
Altamira revela la vida de hace 14 mil años
La nueva cueva-museo, melliza de la original, reproduce pinturas rupestres realizadas en el paleolítico superior
1 minuto de lectura'
SANTILLANA DEL MAR, España (El País, de Madrid).- De pronto, el visitante se encuentra ante una enorme boca de unos cien metros cuadrados que enmarca la luz del día; de la boca hacia fuera, el cielo y los abedules, una sensación de frescura, de expansión... y de aventura. De la boca hacia el interior, una sensación de refugio, una grata penumbra, una expresión de descanso. Esto sucedía hace catorce mil años.
El visitante, incrédulo, revisa sus anteriores impresiones e ideas acerca de las cavernas, de la oscuridad, y echa una mirada alrededor, intentando ordenar sus nuevas sensaciones. Y en ese momento la vida de hace catorce mil años aparece repentinamente ante sus ojos: hombres, mujeres, niños y ancianos primitivos haciendo su vida cotidiana, el día a día de la vida en una cueva del paleolítico superior. El visitante queda suspendido entre la sorpresa y la curiosidad. Ha comenzado la visita a la neocueva del Museo de Altamira. Santillana del Mar (Cantabria) está situada en una amplia, suave y extensa hondonada que, paradójicamente, la priva del mar que lleva en el apellido. En esta zona de suaves colinas los hombres paleolíticos encontraron, al parecer, excelentes condiciones de caza y refugio. No lejos quedaba el mar, por Ubiarco, y no cuesta nada imaginar la fascinación y el temor que les produciría a nuestros lejanísimos antepasados. Al parecer, existen aún muchos vestigios por descubrir en toda esta parte; tantos, se dice, que hay gente indignada con el movimiento de tierras que ha supuesto el Museo de Altamira que se acaba de inaugurar.
Ocultos bajo tierra
Sea cierto o no que bajo toda esta construcción han quedado sepultados numerosos restos prehistóricos, lo que el visitante de Santillana encontrará es un largo y precioso camino de subida que, poco a poco, le va elevando suavemente sobre la villa y las colinas para abrirle una impresionante panorámica de tierra verde y ancho cielo que lo acompañará hasta llegar a la cueva.
En la cueva auténtica no podrá entrar, naturalmente, pues las peticiones de visita tienen ya una demora de hasta tres años, pero si la rodea por abajo y termina su camino, se encontrará con un edificio lineal pegado al terreno, que integra a sus pies una serie de explanadas escalonadas.
Yo aconsejaría, con buen tiempo, subir andando, porque el trayecto no llega a los dos kilómetros, está perfectamente trazado en forma de paseo de acera con barandilla de forja y, en cierto modo, al acercarse así, disfrutando de una vista excepcional, cada vez más abarcadora de verdes ondulaciones salpicadas aquí y allá de casas y con la villa de Santillana como referencia, uno se está mereciendo disfrutar gradualmente de la intensa belleza de ese espacio y de la sorpresa arquitectónica que le aguarda al final del paseo.
Porque hay que decirlo cuanto antes: el edificio del museo, proyectado por Juan Navarro Baldeweg, es, tal como aguarda al visitante, un acierto de integración al paisaje.
El museo se encuentra unos trescientos metros más allá de la cueva original. Es un edificio de una sola planta y diseño prismático dividido en dos cuerpos comunicados entre sí. El primero contiene la neocueva; también, detrás, una biblioteca que constituye un espacio único con el departamento de restauración, aunque formen dos ambientes separados, y las oficinas. El segundo cuerpo contiene las aulas, talleres didácticos, sala de conferencias, tienda y cafetería. Y a continuación, ya por el exterior, se alza una pérgola que se utilizará como zona de ocio. La luz interior del museo, natural, queda unificada por medio de lucernarios muy bien resueltos; hay que decir que la luz es tan esencial como la edificación para integrar los dos cuerpos. El edificio está en parte metido en la tierra, es decir, excavado en el terreno, lo que acentúa la sensación de integración ambiental; y, por fin, los techos, respetando las entradas de luz, se cubren de césped imitando las irregularidades del terreno.
Total que, visto desde fuera, todo el conjunto se adapta perfectamente a la colina y al entorno: un toque de modernidad dentro de la naturaleza. Y visto desde dentro, uno tiene la sensación de estar en una cueva del siglo XXI donde se concentra el conocimiento de la vida de los hombres primitivos en la región desde catorce mil años atrás. También en esto de la integración -el sentido de integración lo preside todo- se produce con naturalidad.
