¿Y usted, a cuál médico elegiría?
Hagamos un ejercicio de imaginación. Llegamos a un hospital con síntomas de una grave enfermedad. En la recepción nos presentan una disyuntiva. Las dos opciones son conducidas por médicos de excelencia. Una es un médico de la década de 1920, con conocimientos e instrumentos de ese tiempo. La otra es un médico de la actualidad con los conocimientos e instrumentos de nuestro tiempo. Solo 100 años separan ambas opciones. ¿Qué pasó en esos 100 años? Muy simple: el asombroso avance de la ciencia. Mientras que en la década de 1920 el enfoque médico era reactivo y limitado a los conocimientos del momento, hoy la medicina es predictiva, personalizada y altamente tecnológica.
Hoy tenemos antibióticos, antivirales, quimioterapia, inmunoterapia. Hoy tenemos vacunas contra: la polio, el sarampión, la rubéola, las paperas, la hepatitis B, la tos convulsa y vacunas de ARN mensajero para el Covid-19. Las enfermedades son hoy comprendidas celular y molecularmente. Globalmente, la expectativa de vida ha aumentado en forma considerable. Los progresos alcanzados por la ciencia han sido extraordinarios y justifican elegir al médico contemporáneo. Esa elección es, al mismo tiempo, un reconocimiento involuntario del enorme valor de la ciencia para la sociedad.
El cúmulo de conocimientos de los que hoy dispone la medicina para abordar los desafíos de las enfermedades no ha sido solo producto de la ciencia orientada específicamente a su estudio. El conocimiento generado por ciencia “no orientada”, llamada generalmente “básica” o “fundamental”, ha sido esencial para el desarrollo de las estrategias con las que hoy se tratan muchas enfermedades. Por ejemplo, el descubrimiento del método del hibridoma para producir anticuerpos monoclonales transformó la manera de diagnosticar y tratar enfermedades, y fue un extraordinario aporte a la lucha contra el cáncer. Fue un logro del científico argentino y premio Nobel César Milstein (1927-2002), conseguido en su esfuerzo por comprender el tema de la génesis de la diversidad de anticuerpos.
Resulta altamente sorprendente, y muy inquietante, que algunas personas que elegirían sin dudar al médico contemporáneo ataquen a la ciencia basándose en desinformación, teorías conspirativas y confusión entre duda legítima y negacionismo. La anticiencia, como se denomina a este ataque, es un conjunto de actitudes, discursos y prácticas que rechazan, desacreditan o distorsionan el conocimiento científico, no mediante crítica racional o debate informado, sino apelando a creencias, ideologías e intereses políticos o económicos. La negación del cambio climático y el rechazo a las vacunas son, actualmente, los movimientos más fuertes de la ola anticiencia.
El terraplanismo es el caso más extremo y absurdo de la anticiencia moderna. La anticiencia no es un fenómeno exclusivo del mundo contemporáneo. A lo largo de la historia, cada avance significativo del conocimiento científico encontró resistencias que no siempre se debieron a la ignorancia, sino a conflictos con sistemas de creencias, estructuras de poder o cosmovisiones consolidadas. Uno de los casos más citados en la historia es la condena que la Inquisición impuso a Galileo Galilei (1564-1642), por sostener la idea de que la Tierra giraba alrededor del Sol (heliocentrismo) y rebatir la teoría vigente en ese momento (geocentrismo). El heliocentrismo no era rechazado por falta de evidencia, sino porque contradecía una concepción del mundo profundamente arraigada, respaldada tanto por la tradición aristotélica como por la autoridad religiosa.
En el período que va de 1940 a 1960, la genética mendeliana y sus practicantes fueron perseguidos en la Unión Soviética. El estalinismo consideraba a esa disciplina incompatible con su ideología. Este episodio de anticiencia institucionalizada tuvo consecuencias devastadoras para la agricultura y la investigación biológica en la Unión Soviética. No existe mejor vacuna contra la anticiencia que una ciudadanía que entiende a la ciencia como una empresa humana con fortalezas y limitaciones y que, a través del pensamiento crítico que caracteriza al método científico, desarrolla una racionalidad analítica y emancipadora ante el engaño. ¿Y usted, a cuál médico elegiría?
Profesor emérito de la Universidad Nacional de La Plata, académico de número de la Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria


