
Arabia Saudita se abre al turismo a paso glaciar
Playas idílicas y solitarias, sitios arqueológicos vacíos o comunidades abandonadas son estampas de un reino poco interesado, hasta ahora, en atraer visitantes
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RIAD (The New York Times).- Llegué al puerto de Jizan, en el sudoeste de Arabia Saudita, justo a tiempo para tomar la lancha rápida. Luego de comprar el pasaje y mostrarle el pasaporte a un oficial de policía bigotudo, subí a la pequeña cabina cerrada con un puñado de pasajeros, un cajón de verduras, una alfombra verde y un perico en una jaula de alambre, y zarpamos hacia lo que me habían dicho que era uno de los lugares más encantadores del reino.
Mi destino yacía a 45 km de la costa: la isla Farasan, la más grande de un grupo de afloramientos de coral y arena tostada por el sol en el Mar Rojo, festoneados con playas inmaculadas, excelentes lugares de buceo, manglares y reliquias históricas que se remontan a siglos pasados.
El viaje era mi primera lección en lo que significa viajar a un país repleto de potenciales sitios turísticos sobre los cuales el gobierno se muestra ambivalente en cuanto a permitir que los extranjeros los vean.
En una región en la que países como Egipto, Jordania y los Emiratos Árabes Unidos han invertido para forjar los pilares del turismo de su economía, Arabia Saudita se mantiene al margen, y por una buena razón.
La identidad de este país gira en torno a ser el lugar de nacimiento del islam y el hogar de sus sitios más sagrados. Parte de ese patrimonio es la adhesión a un credo estricto por el cual los negocios cierran a lo largo del día para la oración, las mujeres llevan túnicas negras de la cabeza a los pies, se les prohíbe conducir o socializar con otros hombres que no sean sus maridos, el alcohol es ilegal y los traficantes de drogas y demás delincuentes son decapitados en las plazas públicas.
Eso mantiene a este reino fuera de la lista de los lugares en los que la mayoría de los occidentales -e incluso muchos saudíes- desean pasar las vacaciones de primavera.
Los funcionarios saudíes dicen que no están en contra del turista, más de diez millones de expatriados residen en el reino y millones más de musulmanes vienen todos los años por motivos religiosos. Y a modo personal, los saudíes son sumamente cordiales y hospitalarios.
Sin embargo, por ser el exportador de petróleo más grande del mundo, Arabia Saudita vivió mucho tiempo sin el ingreso del turismo y tuvo poca necesidad de atraer turistas que podrían estar a los arrumacos en la playa o ir de la mano en el centro comercial. (O que podrían ser mujeres que viajan solas).
Los funcionarios de la comisión de turismo dicen que el reino de está abriéndose al mundo, aunque a su paso, que a menudo es glaciar. La comisión está a cargo del príncipe sultán bin Salman, cuyo padre fue coronado rey el año pasado, y famoso por sus viajes: el primer árabe en ir al espacio. El gobierno ofrece ahora préstamos sin intereses para las inversiones en emprendimientos turísticos.
Por el momento, la prioridad es alentar a los saudíes a que visiten su propio país. Las visas turistas no son inminentes, pero para el viajero intrépido como yo que llega por otros motivos (en mi caso, una conferencia) y respeta las normas, está la euforia de tener lugares impresionantes prácticamente para uno.
A pesar de sus vastas e idílicas costas, las islas Farasan no tienen ni un solo restaurante que dé a la playa. Y a pesar de los extensos arrecifes de coral, nadie alquila equipos de buceo, a menos que se lo pida con mucha antelación y se lo traiga del continente.
Hay únicamente un hotel sobre el agua, el Coral Farasan Resort (400 riyales, alrededor de 100 dólares la noche), una construcción cuadrada, dos estrellas, cuya entrada verde olía ligeramente a cloaca, pero las habitaciones eran sencillas y estaban limpias. Luego de registrarme, me encontré con que las ventanas del restaurante estaban cerradas a pesar del lindo tiempo y con un hombre solo que devoraba un plato de pollo frito.