Pero la estrella, sin duda, es la reproducción de la cueva que justifica la existencia del museo, una perfecta réplica de la original, que se denomina neocueva. La cueva originaria se halla actualmente escondida por derrumbamientos o movimientos naturales de tierra sucedidos en el tiempo, pero, tal y como la vivieron aquellos hombres, su estado era en todo semejante al que ahora ofrece la neocueva. Una visita a la original hace pensar que los primitivos vivían en la más profunda y escondida oscuridad. Pues bien, la musealización -así lo llaman- de la cueva permite comprobar las condiciones reales de vida en el punto donde se desarrollaban gracias a unas reproducciones holográficas y permite adentrarse -pasando por el taller de utensilios, o la osera cuando la cueva era refugio de animales- en con la famosa sala de polícromos, esto es, la de las pinturas. Aquí se ha falseado la altura -en la cueva auténtica hay que tumbarse prácticamente para ver las maravillosas representaciones animales- con todo acierto, pues permite contemplar con toda comodidad esas pinturas (replicadas, por cierto, de manera admirable y con los mismos materiales y del mismo modo que trabajaron sus anónimos autores en la noche de los tiempos).
La caza del bisonte
A la salida, un pasillo con máscaras, dibujos y signos despide al visitante, que es entonces cuando regresa a la parte del museo que ha de ayudarle a situar lo que ha visto.
Por cierto que en el museo se realizarán actividades en forma de talleres para el público en general; se podrán practicar algunas de las tareas cotidianas que realizaban los habitantes de la cueva durante el paleolítico superior: fabricar azagayas, cazar bisontes, obtener el fuego por frotación de madera y por percusión de piedras, fabricar una lamparilla de tuétano... Porque la intención no es sólo proteger la cueva original y dar satisfacción a la extraordinaria demanda de atención del público interesado, sino crear un foco de atracción turístico para la zona. Cuenta además con un plan especial de protección medioambiental y del entorno del monumento.
Pero hay algo más: toda la inmensa carcasa de la neocueva puede contemplarse por encima desde el acceso a la biblioteca y entonces el visitante descubre algo así como el revés del escenario: esa inmensa carcasa y los cables de acero que la sujetan al techo representan lo mismo que los bastidores y la tramoya respecto de un escenario teatral.
Es decir, el museo no oculta que se trata de una representación, de una convención, de un acuerdo entre visitante y museo. Una vez que la representación ha terminado, el público puede ver cómo lo que acaba de contemplar es, en efecto, una simulación; puede ver las tripas del artificio que ha obrado el efecto mágico de reproducir una realidad ante sus ojos.
Datos útiles
Cómo llegar
En avión: US$ 1050
Hasta Madrid, ida y vuelta, con tasas e impuestos.
Alojamiento
*** US$60
** US$ 30
La habitación doble.
Museo
Juan Navarro Baldeweg es el autor del nuevo Museo de Altamira, que se abrió el 17 de julio último a un centenar de metros de la cueva original. La réplica de las pinturas ha sido realizada por Matilde Múzquiz y Pedro Saura.
Para poder ver las auténticas, que reciben unas 20 personas al día durante 10 minutos, hay que solicitarlo al museo por escrito.
La espera es ahora de tres años.
El acceso a la cueva se limitó en 1977 debido al deterioro causado por el exceso de visitantes.
Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira (942 81 80 05). Horario: a partir del 17 de julio, de 9.30 a 19.30.
Gastronomía
Una comida ronda los 10 dólares.
Excursión
Suances. A 12 kilómetros de Santillana del Mar. Tranquilo pueblo costero que cuenta con una de las mejores playas del litoral cantábrico.
Más información
Oficina Española de Turismo, Carlos Pellegrini 1163, 3er. piso (4328-9664/9619). Atención de lunes a viernes, de 9 a 17.
Internet
1
2Milei celebró que quedó en el podio de un ranking de líderes mundiales del diario británico The Telegraph
3Acribillados a balazos. Encuentran a dos cuatreros muertos en una canoa junto a una vaca recién robada
4Brasil: futbolistas argentinos quedaron involucrados en una pelea durante la fiesta de Año Nuevo



