
A solas en el Mont St. Michel
Por Francisco Feldberg
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De otros viajes por Francia siempre había sido un destino especial, pero había quedado fuera de los itinerarios. Finalmente concreté el objetivo tan deseado: Mont Saint Michel.
El tren de alta velocidad (TGV) nos había dejado puntual en la estación de Rennes, y allí un ómnibus moderno y panorámico nos internó en las tierras normandas, con vistas de campos sembrados, floridos, que rodeaban pequeños pueblos de casas con tejados grises y paredes de ladrillos a la vista.
En determinado momento una exclamación dio lugar al emocionante ejercicio de prestar atención a un punto en particular en el horizonte. Allí, casi disimulado entre altos y viejos árboles aparecía el familiar promontorio tantas veces disfrutado en distintas fotografías, pero ahora era diferente, era real.
Me acerqué al parabrisas del ómnibus y mientras llegaba a la costa no dejaba de fotografiar cada cambio de luz, cada nueva perspectiva.
Finalmente, recorriendo el istmo de dos kilómetros que la separa del continente, la majestuosidad de la villa medieval, coronada por la antiquísima abadía (sus orígenes se remontan al siglo VIII) se imponía rodeada por un mar calmo y espejado con los tintes violáceos del ocaso. Pasaríamos la noche en una de esas bohardillas techadas con pizarra del lugar, y como la gran mayoría de los turistas ya no estaba, la relación con la ciudadela y sus callecitas empedradas y tortuosas sería íntima y daría lugar para dejar volar mil fantasías, nada difícil en un lugar que resistió en varias ocasiones el ataque de las flotas inglesas sin ser vencidas sus murallas ni una sola vez.
Aumentó el placer de recorrer la periferia almenada mientras la noche tendía un manto azul oscuro sobre la escena. En ese preciso momento había comenzado a iluminarse cada torre, cada tejado y mansarda. La abadía (cerrada hasta la mañana siguiente) se iluminó de celeste y parecía más empinada que nunca teniéndonos como niños embobados, mirando allá muy arriba, en la punta de la alta aguja gótica, aquel San Miguel dorado que con su espada vencía al mal encarnado en un dragón rendido a sus pies.
La mañana llegó con la bruma para envolver el peñasco y reflejarlo en la marea alta (dos veces en 24 horas), hora de desayuno y rodeo por fuera de las murallas para captar con las lentes el despertar del gigante. Luego, apenas abierta la enorme puerta, la abadía fue mostrando sus orígenes románicos, su paso al gótico más tarde, y en una sucesión de columnas, arcos y vitraux pudimos recorrer ese bastión occidental que por siglos conservó los valores culturales heredados de los clásicos.
Lo que no lograron los ingleses lo consiguen los miles de turistas que durante el día ingresan sin tregua por el portal de la ciudadela, cual invasión moderna. Por eso es el momento indicado para dejar atrás, recortada sobre el mar, la silueta empinada del Mont Saint Michel.
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