Como yo quería pescado, Mohammad Saigal, un profesor de inglés que había contratado como guía (por 1000 riyales el día), me llevó en auto hasta la feria de pescado, donde, por 80 riyales, compramos dos ejemplares del largo de mi antebrazo y se los dimos a unos hombres para que los hicieran a la parrilla. Cuando volvimos al hotel, caminamos hasta la punta de un muelle de arena, nos sentamos en el piso bajo las estrellas y comimos con la mano. Fue el pescado más delicioso que probé en mi vida.
Después de cenar, confronté una realidad de viajar solo en Arabia Saudita. Cuando baja el sol, no hay mucho que hacer. Un grupo de hombres jugaba a las cartas, a los gritos, en el lobby, y los chicos jugaban al fútbol afuera.
A la mañana siguiente, me encontré con dos norteamericanas, solteras, vestidas con remera y pantalones capri, que estaban sentadas al sol en el hotel, y les pregunté sobre su experiencia en su condición de mujeres turistas extranjeras.
Enseñaban en una escuela internacional y dijeron que habían tomado el ferry por su cuenta sin problemas, aunque le habían pedido a un amigo que las llevara hasta el aeropuerto. El consejo que dieron a sus pares: Sepan comprender la cultura, no juzguen, estén preparadas para cubrirse, respeten las normas del género y probablemente les sorprenderá cómo serán recibidas.
"Están definitivamente muy segregados, pero los saudíes son gente encantadora, hospitalaria y amable", dijo una de ellas.

Con Mohammad nos pasamos el día visitando lugares alrededor de la isla. En una antigua fortaleza otomana encontramos a un grupo de guías desocupados que comían legumbres y roscas fritas en las escalinatas. El lugar había sido restaurado, pero no había información sobre su historia, habían roto las ventanas y había basura por todas partes.
Visitamos un "museo marítimo" privado, de un ambiente, lleno de curiosidades marinas, entren ellas, cráneos de delfines, mandíbulas de tiburón, una enorme tortuga marina conservada en laca, y una espada hecha con la nariz de un pez sierra que el propietario del museo había pensado regalar al rey Abdullah antes de su muerte.
Pero la parte más memorable -aunque también la más deprimente- fue recorrer varias comunidades que habían sido abandonadas desde hacía décadas y decaían poco a poco. Caminamos por lo que había sido claramente un barrio de casas elegantes. Muchos de los techos colapsaron, y árboles y viñedos brotaron de los pisos y los patios. Muchos estaban llenos de basura. En uno había un rebaño de ovejas.
Tomé el ferry para salir de la isla. Como ocurre en la mayoría de los espacios públicos en Arabia Saudita, los pasajeros estaban divididos: los hombres solteros estaban a la izquierda y las familias y mujeres solteras, a la derecha. Antes de darme cuenta de esto, me había sentado en el medio ambiguo. A nadie pareció importarle.
La joya de la arqueología saudí
Mi siguiente escala era un sitio considerado por muchos la joya de la arqueología saudí: Mada'in Saleh, o al-Hijr, en árabe, un asentamiento antiguo del imperio nabateo que dejó sus vestigios más importantes hace más de dos mil años.
Visitarlo debería ser más fácil que visitar Farasan, por el nuevo aeropuerto cercano. En la actualidad hay cuatro vuelos semanales, por lo que cuando conseguí el pasaje, pensé que estaba bien. Pero pronto descubrí que el avión lleva más pasajeros que el hotel principal de la ciudad (el otro se incendíó hace unos años), que estaba completo, y no tenía donde alojarme. (Después me comentaron de un campamento en el desierto).
Afortunadamente, moverse dentro del reino es barato y fácil con Saudia, la aerolínea de bandera, que vuela a una veintena de aeropuertos nacionales y transmite las oraciones por el sistema de altavoz antes de despegar. Así que cambié mi fecha y volé a Medina, donde alquilé un auto por cuatro horas a través de un desierto deslumbrante hasta llegar al extenso bosque de palmeras de Al-Ula, una ciudad oasis. Y la nafta es barata: 15 riyales para cargar el tanque del Hyundai.
Cuando llegué al Al-Uba Arac Resort me llevé una grata sorpresa: habitaciones limpias en torno a un patio con verde y una pequeña mezquita.
Los visitantes necesitaban un permiso para ingresar en Madaín Saleh, algo que el hotel resolvió con una copia de mi pasaporte, y asignándome un guía por 800 riyales diarios.
