nos redima de este presente no está ni debe estar reñida con el realismo. Para preservarnos hemos tenido que perder, en gran medida, nuestra vida cotidiana. Y muchos, con desesperación, la posibilidad de ganarse el pan, de hacer lo que siempre hacían. Hay actividades primordiales, requerimientos imperiosos que al ser desatendidos por un uso anormal de las horas, convierten a nuestro hogar en una prisión agobiante, en un infierno de demandas sin respuestas personales y de las que el Estado, en este contexto, va teniendo que hacerse cargo.

Una vez más, el oportunismo político ha querido obtener su rédito de las circunstancias. No faltó, en tal sentido, el funcionario de turno interesado en asegurar que la conmovedora cita nocturna que tiene lugar en ventanas y balcones de todas las provincias argentinas es en lo esencial un gesto de reconocimiento hacia el presidente de la República. Ese gesto hacia Alberto Fernández estaría motivado por el acierto con que viene procediendo en algunos aspectos fundamentales del resguardo de la salud de la población.

No es así. Y el hecho de que así no sea no implica subestimar los aciertos del Presidente, allí donde los hubo, en lo relativo a la conducción política de esta durísima prueba. Seamos justos y seamos realistas: Alberto Fernández no está haciendo más que cualquiera de los que a diario se juegan sus vidas consagrándose al cuidado de las nuestras. Está, al igual que ellos, cumpliendo con su deber. Dudo mucho que sea él quien lo ignore. Dudo mucho que desconozca que el aplauso es para quienes no vacilan en entregarse a sus responsabilidades asistenciales, sanitarias y clínicas. Y que ese aplauso que no le está dirigido acaso sea el mejor reconocimiento político que él puede lograr en estas circunstancias.

En cambio y complementariamente, es al presidente de la Nación y, por su intermedio, a la mal llamada clase política a quienes están dirigidos los cacerolazos que reclaman a los funcionarios del Estado que sean también ellos los que se desprendan de parte de sus ingresos en favor de una atención más esmerada de los contagiados.

Se trata, en suma, de proceder con ejemplaridad allí donde lo exigen las circunstancias y a fin de que las más altas investiduras del Estado no sigan perdiendo fuerza simbólica ni valor representativo.

Una pedagogía inusitada nos convoca como aprendices y no tolera disidentes ni privilegiados. Nuevas reglas descalifican a las que nos rigieron hasta aquí. Nuestros deseos deben subordinarse a nuestros deberes. Estamos sitiados. Quien no lo entienda se arriesga y nos arriesga a todos.

La enfermedad y la muerte por contaminación han vuelto a golpear a nuestra especie. La imposibilidad de fijar una fecha terminal a su vigencia genera grandes desafíos psíquicos y hasta filosóficos. Entre ellos, el de vernos sin descanso con quienes comparten nuestra casa. Hacerlo no es saludable. Por más entrañables que nos resulten. Necesitamos cierta privacidad diurna y no solo nocturna. Aislarnos ya no solo de nuestros conciudadanos en la calle, sino también de nuestros familiares en el hogar. No se trata de intolerancia ni de cautela clínica. Se trata de sensatez. Viéndonos sin pausa, dejamos de vernos. Oyéndonos sin cesar, dejamos de escucharnos. Aun en estas condiciones de extrema reclusión compartida es preciso hacerle lugar a la privacidad de cada cual consigo mismo.

La imaginación, como digo, está llamada en estos casos a darnos su respaldo. Cada uno sabrá qué requerirle para que ese fortalecimiento interior tenga lugar.

Ni siquiera quienes viven sin compañía frecuentan su soledad habitual. Las imposiciones de la pandemia rigen incluso para ellos. Insisto: suprimido el afuera, el adentro deja de ser lo que fue también para aquellos que no lo comparten con otros.

Puentes solidarios, de balcón a balcón

Todo, todo se ha alterado. Todo se ha convertido en un nuevo mundo en este planeta devastado. Lo previsible ya no lo es. Lo imprevisible extiende su dominio incluso sobre lo que hasta hoy parecía inabordable para él.

¿Dónde estamos? ¿Dónde debemos aprender a estar? Estas no son sino dos de las preguntas que ponen de manifiesto los desafíos de esta hora ingrata, saturada de desventuras. Pero a la vez y en la medida en que es ineludible, este es también un momento propicio para templarnos en esa forma paradójica de la solidaridad, que consiste en no vernos, en no buscarnos como lo hicimos hasta ayer. Y en saber que estamos mancomunados en esa decisión.

Las salidas nocturnas a ventanas y balcones en todas las ciudades del país y también en muchísimas del mundo, los aplausos que celebran a los guardianes de la salud que arriesgan su propia existencia en favor de la nuestra, el griterío solidario con que, en la oscuridad, se tienden puentes entre los aislados, proponen escenas y escenarios inéditos y memorables, al menos en la Argentina. Son la expresión de un ejercicio diario de comunión entre quienes comparten un mismo confinamiento y quieren, no obstante, hacer de él algo más que una condena. La fraternidad colectiva se expande así a través del silencio diurno y se encarna en ese instante de fervor nocturno. Una fuente renovada de resistencia y de sentido nos ayuda, noche a noche, a enfrentar esta dura adversidad. La casa de todos renace en ese aplauso y fortalece la vida en la casa de cada uno.

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