Cuando llegamos al sitio a la mañana siguiente, estaba completamente vacío. Hace 2000 años, los nabateos habían vivido en la zona y cavado imponentes tumbas elegantes en la roca, y adornado las entradas con estatuas de pájaros e imágenes de flores, caras y serpientes.
Las puertas conducían a grandes salas, algunas con tumbas separadas en su interior, otras con largos estantes cavados en la roca. Y si bien las fachadas son perfectamente planas, las paredes interiores tienen las marcas de miles de cinceladas. Me dolían las muñecas de sólo pensarlo.
Pasé la mañana yendo plácidamente de una tumba a otra, maravillándome ante la obra humana y preguntándome si el resto de la civilización había sido similar. Mi guía no fue de gran ayuda. "No conozco la historia", me respondió. "Sólo sé donde están las cosas".
Las tumbas están vacías, la mayoría saqueadas desde hacía tiempo, y las placas que había en el sitio no daban detalles sobre la cultura más amplia. En comparación con los sitios de Egipto, era un placer que te dejaran solo. No había vendedores ambulantes ni beduinos ofreciendo paseos en camello, ni siquiera guardas que protegieran estos lugares. Pero algunas de las tumbas tenían agujeros de balas en la fachada y muchas estaban llenas de graffiti.
Luego de unas horas allí, me cansé.
Luego, cuando llegábamos a otra necrópolis, vi a un hombre de cárdigan bordó, caquis y zapatillas, con una cámara en la mano, que iba y venía con entusiasmo de una tumba a otra. ¡Otro turista!
Se presentó como Tag Elkhazin, ingeniero mecánico, de 76 años, canadiense de descendencia sudanesa, Un aficionado a la arqueología profeso, hacía años que soñaba con visitar Arabia Saudita, pero nunca había podido llegar.
Hasta que se dio cuenta que por su condición de musulmán podía conseguir una visa para el umrah, una peregrinación con un programa flexible que le permitía hacer turismo en el tiempo extra.
Llamó al lugar "majestuoso", pero confesó que se decepcionó porque Arabia Saudita había mostrado poco interés en el legado preislámico.
Locos por las redes sociales
La comisión de turismo tiene la ardua tarea de persuadir a los saudíes para que visiten estos lugares en lugar de ir a los Emiratos Árabes Unidos o a Bahrein, países vecinos con códigos sociales más distendidos y atracciones que no hay en este reino, como cines y bares.
Y mis amigos saudíes se mostraban más interesados por hacer picnics en el desierto, donde a los jóvenes les gusta andar por las dunas con sus vehículos deportivos.
Pero había visto a algunos turistas locales antes cuando unos amigos me llevaron al festival Ghada en Unayzah, una feria local con el nombre de un arbusto que crece en el desierto.
La comisión de turismo financia más de una veintena de festivales similares por todo el reino, pero son difíciles de encontrar si uno no habla árabe. Lo mejor es preguntar a los lugareños, que no sólo te cuentan lo que hay, sino que también te llevan. Y eso fue lo que me pasó.
El festival consistía en una serie de exposiciones que conmemoraban la historia de la región. Había ferias tradicionales donde los hombres hacían sogas con fibras de plantas y las mujeres vendían prendas bordadas y tejían alfombras a telar.
Los jóvenes saudíes son locos por las redes sociales, y el reino tiene uno de los porcentajes de uso de Twitter y YouTube más altos del mundo. En un momento me detuve a sacarle una foto a unas mujeres que horneaban masitas rellenas de miel en un gran horno negro y me giré para ver a tres chicas que me estaban sacando una foto con el celular.
Había carpas preparadas para la oración, fogones en los que nos detuvimos para tomar té y café, y una zona de juego y música para los más pequeños. En una franja de arena, un maestro y un grupo de niños recreaban una escuela coránica tradicional. Mientras se ponía el sol, desfilaban cantando "¡Hafiz, Hafiz!" para festejar que un estudiante había memorizado el Corán.
Cuando pasaban frente a nosotros, uno chico corrió hacia mí y con una sonrisa me preguntó "How are you?" (¿Cómo está usted?).
Ben Hubbard
Traducción: Andrea Arko





